Cambio de modelo productivo
martes 02 de diciembre de 2008, 21:47h
La mayor pega que se le puede poner en materia económica al Gobierno de Zapatero es que no aprovechara suficientemente el periodo de prosperidad de los tres primeros años de la legislatura pasada para incentivar un cambio de modelo productivo. Es ésta, en todo caso, una cuestión pendiente, de la que no es responsable sólo el actual presidente y su equipo económico, sino que viene de lejos. Desde finales de los años 50 el tejido económico español se ha transformado mucho, primero con una extemporánea (por tardía) revolución agrícola, luego con la industrialización y el turismo, y más tarde, tras la reconversión industrial, con una sofistificación de los sectores industrial y terciario.
La modernización económica de España en el último medio siglo ha sido rotunda, pero siempre dejando temas por resolver que han hecho que las crisis económicas se sufran en España más que en otros países de nuestro entorno. La actual evolución alarmantemente progresiva de la cifra de parados es un claro ejemplo. Otro es nuestra dependencia energética de los derivados del petróleo, cuando somos un país no productor. Y otro, y el que interesa ahora, es la baja productividad en términos comparativos respecto a las economías con las que competimos.
Ante la presión de los países con economías emergentes, donde la mano de obra es mucho más barata, no queda otro remedio que buscar nichos de mercado en los que se pueda competir a nivel internacional. Podemos discutir el porqué de la baratura de la mano de obra en esos países, donde los obreros trabajan en la mayoría de los casos sin las mínimas garantías laborales, pero lo cierto es que ni las políticas internacionales ni las tímidas campañas de presión promovidas por algunas asociaciones de consumidores y ONGs han dado frutos para cambiar esta situación. Podemos lamentarnos durante largo tiempo, pero entretanto otras economías se adaptarán mejor que nosotros al nuevo entorno. Es decir, se convertirán más rápidamente en lo que viene denominándose una sociedad del conocimiento, en la que éste es el principal capital. No fábricas de tornillos (que no molestan y está bien que las haya), sino diseños de las máquinas y de los software que van a producir los tornillos. Esto es lo que se necesita y a gran escala y en todos los sectores. Pero la inversión española en I+D+i sigue siendo muy pequeña en comparación con la de otros países, y muy especialmente la inversión privada. Ahora nuestros universitarios gritan por los pasillos de las facultades y por las calles “¡Fuera las empresas de la universidad!”. Sería largo de explicar de dónde viene ese “santo temor” al capital privado, pero no es lo que aquí nos incumbe ahora. No sólo las universidades sino el conjunto de la sociedad española necesitan que las empresas inviertan en conocimiento. Cuando a muchos empresarios españoles les hablan de I+D+i, piensan inmediatamente que el Estado les va a subvencionar la compra de ordenadores. Con una concepción tan estrecha de lo que es una sociedad del conocimiento no vamos a ir a ninguna parte. Tampoco parece que las políticas anti-crisis de Zapatero vayan por el buen camino. De los 11.000 millones anunciados la semana pasada, sólo algo más de 400 irán destinados a I+D+i, y al mismo tiempo hemos sabido que algunos de los planes previstos en el programa Ingenio 2010, que fueron la gran apuesta de la legislatura anterior, ahora se paralizan.
El cambio de modelo productivo no se realiza de un día para otro o, por utilizar la graciosa expresión de Solbes, parafraseándola: uno no desayuno churros por la mañana y por la tarde cambia el modelo productivo. Es una labor de años, de muchos años, de décadas, pero ya es hora de apostar abierta, clara, contundentemente por esta vía. En este ámbito sería bueno un gran pacto de Estado que comprometiera a los principales grupos políticos, al Estado, a las Comunidades Autónomas y a los Ayuntamientos.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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