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TRIBUNA

Y el Retiro sigue sin Javier Krahe

lunes 12 de mayo de 2025, 20:04h

Los gallegos, con su guasa, le tienen puesta no una, sino dos estatuas a Javier Krahe, para contradecirle con este doble agasajo una de sus primeras canciones, … Y todo es vanidad (1985). En cambio, aquí, en su Madrid, ni amago; y miren que, desde su fatal jamacuco, se han sucedido consistorios de varia coloración; pero de Krahe, ni acordarse ninguno. Y a mí —qué quieren que les diga— me sienta fatal, porque me hubiese gustado verlo donde la Casa de Fieras sobre un podio de granito, haciéndole compañía a Galdós, al Ángel Caído y a don Ramón de Campoamor. Ven; sobre un pareado, me ha salido una ilustre partida de mus, juego donde era un hacha; al ajedrez, no; aunque empeño, ¡vaya si le puso! En cambio, los amigos, contra el desdén de los ayuntamientos, ya le hemos organizado, durante esta década que dista desde aquel julio aciago, tres homenajes en el foro; el último, hace unos viernes y obra de Andreas Prittwitz, en el Círculo de Bellas Artes. La verdad, no cabía un alfiler y encima discurrió con notable elegancia. Pero supongo que, como a mí, a los demás, nada nos consoló de su ausencia y eso que Maui y Javier Ruibal sobresalieron entre los cumplidos participantes al imprimirle sus peculiares lirismos a las humoradas de Krahe.

Sin embargo, más allá del rimero de anécdotas sucedidas a su lado, entre las que figura la escritura de un libreto de zarzuela (El revoltoso [1991]), preferiría que reparasen en Javier Krahe como poeta. Y no se confundan; no lo califico de tal por devota amistad o, como es habitual, por engolado y gratuito elogio, no. Lo digo muy justificadamente porque contemplé noche tras noche su habilidad para la rima y la métrica; o sea, para el veraz y sólido manejo del oficio. Pero a Javier, en su momento, le pudo más su propensión para la broma y el trajín, y en ningún lugar para que confluyan tales facetas de la vida —si hay suerte y las cosas se enredan— como en los escenarios. Y bajo este afán y con una determinación de acero —porque zancadillas le pusieron; algunas de puro bochorno— llegó a convertirse en el cantante que durante un puñado de años y, encima, consecutivos, más actuaciones ofreció en España. Y no obstante, a Javier Krahe el marchamo de cantautor no le casaba —o le casaba mal—, porque ni su irreductible independencia, ni su cultura cosmopolita, ni su deslumbrante ingenio se compaginaban con el tópico de practicante de la queja y del himno coral, a ser posible con el puño levantado. Exactamente como a su generación poética coetánea, los novísimos, superadores de la poesía social por mera sensibilidad y conocimiento; por tanto, de encuadrarlo en algún movimiento poético, debiéramos de situarlo ahí, cuando además, aparte de conocer su escritura, Javier Krahe nunca se alejó de la sensibilidad proteica que los caracteriza. Pero esta natural atención por lo inmediato, no le restaba un ápice de interés por los clásicos, máxime si la etiqueta de jocosos los precedía. Tal es que, en una ocasión, me lo encontré enfrascado con Marcial, cuyos epigramas aún me resultan intraducibles en toda su punzante gracia por el manejo de los sobrentendidos y coloquialismos de la Roma donde vivió. Y todo esto mientras su oído permanecía avizor a una romanza de zarzuela, o a un éxito de la radio, o al estribillo estruendoso de un grupo punk; nada, ni siquiera la quedona réplica de esquina le era extraña si le venía de molde para acentuar la comicidad de un verso. Eso sí; antes comprobaba minuciosamente los escurridizos significados por los diccionarios. A este respecto, solo le sacaban de quicio los latiguillos habituales entre los más petulantes y supuestamente bien hablados, como cuando le preguntó Gerardo Pérez, al verlo entrar en el Café Central de mal humor, qué le había sucedido. Le respondió:

—Han dicho en el telediario que robaron una sucursal a punta de pistola; ¿desde cuándo las pistolas tienen punta?

Imagínense qué juicio le merecería cualquiera de esas homilías, embarulladas por una abstrusa y esclerotizada jerigonza, que nos endilga, en cuanto afrontamos una catástrofe, nuestro actual presidente del Gobierno o alguna de sus termodinámicas vicepresidentas.

Sí; Javier Krahe era escrupuloso en la selección de las palabras tanto como lo era para escoger las estrofas, quienes, de por sí, le prescribían —consideradas las licencias utilizadas— los ritmos musicales idóneos; desde un pasodoble a un twist, pasando por un chotis o una habanera. En cuanto a los contenidos; la vida misma, repleta de ridículas contradicciones, proporcionaba a su inteligentísima mirada argumentos a mansalva; de modo que no necesitaba sino pasear ante los escaparates, leer las gacetillas de sucesos o escuchar a hurtadillas una conversación en el Metro, y ronda que te ronda, con ingenio y destreza, componía una canción con que arrancarnos una carcajada.

Pero, ay, el Retiro continúa un poco entristecido sin su estatua, allí, donde la Casa de Fieras. Yo, en este momento, algo menos, porque le acaban de conceder a otro amigo, Luis Alberto de Cuenca —precisamente, uno de los novísimos—, el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Y me basta con recordar cómo Javier Krahe me lo elogió y hasta me descubrió la manera adecuada para recitar sus poemas, una mañana de hace treinta y tantos años, para adivinar, ante esta noticia, su sincera sonrisa de complacencia.

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