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TRIBUNA

Malos tiempos para el Derecho Internacional

sábado 19 de abril de 2025, 18:09h

La visita del ministro marroquí, Bourita, a su homólogo español, Albares, se ha producido como acostumbran los malos modos políticos a los que nos vienen acostumbrando quienes, en lugar de los gobernantes rectos y transparentes, los que para dirigir un país sólo precisaban de la “luz y los taquígrafos” -como expresaba don Antonio Maura-, se mueven entre las sombras de la oscuridad, y aprovechan las jornadas festivas, como ocurre con la Semana Santa, para producir una vuelta de tuerca más sobre una comunidad de personas a quienes se les viene negando, al menos desde el año 1975, que decidan su futuro, de acuerdo con lo establecido por el Derecho Internacional y las resoluciones de Naciones Unidas.

Se objetaría a la referida tesis que nada existe que impida el predominio del derecho de gentes respecto de la realpolitik establecida por Marruecos, con el concurso de la administración americana de su flamante y contradictorio presidente, y de los gobernantes de los países que han tenido alguna responsabilidad en la historia colonial del actual reino alauita -Francia y España- uno de los cuales la tiene aún, porque se le reconoce como potencia administradora sobre el territorio no autónomo del Sáhara Occidental, como es el caso de España, que es titular además de la soberanía de Ceuta y Melilla -además de otros enclaves menores- y de las Islas Canarias, territorios éstos que formarían parte de la aspiración nacionalista del Gran Marruecos.

Paso a paso, gajo a gajo, el reino vecino va consiguiendo sus objetivos territoriales. Es lo que sucede con los nacionalismos que sólo se sujetan a sus aspiraciones, y éstas carecen de medida. Sobran las comparaciones con otros nacionalismos de la historia, pero en la actualidad sobresalen los supuestos de la Rusia de Putin, obsesionada con la conquista y/o neutralización de sus fronteras al oeste, y de los EEUU de Trump, con su insólita obsesión por Groenlandia.

En un mundo en el que las reglas se dejan a un lado, como una manta molesta cuand nos fastidia el calor; en una época en la que el derecho a la conquista desplaza la idea de la intangibilidades de las fronteras; cuando los resultados catastróficos de las dos guerras mundiales en suelo europeo y oriental, que afectaría a la incorporación americana a la contienda bélica definían una perspectiva que ya parece haber quedado atrás, Marruecos puede jugar fuerte en un nuevo tablero internacional en el que ha sabido apostar, además de por los EEUU, por Israel y se está beneficiando de su concurso tecnológico y de inteligencia que ésta le presta, lo que le sitúa en la órbita de los amigos de Trump, esa nueva categoría política que de manera singular se va cerniendo sobre el otrora mundo civilizado, desplazando el imperio de la ley por el mando de una banda de fieles acólitos.

Es cierto que aún el Derecho Internacional no ha arrojado definitivamente su toalla en este particular combate, que por ejemplo las resoluciones del TJUE siguen sin cohonestar el acuerdo comercial entre la Unión Europea y Marruecos, pero hay una sensación de abatimiento en estos días de Vía Crucis, procesiones y asueto, que nos producen un profundo desconcierto, porque estemos perdiendo lo que pensábamos definitivamente establecido y resuelto.

En este mundo que salta hecho pedazos, son personas de carne y hueso las que sufren las consecuencias de los actos que otros deciden por ellos, no sólo porque el Derecho Internacional, ese intangible dañado por las decisión de quienes se consideran con mejor derecho que ellos para actuar como les parece oportuno, sino porque tienen por delante una vida sin perspectivas, recluidos en campos de refugiados, sin obtener más apoyo que una ayuda que se les escatima año a año.

Vivir es entonces un verbo que se declina junto con otros que se refieren a penar, sufrir, crear familias sin futuro para éstas y para ellos mismos, y un combate contra el opresor cuya baja intensidad nos remite a una singular figuración de las cosas que examinamos sin llegar a experimentar en una realidad eficaz.

Y así Marruecos va construyendo un espacio de soberanía práctica que sólo había soñado en sus delirios más extravagantes. Avanza en en el retroceso de otros en un tablero que se diría de segundo orden, porque no es el de Ucrania o Gaza, pero sí que es más cercano al nuestro en la responsabilidad jurídica, en la historia de nuestras aventuras coloniales y en el incesante futuro de las amenazas en lo porvenir.

Somos, cada vez más, el país de las glorias pasadas y de la renuncias actuales; la nación que supo exportar desde la penuria una civilización y que hoy prefiere trenzar singulares acuerdos con China que desconciertan, cuando no contrarían, a nuestros socios de siempre.

Y es que va España en la mala dirección de los tiempos. En lugar de aferrarse a los principios prefiere sujetarse a un singular pragmatismo en el que las soluciones vengan de quienes nunca han procedido. Serán los chinos los aliados de un continente abandonado por sus socios tradicionales quienes nos invadan con sus productos baratos, fabricados en contra de todos los estándares laborales y medioambientales para quienes el comercio internacional no está sujeto a reglas y el derecho internacional no es más que una vaga referencia. Y los derechos humanos ademán brillan por su ausencia.

Son, en efecto, malos tiempos para el derecho de gentes, como lo son para los principios. El pragmatismo ha sustituido definitivamente a los posicionamientos éticos, morales y legales. Y las gentes que pensaba que existía algo que funcionaba por encima de la voluntad episódica de los dirigentes, observa con frustración que era todo una vacía ilusión.

Avanza un siglo XXI desconcertante, una época en la que bastaría con mantener lo que conquistamos hace 80 años para considerar que la civilización todavía se encuentra presente entre nosotros.

Pero ni siquiera eso es una realidad.

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