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LETRAS, CEROS Y UNOS

Orgullo fontanero: Mariano Ozores y el país que se reía

jueves 22 de mayo de 2025, 17:50h

Hubo un tiempo en que España se explicaba mejor desde el chiste que desde el BOE. Un país que salía de la dictadura a carcajada limpia, con bigotes postizos, calzoncillos a rayas y ligueros mágicos. Ha muerto Mariano Ozores y, como suele pasar con los cómicos, pocos se han parado a pensar que su obra, entre el gag facilón y el destape “por exigencias del guion”, constituye un valioso archivo que nos ayuda a entender lo que ha sido, y no ha dejado de ser, nuestro país.

Ozores dirigió noventa y seis películas, seis de ellas en el mismo año, 1981. La cifra es mareante, y el sistema de trabajo a principios de los ochenta conseguía que las películas se grabasen y pasasen el proceso de posproducción en apenas dos meses. El secreto era “juntarnos a divertirnos y, si eso, igual sale una peliculita”, decía. Entre sus filmes, algunas joyas escondidas que se apartan del cliché, como La hora incógnita (1963), una inquietante cinta de ciencia ficción donde no hay tetas ni risas grabadas, sino un ensayo sombrío sobre la angustia nuclear. Porque sí, Mariano también reflexionó en voz alta en un país que prefería hacerlo en silencio.

Hoy algunos se apresuran a tachar de trogloditas a quienes siguen viendo Los bingueros o Yo hice a Roque III. Pero tras esa capa de chiste grueso, lo que hay es un espejo empañado por el sudor de los años 70 y 80. Una prueba de estrés sociológico. La España de las colas del paro, los pisos sin calefacción, el machismo impune y la libertad como resaca. Ahí estaban Pajares y Esteso, y los cines llenos para verlos, y la gente riéndose sin parar entre plazo y plazo del R5.

Pilar Miró, desde su púlpito de intelectual orgánica del PSOE ochentero, dijo de él que hacía cine “para fontaneros”. La misma Pilar Miró que fue condenada por malversar 24.000 euros del erario en vestuario de lujo mientras dirigía RTVE. Socialismo de boutique y abrigos de astracán con cargo al pueblo, ese al que tanto “cuidaba” intelectualmente mientras se creía Simone de Beauvoir en una España de Escopeta nacional. Le faltó decir “fontaneros sin conciencia de clase”, como si el pueblo no tuviera derecho a reírse sin pasar por el filtro del Ministerio de Cultura. Pocas cosas han cambiado en los últimos treinta años.

Los tiempos de Ozores han vuelto. Pero con ministros en vez de humoristas. En lugar de rodar en El Escorial, ahora se suben filtraciones de mensajes chuscos, relatos de fiestas locas en Paradores; en vez de gestionar el país, se tiran copas de vino a la pared en calzoncillos. En cada nuevo escándalo hay una escena de Mariano Ozores con su hermano, Antonio, explicándose como solo él sabía hacer. Tenemos escenas con coca, furgonetas de prostíbulos, ladrones de cobre, Volvos que se regalan a políticos, apagones en los que la gente se va a tomar cañas, y ciudadanos que hacen coreografías de zumba en las averías de los trenes. Hay “sobrinas” colocadas en empresas públicas con currículums presentados con fotografías de lencería. ¡Hasta hay escenas que suceden en la muy desarrollista y tecnocrática Torre de Madrid! Solo falta la banda sonora dabadaba y Esteso y Pajares saliendo del bingo diciendo aquello de: “¡Qué noche, don Amadeo, qué noche!”.

Mariano Ozores era consciente del material con el que trabajaba. Sabía que lo suyo era carne de cine de barrio y videoclub, no de filmoteca. Pero también sabía, como los buenos narradores, que el humor es un lenguaje de los que duelen, y que, a veces, una mala película dice más de un país que un tratado universitario de sociología o de historia.

Hacía cine para fontaneros porque él también lo era. De los que, entre un grifo y un gag, aprendieron a hacer reír a un país que braceaba con todas sus fuerzas para poder mantenerse a flote.

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