Reveses y fracasos
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 01 de diciembre de 2008, 22:19h
Hace cincuenta años cuando se conmemoraba el III centenario de la Paz de los Pirineos el articulista oyó a uno de sus profesores cierta frase que le sorprendió en extremos: “Las derrotas no se celebran”. Hipernacionalista, el tal catedrático carecía de razón alguna en la citada ocasión, presidida por dos grandes norteños –el vasco Castiella y el normando Courve de Mourville-, que al frente del Palacio de Santa Cruz y del Quai d´Orsay querían hacer otra vez realidad, ya a la altura de 1959-60, la famosa frase luiscatorciana “No hay Pirineos”. Apenas firmados los Tratados de Roma y puesto en marcha el Mercado Común, la búsqueda de la unidad europea debía comenzar allí donde acabó su anterior comunidad de ideas y políticas. (Desde entonces, hélas, poco se ha avanzado…)
Pero ni siquiera en trances señalados y solemnes dejan de tener sentido la reflexión, el recuerdo e, incluso, la celebración de aniversarios de fracasos y derrotas nacionales. En ciertas coyunturas, su prolongada meditación ha conducido en lugar del pesimismo o el derrotismo, a la regeneración y reforma. ¿Qué otra cosa, si no, representó para la Francia de la III República la obsesión de Sedán? Su aguijón le llevó al triunfo en la Primera Guerra Mundial. Por su parte el Japón Meiji se alzó sobre el acucioso conocimiento de las causas que empujaron al país al borde de su despedazamiento por los anglosajones. El mismo “Imperio de las cien rosas” no puede explicarse si se olvida el hondo impacto provocado en los chinos de la generación de 1919 el trato recibido por su patria en los grandes tratados internacionales de dicho año. Los artífices de aquél, Mao y Chu-En Lai, fueron prototípicos representantes de dichas hornadas.
En otras ocasiones, esculcar los motivos y razones que precipitaron a la sociedad a la ruina o a un estado crítico no desemboca en ningún afán revanchista ni tampoco en exaltación alguna de un grosero patrioterismo. El ascendiente e influjo ejercido en este fin de siglo por los dos grandes derrotados en el inmenso holocausto de 1939-45 así lo refrenda. Tanto los hombres y las mujeres de Alemania y Japón supérstiles de la catástrofe, sin renunciar al amor a su país, se adentraron profundamente por el terreno de una introspección personal y colectiva decantada en una toma de conciencia asumida con singular fuerza y honestidad: Nunca más se andarían los caminos de la guerra como medio para la prosperidad o realización individual o nacional. La causa de la paz y la reconciliación reclutará en adelante sus contingentes más nutridos en las dos comunidades que hoy disputan a Estados Unidos el liderazgo económico del planeta. Una de las decisiones iniciales del flamante parlamento de la Alemania Oriental, la de solicitar el perdón del pueblo judío, resulta admirable y esperanzadora. Por desgracia, el “modelo” germano-nipón no ha tenido hasta el momento demasiados imitadores.
También fuera del terreno de la gran historia, la consideración en torno a las derrotas y fracasos que jalonan la mayor parte de las biografías del hombre de la calle acostumbra a ser rica en frutos, a condición de acometerse sin complacencia.
Los defectos propios más que las deficiencias o lacras ajenas suelen estar en la raíz de nuestros reveses. La impaciencia, la simplicidad acrítica o en exceso ingenua y benevolente, la sobrevaloración de las cualidades y dotes personales y siempre el énfasis del ego provocan, de ordinario, más fracasos que la mendacidad, la avidez o la ambición sin escrúpulos del prójimo. Con pocas excepciones, una pieza del mecanismo propio funciona mal o a destiempo en todo revés. Echar tales culpas a los demás y declinar a los otros las responsabilidades propias equivale a menudo a querer instalarse de por vida en el fracaso o en un victimismo estéril.
Así, en los hombres como en los pueblos -proyección de aquéllos- la consideración sobre los fracasos y derrotas es, por lo común, muy provechosa y positiva. A unos y otros los hace más maduros y alertados e, incluso, no pocas veces, más comprensivos; en definitiva, más aptos para la convivencia y el progreso. Quién sabe si en la próxima centuria se celebrarán más las derrotas militares y políticas que los triunfos y victorias, a modo de infalible método para depurar los vicios y acendrar las virtudes.