Por unas u otras razones, a algunos escritores se les confina, sin merecerlo, a una suerte de purgatorio. En buena medida, es el caso de José Martínez Ruiz, Azorín (Monóvar, 1873-Madrid, 1967), sobre el que pesan una sarta de tópicos que cuando menos han ido oscureciendo su figura. Para luchar contra ello, nos llega la excelente biografía de Francisco Fuster, profesor de la Universidad de Valencia y reconocido investigador, centrado en uno de los periodos más brillantes de nuestras letras, la denominada Edad de Plata, sobre la que Fuster apunta: “La edad de plata (1900-1936) es el resultado de un proceso de maduración en el que convergen varias generaciones -las del 98, 14 y 27- de escritores, pensadores, artistas o científicos que, con sus esfuerzos individuales y grupales, contribuyeron a elevar el nivel intelectual del país hasta cotas jamás antes alcanzadas”.
Precisamente, a la Generación del 98 pertenece Azorín, en compañía de otros grandes, así Pío Baroja o Miguel de Unamuno. Y Francisco Fuster, tras títulos como, entre Julio Camba: una lección de periodismo -Premio Antonio Domínguez de Biografías-, nos acerca con solvencia y una sólida documentación a la trayectoria vital y literaria del autor de La voluntad, consiguiendo lo que, como nos recuerda el propio Fuster, señaló Ortega: “La biografía es eso: sistema en que se unifican las contradicciones de una existencia”.
Como suele ser preceptivo, el trabajo comienza por la infancia de Azorín para luego ir adentrándose, en una equilibrada combinación entre vida y obra, en sus distintas etapas, en apariencia discordantes, pero unificadas por la que es la su perenne seña de identidad: ese impulso de escribir que no cesa, sea cual sea la circunstancia y momento, como certifica él mismo en una elocuente declaración que recoge Fuster: “He escrito en muchos sitios a lo largo de mi vivir: en Monóvar, nativo pueblo; en Madrid, en San Sebastián, en París. No sé dónde he escrito con más fervor, con más verdad, con más entusiasmo. He escrito en cuartillas anchas y amarillentas, en cuartillas chicas y blancas. He escrito en un cuartito de estudiante, en la mesa de una redacción, en el campo, en la ciudad, en una estación, en la mesa de mármol de un café. He escrito por la mañana, por la tarde, a prima noche, en las horas de la madrugada, con el alba, con la aurora, a mediodía, a la tarde. He escrito estando bueno, con salud pletórica, enfermo, titubeante, sin sanidad y sin dolencia. He escrito con todas las luces, con sombras y con penumbras; con luz de aceite, grata luz; con luz eléctrica, agria luz; con la blanca y suave luz del gas; a la luz de las bujías. He escrito con pluma, con lápiz, con máquina de mesa y con máquina portátil, con pluma de agudo y con pluma de punto grueso. He escrito con letra abultada y letra menuda. He escrito con inspiración y sin inspiración; con ganas y sin ganas”.
Sin esta premisa, no se entendería la profusa producción del alicantino, que transita por prácticamente todos los géneros y se sustancia en más de cien libros -novela, crónica, ensayo, crítica literaria, libros de viajes-, y miles y miles de artículos en Prensa en los distintos medios en los que colaboró, sobre todo el periódico ABC, donde firmó durante más de sesenta años. Esta devota dedicación literaria sobrepasa a los otros menesteres ejercidos, especialmente la política, llegando a ser diputado.
¿Escritor franquista? ¿Autor anticuado? ¿Rescatable a lo sumo por su impecable estilo o su revolución en la crónica parlamentaría? No se pierdan esta biografía de Francisco Fuster, que se enriquece con material gráfico, y descubrirán a un Azorín, con sus luces y sus sombras, complejo, múltiple, “clásico y moderno”. Y que, además, no es solo una figura individual, sino como bien lo definió Ramón Gómez de la Serna, en la igualmente recomendable biografía que le dedicó, “la historia contemporánea, el alma de su tiempo”.