La apariencia mueve el mundo. El «buen» éxito es entendido como la acumulación consecutiva de atención, de valoración ajena. El aplauso, las abultadas cuentas corrientes, las inversiones, los gurús financieros, los autores que dan el pelotazo con alguno de sus libros y reciben menciones reservadas, en tiempos más reflexivos y humanos, a aquellos que destacaron con una extensa trayectoria académica o intelectual. Este es el mundo de nuestros días. Cuando el velo caiga, que caerá, será demasiado tarde: nuestros fantasmas emergerán del abismo de nuestras desgastadas conciencias y devorarán el resto de nuestras energías.
En un rocambolesco juego de la vida, Mi marido, la ópera prima de la escritora Maud Ventura, se ha convertido en súper ventas en Francia. Más de cuatrocientos mil ejemplares vendidos y la concesión del Premio a la Primera Novela atestiguan la rotundidad con la que esta novela, una historia más, en apariencia, ha sabido alcanzar al gran público. Un público lector, he de decir, que es mayoritariamente femenino en el continente europeo.
El juicio de los lectores –las lectoras, por esta mayoría universal– es correcto. Mi marido ofrece una novela entretenida, de dulce lectura y maravillosamente bien escrita, uno de aquellos libros que se disfruta leyendo. Pero su razón de distinción, a mi parecer, reposa sobre el relato que la autora francesa brinda a su público.
La novela está protagonizada y narrada en primera persona por una mujer que ha asumido el rol de esposa con la devoción inocente de quien está realmente enamorado de su cónyuge. Nos sucede lo mismo a los hombres cuando el amor es verdadero, ese amor que no busca dominar ni poseer a nuestra pareja, sino servirle de pilar y compañía en su recorrido vital. La protagonista de Mi marido deja clara su posición desde el principio de la narración: «Estoy enamorada de mi marido. Aunque más bien debería decir: sigo enamorada de mi marido. Quiero a mi marido como el primer día, con un amor adolescente y anacrónico. (…) Vivo con el miedo a perderlo».
El esfuerzo de la protagonista por defender sus sentimientos convierte a su clan (ella, su marido y sus hijos) en la familia perfecta. En las mentes del vecindario anida la envidia; el bienestar económico acompleja a los conocidos más desdichados. Sin embargo, la esposa perfecta, la madre impoluta, la mujer realizada se ve ahogada en el mantenimiento de esa perfección impostada. ¿Y si su marido no la ama en igualdad de condiciones? «Cuando conocí a mi marido, llevaba un rubio deslumbrante. Me había aclarado el pelo a principios de verano, y el sol y el mar se encargaron de acentuar mi nuevo color», aparece en otro pasaje del libro. Y un poco más adelante, la devota esposa confiesa: «Y, en efecto, posteriormente descubrí que todas sus exnovias lo eran [rubias], salvo una española de tez morena (su color de pelo no me dejó pegar ojo durante semanas: ¿significaba que la quería más que a las otras?)».
Como toda burbuja del falso éxito, ésta ha de explotar. Con una fuerza deslumbrante, Ventura expone bajo los focos el modelo tradicional de la mujer percibida a sí misma antes como esposa y madre que como persona y hembra. Aunque en países como España, donde las corrientes pragmáticas y populares del feminismo están más arraigadas y puede verse esta perspectiva como más exótica, no es tan rara al norte de los Pirineos. En Francia, por ejemplo, es muy habitual que mujeres jóvenes, recién egresadas de la Universidad, con carrera laboral en activo y deseo de prosperar con independencia de carácter y de criterio apuesten por encontrar un buen novio que pronto las convierta en esposas y, poco después, en madres.
Un arraigo que se opone a la amenaza del divorcio, en creciente aumento en toda Europa, y que posee un coste demasiado elevado: la salud mental y el futuro personal de quien se obceca en vivir por y para la aprobación del cónyuge. Claro que si se ha de sustituir a la esposa o al marido por el jefe o jefa, el amigo o la amiga invisible de una red social o a cualquier otra clase de aprobación social es muy posible que estemos matando moscas a cañonazos y las cadenas de una esclavitud (psicológica) sean infinitamente más livianas en el seno de la familia que la esclavitud (también mental) en la matriz social.
A fin de cuentas, cuando se vive un amor genuino, se tienen unos hijos y se ha disfrutado de la felicidad concedida por un tiempo de ilusión y vida plena, ¿qué te puede arrebatar la desdicha? Pero del trabajo se sale muerto, incapacitado o jubilado; de la aprobación social, abandonado por los inconsistentes amigos que demostraron no ser tales. De otros contextos, solo la soledad nos redime sin haber construido absolutamente nada meritorio que llevarnos a la tumba. Solo la libertad en la mirada y el trato humano, independiente y amable con nuestros semejantes puede conducirnos a una plenitud sin ataduras.
Nórdica Libros ha encontrado una novela perfecta para nuestra época. De grata lectura y capaz de representar una parte de las vivencias de nuestras convecinas, Mi marido ofrece reflexión, denuncia social y exquisitez literaria a un tiempo. La traducción corre a cuenta de María Teresa Gallego y Amaya García. Este libro, universal, les espera, queridos lectores (tengáis las gónadas que tengáis) para deleitaros, invocaros y haceros pensar y disfrutar.