Óscar López y Óscar Puente, los dos últimos ministros que ha nombrado Pedro Sánchez, marcan la estrategia de un Gobierno en minoría absoluta, desbordado por múltiples crisis y apestado por la corrupción de familiares y compañeros de viaje. La consigna es clara: llegar a 2027 para ganar tiempo. Y nada mejor que poner al frente del Ministerio de Transportes y de la Transformación Digital a dos profesionales del insulto, de la manipulación, de la propagación de bulos y de insuflar odio. Da igual que no pisen el Ministerio. Incluso, es mejor que no lo hagan, pues uno ha batido el récord histórico de incidentes, accidentes y retrasos de trenes en los 18 meses que lleva en el cargo afectando a más de cien mil personas. Eso sí, alardea de que “el tren en España vive el mejor momento de su historia”. Tal cual. Y el otro Óscar, no sabe, ni le importa, de qué va eso de la Transformación Digital.
Pero actúan como unos sicarios de las redes sociales y se presentan como unos matones en las ruedas de prensa. Tan desaforados se comportan que, al final, caen en el ridículo. Óscar Puente afrontó su última crisis ferroviaria, su enésima incidencia, con la táctica de que el ataque es la mejor defensa. Recurrió a la teoría de que se había producido “un sabotaje” con la peregrina intención de salpicar a la derecha por haber robado los cables del AVE para perjudicar al Gobierno. Tan delirante fue la excusa que hasta los dirigentes de Renfe lo desmintieron y la Guardia Civil se mofó del ministro por soltar una estupidez de tal calibre y sin prueba alguna.
Pero no se ha quedado atrás Óscar López, encargado por Sánchez de una única misión: atacar sin cesar a Díaz Ayuso. De momento, la presidenta de Madrid ya le ha vapuleado en las encuestas y en la calle. Al ministro se le ocurrió convocar en el Parque del Oeste una “fiesta” del PSOE el 2 de mayo para arruinar el acto de conmemoración de la Puerta del Sol. El fiasco fue tan grande que no asistieron ni un centenar de militantes. Pero, enfurecido por la manifestación de la Plaza de Colón exigiendo la dimisión de Sánchez, convocó una concentración “contra la ultraderecha”. La asistencia a la concentración no llegó ni a mil personas. Otra derrota y otro ridículo.
A estas lides, en exclusiva, se dedican los dos nuevos ministros. Uno, a sabotear el sentido común y causar la mayor crisis ferroviaria de la historia. El otro, a pavonearse amenazando “de muerte” (política, claro) a Díaz Ayuso, que le arrolla sin piedad pero, aún así, no cesa de convocar fiestas y manifestaciones a las que no asisten ni los militantes más entusiastas.
Dos ministros que reflejan la pobreza intelectual del Gobierno y la furia por su evidente declive electoral. Dos ministros elegidos por ser meros amiguetes del presidente, pero capaces de inventar sabotajes y complots con la única intención de salvar el pellejo de Pedro Sánchez el resto de la legislatura, dos años para intentar blindarse de las sentencias de los tribunales, camuflar su nefasta gestión y, al igual que en las últimas elecciones, centrar la campaña en el temor a la irrupción de la ultraderecha.