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TRIBUNA

Teología del Sábado Santo

viernes 18 de abril de 2025, 20:09h
Actualizado el: 18/04/2025 20:16h

“El otoño es una segunda primavera, pues todo en la naturaleza nos anticipa la resurrección” dejó escrito San Gregorio Nacianceno, el más completo estilista de eso que la teología llama “la patrística” (la obra de los santos Padres de la Iglesia de los siglos IV y V; los que asentaron su fe y la nuestra en la alta cultura y en el estudio profundo, y dejaron fijado que el cristianismo es una filosofía tan profunda como elevada que nos convierte y se convierte en filosofía de vida).

En verdad los Padres de la Iglesia (“estos genios y santos sabían, como sabía San Pablo y por eso fue al Areópago a hablar sin complejos de cristianismo con los filósofos, que la filosofía cristiana no está por debajo de ninguna otra, sino al contrario, y, educados estos en la cultura clásica, pues eran hombres de la filosofía de su tiempo –la filosofía griega fundamentalmente-, el milagro es que fueran ellos los que reciben y proyectan la verdad de la revelación, y los que primero hacen de esa verdad tan filosofía como vital algo indisoluble; tradición y escritura integradas perfectamente” dice el teólogo Yves Con Gar en su libro Tradición y tradiciones).

En verdad en los Padres de la Iglesia se encuentran las raíces últimas de la tradición apostólica (la tradición apostólica que, como escribe Henri de Lubac en La escritura a la luz de la tradición, muestra y demuestra que tradición, escritura e iglesia van juntas, pues el catolicismo no separa ni parcela sino que integra en Cristo; el catolicismo es comunión).

Y en la Semana Santa pueden percibirse especialmente unidas y fundidas tradición, escritura e iglesia. De hecho lo están de modo pleno en la Teología del Sábado Santo… Pero, ¿qué es la teología del Sábado Santo?

A la hora de responder, el gran teólogo Yves Congar recomienda recordar primero qué es teología: en la historia del pensamiento cristiano primero hubo al frente de nuestra filosofía Santos Padres como san Basilio y los Gregorios, luego hubo Obispos como San Agustín, luego hubo Doctores de la Iglesia, como Santa Teresa de Jesús, y, a partir de los grandes concilios de la iglesia, han surgido los teólogos, los cuales han ido aplicando el método filosófico a la escritura, la tradición y el legado cristiano para sistematizar la doctrina eclesiástica.

Los teólogos, esa versión implementada y mejorada de los filósofos, pues incluyen también el factor Dios y a Jesucristo a la hora de responder a las grandes preguntas fundamentales, nos han permitido enriquecer nuestra fe hasta convertir el cristianismo en una filosofía de vida culturalmente muy sólida y muy capaz de combatir en las grandes batallas culturales de cada época.

Y apoyados en la verdad del cristianismo de que tradición, escritura e iglesia son inseparables, los fundadores de la Revista Communio (Communio es una federación de revistas científicas de teología fundada en 1972 por Joseph Ratzinger, Hans Urs von Balthasar y Henri de Lubac) empezaron a estudiar con una profundidad intensa el triduo pascual como una unidad indivisible. Pero, de los tres, el que ha profundizado con más hondura y originalidad en el Sábado Santo es Von Baltasar en su obra Teodramática.

Este influyente teólogo que ha fundamentado su teología en la estética (para llegar desde ahí, desde la belleza, a Dios y los misterios de Cristo), centra su estudio sobre el Sábado Santo en el artículo del Credo “y Jesús descendió a los infiernos”. ¡Ahí se cifra el apasionante misterio del Sábado Santo!... El misterio del Sábado Santo, de Jesús antes de la resurrección, de Jesús siendo humanamente cadáver pero sin dejar de ser hijo de Dios, es que, aun en el momento en el que está muerto y descendido a los infiernos (a pesar de no ser pecador baja a los infiernos por nuestros pecados, pues ésa es la base de la redención), sigue encarnando esas dos naturalezas, la humana y la divina, las cuales son inseparables en su misión.

En efecto en el Sábado Santo Jesús está muerto, y sigue siendo Dios, y su condición de cadáver sigue predicando la redención, nos enseña el teólogo Von Balrhasar (en este punto notablemente influido por la mística Adrinne von Speyr). De hecho Jesús es más divino que nunca cuando entra en la muerte: “Jesús pone sus heridas mortales en los pecados de las personas fallecidas del Antiguo y el Nuevo Testamento a las que ha venido a redimir, y por eso la misión de Cristo como hijo de Dios permanece en el Sábado Santo, cuando está en los infiernos, pues la misión del hijo de Dios, del Verbo Encarnado, no periclita con la muerte y con el descenso a los infiernos, pero es condición necesaria de la misma para su posterior resurrección y la nuestra”. Por eso, aunque el triduo pascual es una totalidad como la Santísima Trinidad, el Sábado Santo es una clave descuidada de la Semana Santa que nos presenta el infierno y la muerte en positivo como antesala necesaria del Domingo de Resurrección. Y, así, el Sábado Santo no es solo una gran lección de fe, sino una gran lección de vida.

El Sábado Santo consagra, como necesidad humana que acerca a lo divino, el silencio, la interioridad y el duelo no rehuido. Y ese silencio interior hace que en el Sábado Santo esté la base de la fe los contemplativos. Pero, en ese silencio del Sábado Santo, la figura que resurge es la de la madre, la Virgen María, con todo su poso de esperanza que ese primer Sábado Santo les había faltado hasta a los discípulos.

El Sábado Santo es pues silencio y esperanza, es regreso interior a nuestros muertos propios y nuestras propias dudas a través de María, la Virgen de la Piedad, y es el punto culminante del gran río de la fe cristiana que desemboca en el Domingo de Resurrección. Amén.

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