La famosa declaración de Mario Vargas Llosa en la reunión sobre la libertad en 1990 después de la caída del muro de Berlín que organizaron el recién estrenado premio Nobel de literatura Octavio Paz y la revista Vuelta fue muy bien recibida por los sectores críticos del sistema político mexicano dominado por el PRI, pero causó escozor y resentimiento paradójicamente en los sectores intelectuales que habían comenzado a combatir el autoritarismo priista desde 1968.
Vargas Llosa caracterizó al régimen mexicano como la “dictadura perfecta” porque el poder presidencial había logrado con un éxito controlar a la crítica intelectual manteniendo a los intelectuales dentro del espacio de poder, cuando otros países y otros dictadores repudiaban a los intelectuales críticos y los castigaban a veces hasta con cárcel o exilio. En México no, dijo con ironía el peruano, porque en México a los críticos les dan becas y asesorías.
Nunca se ha buscado encontrar el referente de la dictadura perfecta en lo que escribió Aldous Huxley en el prólogo de su mítica novela Un mundo feliz, en 1932, más de una década antes de 1984, de George Orwell que trata también relaciones entre dictadura y sociedad. En las dos obras se refuerza la idea de dictaduras sin oposición interna.
Pero la parte que quiero destacar aquí es lo que Huxley escribe en su prólogo y asumiéndolo en el contexto de la dictadura perfecta de Vargas Llosa; “un Estado totalitario realmente eficaz sería aquel en el cual los jefes políticos todopoderosos y su ejército de colaboradores pudieran gobernar una población de esclavos sobre los cuales no fuese necesario ejercer coerción alguna por cuanto amarían su servidumbre. Inducirles a amarla es la tarea asignada en los actuales estados totalitarios a los Ministerios de Propaganda, los directores de periódicos y los maestros de escuela”. Es decir, el mundo feliz es la dictadura perfecta donde los gobernados aman a sus dictadores.
Vargas Llosa fue en 1990, eso sí, un poco injusto. Los intelectuales mexicanos formaban parte de la estructura burocrática del poder --casi siempre en la diplomacia-- desde la Revolución Mexicana. Pero cuando el régimen priista se burocratizó al comenzar la segunda mitad del siglo, los intelectuales comenzaron a criticar al poder aunque sin llegar a la ruptura y el poder los toleraba, los premiaba y les otorgaba subsidios. El problema fue muy simple: los intelectuales no formaban una clase revolucionaria.
Como símbolo de los intelectuales y el poder en México estuvo Octavio Paz. En 1945 se incorporó al servicio diplomático y duró hasta 1968, cuando tomó la decisión de pasar a retiro con el argumento de que el Estado mexicano se había vuelto represivo en Tlatelolco contra los estudiantes. En 1969, Paz pronunció en Austin la conferencia “México: la última década”, en la que prueba con análisis racional que el régimen mexicano era una dictadura y no una democracia ni siquiera formal. En 1970, Paz trasladó su análisis a su brillante ensayo Posdata que publicó en febrero de 1970. Todavía en ese año, Paz se juntó con Carlos Fuentes y con el dirigente disidente del 68 Heberto Castillo para sondear la posibilidad de fundar un partido socialista democrático, aunque el impulso duró poco tiempo.
En de agosto de 1973, Paz dedicó la parte sustancial de la revista Plural a analizar las relaciones de los intelectuales y la política a partir de lo que él mismo resumió en una frase brillante y poética de que el acercamiento de los intelectuales a la política había sido una “pasión desdichada”. Los intelectuales cedieron, el poder se fortaleció y el régimen sigue haciendo una “dictadura perfecta” con críticas rupturistas dentro de las estructuras de dominación de gobierno.
La crisis política de México que estalló en Tlatelolco el 2 de octubre de 1968 concluyó su fase en 1978 con la reforma política que terminó con el régimen de partido único y abrió la puerta a la inscripción de varios partidos, pero sobre todo al Partido Comunista Mexicano que había sido el aliado de la guerrilla y la ruptura revolucionaria, pero que ya había aceptado las reglas institucionales del poder. En 1985 la revista Vuelta sacudió al régimen político con dos ensayos rupturistas: “PRI, hora cumplida”, de Paz; y “Escenarios sobre el fin del PRI”, de Gabriel Zaid; y antes, en enero de 1984, Enrique Krauze publicó su sacudidor ensayo: “Por una democracia sin adjetivos”, donde planteaba que la dictadura priista mexicana podía terminar pacíficamente tomando las lecciones de la transición democrática de España.
En este ambiente ocurrió la declaración de Vargas Llosa sobre la dictadura perfecta mexicana. La argumentación del peruano debió haber sido la oportunidad histórica para que los intelectuales pudieran romper los hilos de dependencia del poder, sin que necesariamente pasarán a la revolución armada. Los menos beneficiados por el poder, paradójicamente, con la argumentación de Vargas Llosa eran los intelectuales liberales del llamado grupo Paz, a pesar de que habían confrontado al poder público. Zaid, por ejemplo, enfureció el presidente Echeverría en 1976 cuando escribió un ensayo en Vuelta titulado “El 18 brumario de Luis Echeverría” con el propósito de denunciar sus intentos de reelección.
Pero a ese público fue y le dijo Vargas Llosa que eran cómplices de la dictadura, lo cual, pues, fue injusto, porque los beneficiarios de los beneficios económicos del poder habían sido los intelectuales progresistas que criticaban al PRI pero sin romper con el régimen, inclusive varios de ellos tenían cargos públicos. El jefe de ese grupo colaboracionista --en lenguaje sartreano-- o legitimadores fue Héctor Aguilar Camín y su entonces escudero Carlos Monsiváis. Inclusive, desde el progresismo sistémico priista, este grupo había calificado a los intelectuales de Paz y Plural como liberales, porque al final no se atrevieron a decirles derechistas.
Como siempre ocurre en el ambiente intelectual mexicano, la vida cultural le dio la vuelta a la página de la dictadura perfecta de Vargas Llosa y en realidad los intelectuales liberales o progresistas no tuvieron participación alguna en términos reales en la alternancia de partido en la presidencia mexicana en el 2000.