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TRIBUNA

España no funciona

Juan José Vijuesca
miércoles 07 de mayo de 2025, 19:25h

Tengo la impresión de haber exprimido la mente en exceso por culpa del “apagón” reciente. Fui de los que no aplaudieron el regreso de la luz como si ello representara un exitoso número del Mago Pop. No aplaudí porque nuestras percepciones y experiencias nos dan solo juicios, no la verdad. Pedro Sánchez y sus acólitos nos tienen acostumbrados a pleitear con nuestra particular manera de ser, basada, principalmente, en hacernos creer que somos un país floreciente siempre que no reparemos ni nos comprometamos en exceso con las cosas que no debamos saber.

Que sí, que hay situaciones en la vida en que pecamos de exceso de pulcritud en nuestras apreciaciones sobre cosas que nos afectan, pero son simples tentaciones. Todo se queda en beneficio del bulo o, si no, en sabotajes, muy de la moda primavera-verano. Para evitar malos entendidos con esta argumentación, confieso estar plenamente de acuerdo con la teoría de Epicuro cuando decía que todas las acciones y los pensamientos deberían dirigirse hacia la satisfacción del placer y la omisión del dolor. Así, cualquiera. Es muy fácil filosofar de esta manera en el año 341 a. C., cuando Pedro Sánchez nada representaba ni para Grecia de aquél entonces, ni para el resto de los mortales. Otro gallo les cantaría de haberles caído en suerte. Es ahora, en la España del 2025 d. C., y no hay día sin bochorno ni escaso en lamentaciones.

Somos un país tan generoso como espinoso, porque nos desacreditamos ante el ocio y el negocio de la cosa festiva. Vuelvo al apagón como mejor exponente del chistoso reflejo de nuestro comportamiento. ¿Sabíamos lo que podía estar sucediendo? ¿Conocíamos a nivel de calle el alcance real de la situación? La demoscopia, ese estudio de las opiniones, aficiones y comportamiento humanos mediante sondeos de opinión, ha venido a recalcar que los españoles estamos desajustados de la parte más inflamada de la vida cotidiana. Pero claro, un regalito, uno más, de este gobierno tan pleno de casualidades, que no de culpas, según ellos, no era cosa de desaprovecharlo aunque la peña estuviera a pan y agua, sin móvil ni internet o tirados en medio de un campo sembrado de ortigas.

Y la calle se convirtió en un parque temático. Un lugar de francachela ideal para los cazadores de tormentas apocalípticas, buscadores de lo ajeno o feriantes con su charlatanería exponencial. Que no, que a la mínima, aunque ello nos lleve al huerto, se monta el guateque y que nos quiten lo “bailao” mientras la autoridad incompetente se reserva el derecho a guardar silencio porque la falsa verdad se ha mimetizado con el frenesí callejero. Diez días después no hay mentira que les valga ni a quién echarle las culpas, que, por definición del sentido común, a lo mejor el clientelismo en favor de personas sin formación al frente de cargos estratégicos deberían hacérselo mirar por el bien de este país y la seguridad de la ciudadanía.

¿Que los trenes se paran en medio de un erial durante seis o diez horas? Pues a buscar caracoles o tréboles de cuatro hojas. ¿Que nadie acude al rescate ni agua para mitigar la sed del sediento? Pues Los Morancos montan un improvisado remix para levantar el ánimo de la tropa.

Nos da igual el “so que el arre”, que equivale a pasarlas canutas dentro de un ascensor, en trenes sin practicables aliviaderos, subiendo ocho pisos de escalera con el butano a cuestas o alumbrándonos con la vela a San Pancracio, el santo de la buena suerte. Pues viva el estado de gracia y que lo próximo sea el meteorito, que a lo mejor nos cae en cuanto encuentre aparcamiento.

España no funciona, pero va como un cohete. Dicen que somos la admiración del mundo y nada tiene de extraño. ¿Que por qué lo dicen? Quizás por aquello del «hágase la luz» y muy al pesar de muchos, la luz se hizo, justo cuando las sombras de Grey se andaban en los prolegómenos por calles y avenidas de todo el país. De nuevo, fallecidos sin culpa, otra vez el duelo de los de siempre, mientras el resto estuvimos colgados del péndulo de la parca, esperando como reos de la impericia. Nadie pide perdón, nadie es responsable de nada. Mientras el nuevo mantra continúa flirteando con el molde de las hipótesis. Y nos dicen que el resultado del apagón tardará al menos seis meses en esclarecerse o en el mejor de los casos “no se llegará a conocer nunca la causa final”, según la propia ministra Aagesen. Y mientras tanto, ¿nuestra protección está asegurada? Porque si se desconoce la causa, ¿cómo diablos pretende nadie el garantizarnos la ausencia de peligros físicos, psicológicos y económicos a partir de este mismo momento?

Y todo se hace viejo al día siguiente, mientras esperamos la nueva maldad de quienes ni saben, ni quieren.

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