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LETRAS, CEROS Y UNOS

Día del Libro 2050: lo que no se escribió en la Agenda de la felicidad

miércoles 23 de abril de 2025, 18:30h

Hoy es 23 de abril de 2050. Día del Libro. Las pantallas de neón de las megaciudades 15 minutos proyectan frases recicladas como “Leer nos hace libres” o “Un lector vive mil vidas”. Las mismas que usábamos cuando aún creíamos que leer podía cambiar vidas. La “Agenda de la Felicidad”, aquella que tanto prometía hace décadas, hablaba de igualdad, educación de calidad y acceso universal a la cultura. Pero no se escribió nada sobre cómo resistiríamos al apagón lento de lo literario en un mundo dominado por el ruido y la rentabilidad inmediata.

Hoy, los clásicos de papel se venden como objetos de diseño en tiendas de decoración. Una edición de Rayuela con tapas de lino se exhibe junto a lámparas de gas y antiguos teléfonos de teclas. El Quijote se ha convertido en un meme que a todo el mundo le suena, pero que nadie ha leído. La Odisea, cuando se lee, se lee en forma de experiencia inmersiva, narrada por la voz sintética de “Homero AI”, con música épica de fondo y pausas publicitarias integradas. Las librerías independientes son apenas arqueología urbana: locales que aún conservan estanterías y un olor que la tecnología nunca pudo replicar. Los raritos, los “lectores clásicos”, aparecen por allí de vez en cuando, rebuscando entre las estanterías joyas aún no leídas. Los niños, cuando los ven salir de ellas, suelen reírse. “Mira, ¡ahí va un lector!, jajaja, ¡un lector!”

La literatura infantil, según los nuevos estándares pedagógicos, ha sido reescrita para cumplir los "Objetivos de Neutralidad Afectiva". El Principito ha sido adaptado sin la muerte del zorro, y Caperucita Roja ya no tiene lobo, sino un GPS equivocado que la redirige a un núcleo zoológico. En los colegios, leer un libro entero se considera una tarea de larga duración, no siempre recomendable por su impacto en la atención dispersa del alumnado. En clase de literatura se estudia a Youtubers. Se rumorea que El Rulas y la motillo perdida puede caer en el examen de acceso para ser Ministro de Educación, ya que lo sortearlo como premio en la tómbola no dio los resultados óptimos.

La promesa de democratizar la cultura acabó en manos de corporaciones que decidieron qué libro debía leer cada usuario, según su perfil de consumo y nivel de dopamina. Se lee más, sí, pero se lee menos literatura. A Cortázar se lo cita en filtros de fotos. A Pizarnik se la encuentra en cápsulas motivacionales. A Bolaño, apenas lo recuerdan fuera de los círculos de culto que aún intercambian PDFs ilegales por la red oscura del pensamiento crítico.

Y, sin embargo, todavía quedan islas. Una chica hojea La Regenta en el autobús sin auriculares. Un adolescente anota a lápiz en los márgenes de Cieno, de Ernesto Colsa. Un niño lee un Mortadelo bajo las sábanas con una linterna. Un viejo maestro, jubilado y sin hologramas, recita de memoria a Machado: “Yo, para todo viaje, siempre sobre la madera de mi vagón de tercera, voy ligero de equipaje...”. Son pequeños actos subversivos, diminutas hogueras encendidas con páginas ajadas.

Celebrar hoy el Día del Libro ya es más que un gesto institucional para pesebristas y bien quedas. En las librerías de papel se conspira en secreto frente a la ilusión de progreso sin alma. La Agenda que prometía que seríamos felices sin tener nada nos habló de futuro a costa de destruir el pasado. No quisimos darnos cuenta de ello. Algunos sobrevivimos sobre montañas de papel dispuestos a emprender nuevos viajes literarios ligeros de equipaje.

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