La presidencia 2.0 Donald Trump que acaba de cumplir sus primeros cien días de su segundo periodo y parece estar cayendo en metodologías equivocadas de las ciencias sociales para analizarlo, sobre todo por desplantes como el último de asumirse como posible Papa y difundir una fotografía en inteligencia artificial con el disfraz --inevitable caracterización-- de Santo Padre.
Expertos en comunicación política parecen haber quedado pasmados ante la figura de Trump, la cual no es, sin maquillaje, más que un mandatario de Estados Unidos que tiene duración formal de dos periodos de cuatro años y la tentación de un tercero hoy aparentemente imposible. Pero aún si lograra torcer las leyes locales, una tercera presidencia de Trump estaría marcada por la acumulación de contradicciones de las dos anteriores y podría marcar el fin del imperio estadounidense.
Con más secretos operativos que resultados efectivos de gobierno, los primeros cien días de Trump requieren del esfuerzo de las ciencias sociales para calibrar alcances y limitaciones y proveer desde ahora la dimensión de las contradicciones de sus decretos. Trump quiere regresar a Estados Unidos a la grandeza histórica de dos periodos muy determinados de su historia: el primero, de 1823-1857, marcados por compras territoriales hacia la conquista de una porción territorial del Atlántico al Pacífico; y la segunda, de 1945 a 1989, la bomba atómica ofensiva y los acuerdos en el balneario de Bretton Woods para centralizar el dominio económico de la fuerza militar de EU al consenso de Washington que metió al planeta en una globalización productiva que desensambló el poderío de la economía central americana.
Inclusive, está haciendo falta una evaluación histórica menos parcializada sobre lo ocurrido de 1989 a 1991 con el desmoronamiento de la Unión Soviética y la derrota histórica del comunismo en modo de eje central de la economía, sobre todo porque Estados Unidos con Trump está tratando de reconstruir el poderío del Estado en la economía --a través de regulaciones, ciertamente, pero fijando la dominancia del mercado--, en medio de evidencias muy concretas de que los Estados centrados en la economía --con intervención directa o indirecta-- implican una especie de socialismo capitalista.
Las categorías y metodología del análisis científico social sobre estados y gobernantes se quedaron antes del derrumbe del Muro de Berlín y no hay nuevos modelos de interpretación histórica de lo ocurrido en los últimos cuarenta años. Y sin nueva metodología social, política, filosófica, económica e histórica no se puede tener una claridad sobre los alcances de los decretos de Trump que se reducen solo a centralizar otra vez el poder de la economía dentro de Estados Unidos,
El modelo de Gobierno de Trump no es nuevo; refiere, de modo natural, a la revisión de la propuesta de Ronald Reagan para los mismos objetivos: reactivar la economía para Estados Unidos, recuperar la hegemonía político-militar de la Casa Blanca en el planeta, reducir a otras naciones a meros peones del tablero geopolítico de ajedrez mundial, intentar liquidar a Rusia y China en el modelo del Peloponeso para evitar su fortalecimiento frente al hoy en día un imperio americano en declinación.
La presidencia de Trump hay que analizarla en un escenario hasta ahora olvidado: la sociedad estadounidense del confort o del american way of life, un principio, éste, que ha definido el motor del enfoque imperial de Washington. Es paradójico, para decir lo menos, que buena parte de la sociedad americana esté, por ejemplo, apoyando la iniciativa social contra la segunda enmienda que garantiza la propiedad individual de armas de todo calibre, cuando los colonizadores de las 13 Colonias a principios del siglo XIX usaron ese derecho para conquistar a sangre y fuego todo el territorio que hoy define a EU. Y no se ha estudiado otro hecho equiparable: el cargo de conciencia de los estadounidenses medios para alertar un poco el papel de Estados Unidos en el dominio territorial de otras naciones como parte de su economía territorial, a sabiendas de que sin ese modelo imperial se desplomaría la hegemonía americana.
Los estadounidenses votaron por Trump y en contra de la candidata demócrata, a sabiendas de que Trump haría exactamente lo que está haciendo. Su discurso de campaña, por ejemplo fue antiinmigrante en modo racista y socialmente excluyente, pero igual votaron por él sectores de clase media y paradójicamente buena parte de los migrantes ya asimilados de manera legal en EU.
La fuerza política de Trump es electoral, social y mediática y se basa en el redescubrimiento para reagrupamiento de todo el sector excluyente americano que las presidencias de Clinton a Obama disfrazaron como un vistoso traje de preocupación social, pero que en el fondo aplicaron --sin duda menos radicales--las mismas políticas migratorias, militaristas y sobre todo las que siempre han definido la decisión histórica de que de aplicar la exacción de recursos naturales de naciones dependientes.
Trump tiene, cuando mucho, año y medio para sacar a Estados Unidos de la recesión y mostrar la recuperación del modelo económico-productivo porque los tiempos políticos americanos son implacables: todo presidente reelecto tiene solo dos años de poder y luego se convierte en lo que el lenguaje político americano refiere como “pato cojo”, es decir, un pato que fue bajado de su vuelo por algún disparo y herido ya no puede recuperar el cielo y se convierte entonces en víctima de depredadores terrenales. En esta lógica es que Trump estará insistiendo --en México existe una frase popular: cuchillito de palo, porque es un cuchillo sin filo que no corta pero molesta mucho-- en que va a lograr tergiversar la Constitución y buscar un tercer periodo, pero al final solo podría darle un tercer año o la mitad porque el proceso de sucesión 2028 en republicanos y demócratas prácticamente ya ha comenzado.
Trump es, en síntesis, el presidente fuerte más débil que haya tenido EU.