www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Asociaciones intempestivas

jueves 15 de mayo de 2025, 19:57h

Oí decir a una psicóloga de renombre que su propia madre, tras preguntar por el extraño oficio de su hija, le respondió: tú lo que haces es enseñar a la gente a vivir. Que la habilidad de “saber vivir”, tan natural e inmediata, parece habérsenos esfumado es fácil de constatar viendo la inflación de libros de autoayuda o de coaching que pueblan las estanterías de librerías y bibliotecas. Hay una oscura relación entre esa pérdida y el hecho de que tales estanterías se encuentren en los grandes centros comerciales de nuestro tiempo.

En esta época de indiscutible hegemonía de las ciencias y tecnologías esos oscuros evangelios suelen ir precedidos del prefijo “neuro”. Augusto Comte, el profeta del positivismo cientificista, reconoció dos inconvenientes morales de la ciencia: “hinchar y secar, esto es fomentar el orgullo y desviar el amor”. ¿Habría una oscura relación entre nuestras dificultades para vivir y la dominación del sistema tecnocientífico en las sociedades contemporáneas?

El comercio fue históricamente el impulsor de la industria y las finanzas. Por su parte la tecnociencia constituye el indispensable motor de ese desarrollo industrial. Recuerdo a menudo que Stefan Zweig llamó “arcángeles del progreso” a las ciencias y tecnologías. Arcángeles oscuros si erosionan o destruyen con su progreso nuestro fundamental saber para la vida. ¿Las relaciones entre ciencia y comercio podrían estar relacionadas a su vez con nuestra incapacidad para la vida?

El sentido de la ciencia para la vida fue atendido por Nietzsche en unas consideraciones que llaman intempestivas pero que parecen de acuciante actualidad. Es el mismo profeta del nihilismo y anunciador de un superhombre que hoy nos presentan, justamente, las tecnociencias convergentes (NBIC) como un logro a nuestro alcance. Es el mismo que tras su colapso – en torno a enero de 1889 – firmaría una misivas alucinantes con el título de Anticristo. ¿Su enfermedad, sobre la que tanto se escribió cuando todavía se escribía, acaso tuvo alguna relación con sus dificultades para la vida?

Tras esta cadena de asociaciones me pregunto si no hay alguna relación, por fin, entre nuestras dificultades para vivir y la estricta secularización que ha erigido su estrecha idea de razón en clave de nuestra arquitectura socio económica. ¿Nuestra urgente necesidad de aprender a vivir podría estar relacionada con el eclipse de la religión tradicional que en Europa fue, se quiera o no, el viejo cristianismo: el catolicismo?

Podría ser que Roma no sólo hubiera construido una doctrina antropológica, sino que la hubiera discutido y ensayado en todas sus desviaciones y variaciones, de suerte que su resultado histórico no sea producto de ninguna deducción vagamente teórica, sino de varios milenios de ensayos de vida en común profundamente discutidos y elaborados. El catolicismo no sólo habría determinado con exactitud la condición de nuestra vida personal, sino que habría erigido auténticas comunidades, conformando durante milenios la vida de las sucesivas generaciones de europeos. Cuando se habla de la crisis de la comunidad se omite que la forma comunitaria de la vieja Europa fue el resultado sutilísimo de la práctica de un cristianismo que entendía la fe como una virtud o un hábito y no un acto de estrecha aquiescencia subjetiva. ¿No provocaría entonces una carcajada la idea de un cristiano no practicante? La comunidad se asentaba doctrinalmente en la metafísica teológica que el industrialismo racionalista derribó, con ella se llevaba también por delante instituciones, costumbres, oficios y virtudes asociadas, conduciéndonos a la escombrera de una vida social aislante y atomizada.

Con ello se ha perdido toda noción de una formación de la voluntad que es suplida por terapias al gusto de un consumidor que busca, ante el lineal de libros de autoayuda, el objeto que pudiera satisfacer sus erráticas preferencias.

Mientras esperamos que las nuevas ciencias y tecnologías convergentes ajusten nuestra voluntad a los fines del gran mercado global o a las exigencias de un civismo democrático, abstractamente igualitario, nos aferramos a unas u otras “técnicas salvíficas”. En su esfuerzo por enseñarnos a vivir, esas terapias no dejan de ofrecer fragmentos sin unidad, ni sentido, de una verdad antropológica que ya no podemos (queremos) reconocer.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (8)    No(0)

+
0 comentarios