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ESCRITO AL RASO

Euroceguera: el desamparo musical como arma política

David Felipe Arranz
lunes 19 de mayo de 2025, 20:06h

Ellos, nuestros políticos, con el mínimo esfuerzo se llevan el máximo rendimiento personal; y esta es, durante mucho tiempo, una experiencia que se ha instalado entre una ciudadanía resignada que escucha historias de prostitutas de lujo, tráfico de influencias y nepotismo sistemático, que va desde un ayuntamiento a cualquier ministerio. Y el españolito se entrega a un místico silencio porque jamás habla de lo mal que lo están haciendo todos sin que salga un listo para afearle sus opiniones, ya que opinar por lo visto no es libre últimamente.

A mí me ha ocurrido con el bochornoso espectáculo del chonismo paneuropeo de Eurovisión. Animado por varias amigas, una vez terminé de volver a ver El cazador, esa obra magistral de Michael Cimino, que en paz descanse, me entregué libre de prejuicios a “disfrutar” de la edición de Eurovisión el pasado sábado, y pronto vi no solo por los presentadores, sino por el público representativo del certamen, que celebraban las gracias demasiado simples, el estruendo fácil o el primitivismo atonal más tozudo y molesto que hace años solo se hubiera dado entre risotadas como combate de canciones verdaderamente insoportables. Durante más de dos horas este espectáculo incomprensible para mí, salvo algunas excepciones, capaz de desconcertar hasta al crítico musical de mente más abierta, desfigura cualquier noción de festival, de letras encendidas de amor y apasionadas partituras de las que ABBA fue triunfador absoluto en otro tiempo.

La de Eurovisión es una situación ciertamente preocupante, porque es sintomática de un estado de cosas, no solo es el esperpento, el bodrio y el poligonerismo que unifica, al fin, a los países de la UE: puestos de acuerdo en el mal gusto y hermanados por lo cutre, quizá podría ser esta una base para futuros acuerdos políticos, asentados sobre lo cutre. A algunos se nos ocurre cómo podríamos salvar los restos de la vieja Europa, la de Grecia, la de Rima, la de París o los músicos austriacos y alemanes. Pero es que tenemos muchas tardes de estas, quizá demasiadas, pegajosas y subdesarrolladas, emplomadas de fastidio y de abatimiento en que todo confabula para que pensemos que la vida se ha vuelto gris y que el sol no volverá a brillar con el talento de otra época sobre nuestras pequeñas cotidianidades.

En realidad esto es lo que quieren que pensemos, porque este es un proceso que va despacio y que se filtra por nuestros pensamientos. En realidad se comprende mal a qué diablos ha ido Melody a Eurovisión. Porque es imposible que cualquier cantautor que pudiera interesarse por la canción popular de calidad y las letras pegadizas y con estilo elija como primera opción este aquelarre de frikis provenientes de todos los rincones del continente. Y uno vaga por los arrabales de la razón y cae en la cuenta de que hay jurados que han seleccionado a esta tropa para que los representen en sus respectivos países, en estos días presentes en que ya nada nos divierte. Algunos dicen que deben de faltar muchos años aún para que Eurovisión caiga más bajo, pero pensamos que ha entrado en barrena y que su brillo ha sido usurpado por los chiflados, los estultos, los ridículos, los grotescos, los marginales, los de peor oído musical: he aquí las “luces” del Festival de la Canción de Eurovisión que organizan desde 1956 los miembros de la Unión Europea de Radiodifusión. Y, si ustedes me lo permiten y sin que sirva de precedente, en este caso sí, cualquiera tiempo pasado fue mejor. Por si fuera poco, de nuevo los políticos convirtieron un concurso mediocre en un ring ideológico con soflamas y mensajes a fin de reforzar sus respectivas intenciones de voto, entre un público de estudiantes y gallofos, de españolitos modestos y autónomos que apenas pueden serlo. En la escena, un hombre bufo y una mujer inconcebible y epidérmica hacen que cantan. La orquesta lanza una partitura infame. De pronto sale al escenario una muchacha vestida de astronauta o de extraterrestre, se revuelca por el suelo y desaparece otra vez entre gritos y aplausos. Nadie recuerda su tema, ni menos aún su letra. Lo peor de todo es que muchos todavía no han querido darse cuenta de que este desamparo musical es una de las armas de alienación social más calculada por la casta parasitaria. Tengan cuidado con lo que escuchan y ven o creen ver, aunque sea en su tiempo libre –si es que lo es– de euroceguera.

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