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DESDE ULTRAMAR

Centenario de la consagración del art decó

Marcos Marín Amezcua
viernes 02 de mayo de 2025, 01:35h
El pasado 28 de abril de 2025 se verificó el centenario de la inauguración de la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industrias Modernas efectuada en París entre el 28 de abril y el 25 de octubre de 1925. Y es particularmente significativa porque gracias a ella se consolidó el gusto imbatible del gran público por el estilo del art decó. Y llegó para quedarse. Su afiliación perdura.
En ella, no nació el art decó o art déco ni su nombre, sino que solidificó la filiación de impulsarlo y adoptarlo. Curioso movimiento artístico que es para mí el primero duradero y distintivo del siglo XX porque, si bien, ahí estaba la Bauhaus, permeó todo el quehacer del Hombre al no requerir de complicadas interpretaciones disruptivas ni clamaba por quiebres de expresión transfigurada. Apuntaba en su diversidad y casi desbarajuste sofisticado –en eso, se parece a la Bauhaus– a definir un placer mundano, disponiendo de rescatar expresiones provenientes del arte egipcio antiguo, la navegación moderna y hasta de los glifos mayas con geometrización de trazos y reproducción estilizada de líneas, no necesariamente rectas, pero si alineadas, escalonadas, voluptuosas, concluidas por finos detalles, artilugios y subyugantes maneras. Provocaban solaz y sensaciones de novedad.
Ocupaba y propiciaba en su efectismo, artificio y aparatosidad un llamado, un clamor por la modernidad con sentido en el siglo XX. Eso no lo tenía la Bauhaus, perdida en su laberíntica protesta y sus retadoras discontinuidad y deformismo. El art decó fue otra cosa. Libertad de expresión, pero uniformidad en la traza y la dirección a seguir para proyectar un sendero de invención con causa, una propuesta de hechura artística funcional, monumental, luminosa –literal, proyectando destellantes haces de luz al cielo, igual con reflectores que con luminarias lanzando halos portentosos como en el Palacio Nacional en Montjuic, herencia de la Exposición Universal de Barcelona de 1929– trocándose en una manifestación de gran calado y perceptible apuesta por la elocuencia, la elegancia y la teatralidad no exenta de intensión por diversificar lo utilitario y lo decorativo al unísono.
Las exquisitas y originales muestras de su adopción en la arquitectura, la mueblería, la fornitura y adminículos del vestuario, las artes liberales y aplicadas, dicho con categoría y autoridad o el diseño tecnológico –locomotoras, enseres domésticos, equipamiento residencial, hijos de esa centuria– lo colocaron como la primera gran afirmación estética del devenir del siglo XX desprendiéndose con gracia de atavismos, patrones o influencias propias del siglo XIX.
Y tuvo que ser París. Como paréntesis repasemos la frase no exenta de soberbia y petulancia, empero tan real como su propia existencia: si alguna idea o propuesta artística o filosófica, por alguna extraña razón no naciera en Francia –sinónimo de civilización– habría de triunfar en Francia si pretendiera ser aceptada y asimilada por el mundo entero. ¿Qué quiere que le diga? Y la Historia da la razón al fraseo. Y si bien, se admite que el art decó nació en Francia poco antes de la I Guerra Mundial, fue menester que triunfara de manera elocuente e inobjetable en aquella formidable Expo de 1925, retardada por la Gran Guerra y por la crisis económica que siguió en los años de austeridad subsecuentes. Mas era mucho pedir abstenerse de una explosión de derroche y lujo en sociedades ávidas de mutar los rigores de la guerra, urgidas por exteriorizarlos de forma reclamante y con glamour, replanteando valores decorativos cargados de colorido, originalidad, artificialidad y hasta rareza o peculiaridad con la más rimbombante expresividad innovadora. Fue un bonito prontuario de arte.
Por eso, el art decó terminó siendo tan admirado, imitado y fiel reflejo de un aspiracionismo por la renovación que prometía el siglo XX y que había tardado en producirse y hacerse asequible a todo el mundo. Y lo consiguió, no obstante que hasta hoy se lo tache de burgués. Lo será, pero no por ello fue asaz popular.
La Expo de 1925 lo mismo presentó a las grandes corporaciones francesas de la moda y la perfumería que a reconocidos almacenes de prestigio que aprovecharon su espacio para edificar pabellones cuajados de los cánones prohijados por la revolucionaria y efervescente iniciativa calológica, tanto en exteriores como en interiores, destacadamente, dotando al arte de una nueva dinámica y una vitalidad asombrosa y reluctante. Los países que acudieron a París comprendieron la novedosa idea componiendo excelentes ejemplos al compás sugerido y reprodujeron magníficos palacetes adoptando la particular tendencia. Las puertas fulgurantes de la Exposición Internacional fueron prototipo para tantas más. La iluminación de la Torre Eiffel, ajena al bullicio aquel, curiosamente sí terminó por coronar el espectáculo ofrecido y la admiración despertada por el peculiar concepto, produciéndose un imparable arregosto por el ornamental planteado, no exento de una inclinación y del amor por lo práctico y lo trascendente, porque después de todo, no pudo acusársele de efímero y desechable. Por el contrario.
La Expo de París diseminó la nueva tendencia artística, reformó el valor del nuevo estilo y tuvo la oportunidad de lanzarlo al estrellato. Los asistentes salieron del recinto expositor muy admirados y con ideas claras acerca de lo propuesto y de lo que se buscaba. Nadie quedó ajeno a su influencia y muy pronto pululó en el mundo entero. No deja de ser interesante qué, merced a esa Expo, impelió su expansión, si bien tal no era del gigantismo de la de 1900 y no dejó, paradoja innegable, un edificio para la posteridad, como lo fueron la Torre Eiffel o el Grand Palais. Y sí, pero entregó al mundo la predilección por una incitante demostración de creatividad apuntando a confeccionar el sabor, la textura, la delineación del siglo XX, dispuesto a ya no hacer más concesiones al pasado propincuo. Fue rupturista a su modo y eficaz en grado superlativo y tanto más que la Bauhaus.
Los años de entreguerras recibieron un firulete, un ribeteo vistoso, polícromo, cargado de aparatosidad y expresiva espectacularidad. Su maleabilidad, su adaptación permanente, su enriquecimiento con siluetas y combinación de alternancia de contornos y redondez de volúmenes, entreveradas, obtuvieron mixtura de vanguardia y lujo. Actualidad definida por formas y relumbrante y estiloso refinamiento. El añadido provino del encendido nocturno que aportó un activo diferente y vigoroso a lo que se alumbraba, generando una sensación de triunfo sobre la oscuridad, de emplazamientos que retaban el ocaso y prolongaban la diurnidad sobre la nocturnidad que, acaso, volvíase distinguible al tenor de los grandes reflectores y las lámparas de atildado diseño, muy compuestas y funcionales y lo convirtió así en fascinante, atractivo, bellamente desafiante.
La fotografía en blanco y negro rivalizó con la de color, justo como sucedió con el cine; y ambas disciplinas fueron difusoras indoblegables de la nueva corriente. Los autos de los Años Locos, con paseantes por la Expo de 1925, ataviadas ellas con sombreros cloche y ellos con discretos canotier, solo remachan una época con identidad y distinción. Hay quien afirma que Fantasía, de Disney, fue en art decó.
El art decó era prosecusión de delicadeza detallista y sencillez de figura no exenta de ostentación por lo novedoso. Era reto a la física concentrando lo inimaginable y peculiar, acrecentando remarcadas rutas colindantes con símbolos y efigies de fineza. Rectilíneas o simétricas y de repente permitiéndose enseñas, volados, grecas, relieves, asomando duplicidad o ritmo al tiempo que potenciaba lejanía, inmensidad alcance de perspectiva y, a veces, la voluminosidad titánica, faraónica, ciclópea dando una sensación de explayarse aquello observado, ensanchándolo, dilatando el horizonte, simulando extenderse más allá de sus dimensiones reales.
La Ciudad de México en los años de entreguerras e inmersa en el nacionalismo revolucionario y en su movimiento estridentista, cual receptáculo acogió afable al art decó. Una pléyade de demostraciones en edificios y decoración de toda condición lo abrazaron, aportándole su propia definición con toques mexicanistas. Y conserva su regusto por mantenerlo y utilizarlo en apogeo. Me agrada que sea así. Yo le invito a afilar la mirada y a que disfrute de esta escuela allí donde se la tope, apreciando sus delineados y simetrías que perfilan su aporte inconfundible. El centenario de su consagración amerita rescatarla, regodeándonos en ello.
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