Recuerdo hace unos años, cuando lo promiscuo era lo habitual ya que la edad mental y física acompañaba, cómo aceleraba a la hora de conocer a muchachas de toda índole. Esa manera de ser –en realidad de vivir–, me llevó a conocer mujeres de numerosas nacionalidades, razas y que, además, profesaban religiones varias, como si por mi experiencia inguinal yo tuviera derecho a acudir a la ONU a contarles aquello de we are the world, we are the children. Porque uno, en el fondo, sentía que a través de su pene podía captar información: como si el sexo femenino fuera una enciclopedia y yo allí pasando páginas.
La seguridad siempre fue en mí una de mis mayores virtudes, hasta que la edad comprometió mis capacidades sexuales, que pasaron de maratones violentas a consumo de sopitas sin sal y en pequeñas dosis, siempre agarrado a la bolsa de suero. Uno siempre quiso estar a la altura, como cuando los atletas y ciclistas se dopan buscando que sus cualidades más sobresalientes jamás mengüen, cuando yo acudí directo al taladafilo, que tras el viagra aportaba, según los expertos, unas posibilidades más limpias y de mayor duración antes, durante y después del acto. Con el tiempo, ese milagro químico comenzó a atacarme, lo que me hizo desecharlo para así no contribuir al infarto de miocardio. No me recluí en un convento de milagro: o por la edad o por mi pasado bien documentado, regado de tantísimas anécdotas que hice públicas como los que enloquecen con sus titulaciones universitarias durante una tarde-noche de gintonics.
Pero bueno, que hace tres años, aún con la confianza bien alta que te generan cuatro copas de vino, conocí en la zona de La Coracha, sita en Málaga, a una muchacha de buen ver: de esas que te entran por el ojo y ya no te vuelven a salir. Como dudaba de mis capacidades físicas fui dejándola hacer, hasta que a la tercera cita me habló de algo que decía llamarse nuevo mundo. Y yo, apoyado en la incesante marea tecnológica, fui a google, donde descubrí que aquello a lo que se refería era un restaurante chino de Málaga, que en vez de llamarse gran muralla había elegido su nombre comercial, de manera categóricamente política, para proyectar la llegada de China al resto del planeta.
Tras reencontrarnos y volvernos a tomar varias copas de vino, me mostró su móvil con lo que en realidad significaba nuevo mundo: eran unos apartamentos por horas, lo cual antes de dar mi opinión, en donde sólo cabía el sí, el desmayo o el cambio de sexo en el registro más cercano, me llevó directo al baño donde me metí a capón media de taladafilo –siempre la llevaba en la cartera por si las moscas–, que junto a los nervios y el consumo etílico hizo el mismo efecto que si me hubiera metido entre pecho y espalda tres magdalenas. Salí del bar, eso sí, con las pulsaciones por las nubes y una desazón absoluta: no sólo no iba a follar sino que iba a morir tratando de hacerlo.
Siempre me han molestado los apartamentos por horas. Negociamos tres con el recepcionista. Y a eso de las dos y media, cuando la campana de la última vuelta había sonado como un gong interminable, conseguí levar anclas de aquella manera.
Al día siguiente, taciturno, acudí al restaurante chino nuevo mundo, donde soñé con una vida menos excitante mientras me calzaba una fabulosa ensalada de pepino, aún erecto. Porque el taladafilo, al menos, ayuda a que la relación con tu pareja se afiance en el tiempo, e incluso con el cardiólogo.