Cristina Sánchez Andrade, autora de Las lagartijas huelen a hierba (1999), y Ya no pisa la tierra tu rey (2003), entre otras novelas, con Las Inviernas (2014) se dio a conocer definitivamente en el panorama literario internacional. Ahora nos sumerge en la Galicia rural de principios del siglo XX, donde lo real y lo fantástico se entrelazan hasta volverse indistinguibles, y donde la opresión y el misterio conviven con el paisaje. Ese paisaje se convierte en un protagonista más de la novela; nieblas, musgos, rituales paganos y ánimas errantes, permiten sumergir al lector en una atmosfera perfecta. Inspirada en la historia real de "La Espiritada de Moeche", nos ofrece una lectura inquietante.
El eje principal gira sobre Manuela Fernández Fraga, quien regresa a su hogar materno en una remota aldea gallega, una casa en ruinas que parece reflejar la descomposición de su propio ser. Este retorno no solo es físico, sino también emocional y psicológico, un intento por reconstruir el rompecabezas de su existencia en un lugar marcado por las ausencias y los silencios de su pasado. La joven Manuela, recluida y atada a su cama por una extraña dolencia llamada corpo aberto, -es poseída por el espíritu de un clérigo muerto en La Habana- se convierte en el epicentro de la fascinación y el temor de su aldea: habla con acento cubano, recita en latín, y exhibe conocimientos teológicos y filosóficos que jamás tuvo oportunidad de aprender.
El resto de los personajes comprimen las más bajezas humanas; la cocinera Jerónima, testigo y cómplice de las miserias domésticas, el abad vergonzante, pasando por la meiga, mitad bruja y mitad curandera, y las mujeres del pueblo, guardianas de saberes ancestrales y tabúes inquebrantables. Todos ellos circulan página tras página alrededor de Manuela, cuya condición de mujer, pobre, rural y “demente” la convierte en símbolo de la opresión patriarcal y social. La violencia es una constante en la vida de la protagonista, cuyo cuerpo es explotado, vigilado y castigado por los poderes religiosos y familiares.
Pero el personaje secundario más siniestro de todos es su madre, a través de las memorias de Manuela, se desvela una figura materna que, aunque muerta, sigue marcando la narrativa desde el más allá. La madre no es solo la matriarca del hogar, sino también una presencia fantasmal que habita la casa, los objetos, los espacios y, sobre todo, la mente de la protagonista. La relación entre madre e hija, como se refleja en la novela, está repleta de contradicciones: amor, resentimiento, deuda y silencio.
La novela está estructurada en dos partes, la primera de ellas narrada por Manuela, la protagonista. En ella, rememora su vida antes de caer enferma y ser poseída por el clérigo, marcada por el abuso, la violencia y la opresión patriarcal. Aquí la autora utiliza un estilo muy particular: sin mayúsculas y con frases cortas, a veces incoherentes y sin puntos de unión. La segunda parte, en este caso es narrada por el clérigo de Ortigueira, cuya alma errante toma el cuerpo de Manuela.
En su conjunto, recaba tres secciones perfectamente diferenciadas: “muda” -silencio y represión de Manuela, su vida cotidiana y violencia sufrida-, “huésped” -momento de la posesión- y “desalojo” - el proceso, cerrando la novela con una estructura circular que retoma la frase inicial, sugiriendo un ciclo de opresión y liberación-.
En definitiva, la autora nos invita a una obra en la que los personajes no solo luchan por encontrar su lugar en el mundo, sino también por comprender las huellas de un pasado que nunca puede ser completamente olvidado.