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Ensayo

Haruki Murakami y Makoto Wada. Retratos de jazz

domingo 04 de mayo de 2025, 21:57h
Actualizado el: 07 de mayo de 2025, 08:58h
Haruki Murakami y Makoto Wada. Retratos de jazz

Traducción de Juan Francisco González Sánchez. Tusquets. Barcelona, 2025. 248 páginas. 20,90 €. Libro electrónico: 12,99 €. Deliciosa y singular enciclopedia subjetiva sobre el jazz, firmada por el autor japonés y Makoto Wada, un dibujante aficionado a la música. La lista de músicos compone también un mapa sentimental del nuevo eterno aspirante al premio Nobel de literatura

Por José Pazó Espinosa

Cuando hace algunas décadas me di a la lectura de Borges, llegué a la conclusión de que Borges no existía, que era la creación de otro, de un otro que quizá se llamase también Jorge Luis Borges. A esa idea me llevaron sus relatos. Al Borges autor de esos cuentos, que de vez en cuando viajaba a Madrid para declarar que el Quijote solo lo leía en inglés, lo imaginaba como un autómata con un secreto escondido en un papelito enrollado y oculto en la caña de su bastón.

En mi imaginación, Borges vivía en alguna cueva subterránea del parque del Retiro. No me pregunten por qué. En esos años, Murakami todavía no existía. Existía Haruki Murakami, un japonés joven que servía copas en un antro de jazz, Peter Cat, que había abierto con su mujer en 1974 en Kokubunji, un barrio de las afueras de Tokio. El jazz era entonces la música de la noche, con un aroma más introspectivo y canalla que el rock o el folk. Olía a whisky, a fantasía, a desgarro y muchas veces a dolor interior.

Sin embargo, nunca he pensado que Haruki Murakami no exista. Sus libros no me llevan a eso. Me llevan al lugar contrario, a que el que no existe soy yo. Ni usted, lector, tampoco. Me lleva a la sensación de que el mundo -incluida toda la humanidad, incluido yo mismo- es una creación de Haruki Murakami. La creación adolescente, contradictoria, sorpresiva, íntimamente incomprensible de alguien a quien le gusta el jazz y que un día comenzó a escribir por el ruido de una pelota al chocar con un bate de beisbol.

Haruki Murakami ha creado esos mundos en los que el lector permanece para siempre, como en Kafka en la orilla, por ejemplo, pero también ha querido decirnos quién es él, algo que Borges nunca quiso. Aunque la autodefinición de Murakami es al final tan elusiva como el gato de Alicia en el país de las maravillas. Dice de él mismo que le gusta el pop, correr, la música, Scott Fitzgerald, saborear un whisky, la cerveza Amstel, escuchar un vinilo… ¿Y quién es Murakami en ese camino? Yo tengo la sospecha de que es un japonés que vive en el vacío del zen, en el mu, y que desde allí interpreta el Japón de la posguerra ya americanizado como si de una alegoría de ciencia ficción se tratara. Que nos recrea a todos desde ese extraño punto de vista que es en realidad una ausencia de punto de vista.

Retratos de jazz es lo que podríamos considerar una enciclopedia subjetiva sobre el jazz, firmada por Haruki Murakami y Makoto Wada. Este último es un dibujante aficionado a la música, que en 1997 hizo una exposición de retratos de músicos de jazz. Murakami escribió sobre esos retratos (agradables, en tonos tierra, ligeramente caricaturescos, artesanos) y juntos hicieron este libro. Es un libro escrito y pintado. Cada músico tiene una entrada de aproximadamente dos páginas con una breve nota autobiográfica al final. Es claro, equilibrado, informativo y, en la descripción de la música, metafórico. La brevedad de cada entrada impone que haya dos o tres pinceladas sobre la música, sobre la vida del jazzista, sobre la propia experiencia de Murakami. Al final de su pequeño relato, añade una nota biográfica y aconseja un disco en particular de ese músico.

El libro tiene una lectura muy fluida, y sirve de guía para la escucha de quien quiera acometerlo así. En esas pinceladas van desfilando las preferencias del novelista y de Makoto Wada: Chet Baker, Benny Goodman, Charlie Parker, Fats Waller, Art Blakey, Stan Getz, Billie Holiday, Cab Calloway, Charles Mingus, Jack Teargarden, Bill Evans… Y así hasta 55 nombres, todos evocadores de un tiempo y una sensibilidad. Abundan también las referencias a los trágicos finales de muchos de ellos: “Observamos, pues, que el talento jazzístico suele brillar a lo largo de un periodo breve de tiempo, entreverado por una vida llena de dificultades. El jazz se articula en un firmamento de estrellas fijas, las menos, cuya luz se entremezcla con el incierto resplandor dejado, a su paso, por multitud de estrellas fugaces.”

Esto lo escribe Murakami en la página 188 hablando de Bobby Timmons. Este aserto es toda una ontología del jazz. Según él, hay algunas personalidades fijas, indudables, que conviven con otros que refulgen y pasan, arrastrados por el torrente de la vida y por sus vicios. A estos últimos hay bastantes referencias en las entradas: a sus dependencias del alcohol o las drogas, a la extinción de sus cualidades por sus existencias rotas o desgarradas.

También, repetidas alusiones al momento de la escucha, en vinilo y por “oscuros” altavoces JBL, paladeando un whisky o una copa de vino. Hay en todo ello cierto regodeo estético, como si el hecho de concentrarse y dejarse llevar por las variaciones fuera tan importante como la misma música. El romanticismo de Murakami asoma siempre, a pesar de la delicada frialdad del autor.

La lista de músicos compone también un mapa sentimental del nuevo eterno aspirante al premio Nobel de literatura. Si el lector tiene interés en buscar en youtube los autores y los discos seleccionados en el libro verá que nada más escribir los nombres de los músicos aparecen enseguida los títulos que Murakami recomienda. La legión de lectores de Murakami ha hecho ya ese camino innumerables veces, y ha dejado su huella en los motores de búsqueda. En el mismo texto, afloran también no solo las filias, sino alguna fobia jazzística suya: una declarada hacia Keith Jarret, y otra más confusa hacia John Coltrane. No aparecen Pettrucciani, Brad Mehldau o Tete Montoliu, por citar algunos autores dispares. Y no hay ni un solo músico de jazz japonés, ni Watanabe, Kikuchi o Fukui. Stéphan Grappelli, por ejemplo, el introductor del violín en el jazz, asoma de refilón. Es una selección muy canónica y americana, que recoge el swing, el bebop, el hardbop, el cool jazz de la costa Oeste y el jazz modal. El gusto de Murakami es selecto y muy canónico, con lugar para las Big Bands y Frank Sinatra o Tony Bennett, incluso.

El método, la forma, el rigor murakamiano invita a leer un par de entadas cada noche, escuchando algún tema de los discos recomendados. Por supuesto, en vinilo, bebiendo algún whisky y sintiendo las vibraciones que salen de unos viejos altavoces. Entonces puede ocurrir lo siguiente: “A veces es así, uno escucha un disco y se topa con esa autenticidad que permanece, que no envejece, como la hermosa imagen de una persona con la que coincidimos en algún momento de nuestra vida.”

Autenticidad que resulta difícil de encontrar en el jazz joven contemporáneo, a menudo producto de músicos salidos de buenas escuelas, como el Berklee College of Music, pero sin un alma que alguien les robó en el proceso de adquirir una buena formación académica jazzística. El mundo de hoy tiene alergia a lo imperfecto, y la inteligencia artificial ya se ocupará de hacer nuestra vida más estéril y quirúrgica aún.

Este libro, en ese sentido, es un libro del pasado, es un vestigio estético melancólico. También, es el resultado de varios encuentros: el de Makoto Wada con Haruki Murakami, y el de Murakami con nosotros, lectores, que por supuesto somos tan solo otros personajes más de su mundo, aunque creamos en nuestra autonomía existencial.

En ese mundo, mudos, leemos y escuchamos en silencio a unos músicos genialmente desafinados a veces, borrachos y drogadictos también a veces, recreados por un autor japonés que es todo menos japonés, y que contempla la escena con un vaso de whisky en la mano, vestido con un suéter gris de cashemir de Uniqlo, tan serio como una inteligencia artificial cualquiera. Y así nos disolvemos en sus notas hasta no existir.
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