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TRIBUNA

De cuando la trivialización política cobró nuevos vuelos en España

lunes 19 de mayo de 2025, 18:32h

Había quien pensaba que la copa que contenía todas las esencias en forma de fenómenos sorprendentes estaba ya colmada en lo que se refiere a la política en España. Y quizás no le faltaba una buena parte de razón, porque las conversaciones contenidas en los wassaps cruzados entre el presidente del gobierno y el entonces número dos del PSOE y ministro de Transportes de que se ha hecho eco el diario El Mundo y cuya publicación habría sido autorizada por éste -una forma singular de referirse a su filtración por el mismo- no se podrían en puridad entender como política, ni siquiera por un vodevil de esos que pudieron contemplar nuestros abuelos, sino más bien como la trivialización del debate público, una especie de reality show, en el que los habituales personajes televisivos que nos espetan, con crudeza digna de mejor causa, sus pormenores personales han sido sustituidos por los personajes políticos que, a pesar de todo, nos representan y cuyo escrutinio electoral nos es sometido a consulta cada cierto tiempo.

Y si a lo que estamos asistiendo ahora es a un nuevo escándalo, ése que está poniendo en evidencia las consideraciones -a lo que parece escasas- que a Pedro Sánchez le merecen los barones díscolos su partido o alguno de sus ministros, es lo cierto que el estupor que están provocando ha tapado el del apagón de hace escasas semanas, los retrasos en el hasta ahora siempre puntual y eficaz servicio de nuestros trenes de alta velocidad y otros, o el de la puerta de entrada a España que constituye nuestro principal aeropuerto. Todo ello sin perjuicio de que las comunicaciones a que vengo aludiendo, no sólo contienen opiniones del presidente respecto de sus colaboradores o compañeros de partido, sino que se refieren a episodios presuntamente delictivos como lo es el millonario rescate de Air Europa.

España se está convirtiendo a través de la gestión del gobierno en el escenario del desconcierto, de la improvisación y de la incompetencia, bastante antes de lo ocurrido en la costa valenciana y los devastadores efectos de las lluvias allí acaecidas, y que pone de manifiesto el extraordinario deterioro de la gestión producida en las diferentes administraciones públicas que, como en los ascensores de algunas viviendas, alguien ha debido colgar el cartel de No Funciona..

No, España no funciona. En este fin de ciclo que a algunos opositores al gobierno se les antoja interminable, hasta el punto de que no parecen tener más remedio que poner encima de la mesa alguna propuesta que no sea una reedición del “Váyase, señor González” (veremos si el cónclave del PP va a aportar algo más que el acostumbrado clamor de los compromisarios en favor de Feijóo), se diría que las costuras de nuestro país se han abierto en tromba, que el organismo del paciente nacional, aun de forma inadvertida por éste, yace en la cama de operaciones dispuesto a una intervención delicadísima.

Y es que la polarización lo está subvirtiendo todo. El gobierno y la oposición se desprecian mutuamente, las administraciones no se coordinan, los servicios públicos se convierten en gaseosos y el ciudadano carece de respuesta de las dependencias oficiales, fiado sólo del espíritu bondadoso de algún funcionario honesto -que por fortuna aún quedan- que considera que está ahí para hacer más fácil la vida a los demás.

Y ese ciudadano asiste impasible ante la degradación de lo público. Las gentes reunidas en las terrazas de los bares durante la tarde-noche del apagón, por si acaso quedara alguna cerveza aún fresca en los establecimientos… no le faltaba en este sentido alguna razón al francés que, preguntado en el curso de una manifestación que degeneraba en la violencia con ocasión del episodio de los gilets jaunes, afirmaba: “Nosotros protestamos. No somos españoles”.

Se trata, en efecto, de la misma ciudadanía a la que los poderes públicos no tenían por qué temer en la época de la transición a la democracia. Ésa que advertía la canción Libertad sin ira: “Pero yo sólo he visto gente, muy obediente, hasta en la cama”.

No pretendo llamar a ninguna manifestación violenta que convierta las calles de nuestras ciudades en espacios invivibles a causa de la tensión que la produzca. Nada hay más lejos de mis pretensiones , pero constato que cerca de 50 años ya de aprobada la Constitución, aún está en su mayor parte inédito el espíritu de ciudadanía en España, que reducimos la democracia al único ejercicio del voto -con ser éste fundamental-, que en buena parte consideramos que el régimen de libertades que un día nos llegó -o construimos- está aquí para quedarse sin que debamos hacer nada para mantenerlo… y me preocupa porque los Orban, los Erdogan o los Trump; los Maduro, Diaz Canel o Putin, van adquiriendo muchos de ellos nombres y figuras reconocibles en nuestra geografía nacional, y se ocupan todos los días con un afán inquebrantable en demoler el edificio constitucional, reinterpretando sus preceptos y mutándolo en una ley que en nada se parece a la que los españoles sancionamos en el año 1978.

Y no serán los eurobonos ni la vigilancia de la Comisión o los tribunales de justicia europeos los que nos salven del desastre. Sólo en nosotros mismos existe la esperanza. Por eso, esa España alegre y confiada de Benavente me produce tanta inquietud.

Entretanto, la lectura diaria de los wassaps de Sánchez y Ábalos, esa singular pareja que a veces produce la sonrisa, cuando no la hilaridad, que hacía las delicias del espectador en las comedias de Matthau y Lemmon, al menos me procura un entretenimiento matutino que, pasado el tiempo, es muy posible que se vea transformado en la nostalgia por el divertimento perdido.

¿No dijo alguien que la democracia es aburrida? En España no, desde luego.

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