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TRIBUNA

Clausura de la primavera

martes 27 de mayo de 2025, 20:00h

Para quienes no somos amantes fervorosos del verano y las altas temperaturas en general, estos días suponen un peculiar duelo por los magníficos que ya se fueron, ambiguos y divertidos en el disgusto infantil que provocaban en los demás, ese otro bando que parece no comprender que la vida humana no es compatible con cifras que se coloquen por encima de los treinta grados. Por ese motivo hay que reivindicar las estaciones intermedias, de la misma manera que nos consolamos con los periodos en los que nadamos de la orilla de la euforia a la del desaliento, creyéndolos un mero trámite pero realmente siendo los más dichosos una vez son accionados por la memoria.

No obstante, la primavera no puede disfrutarse en su casquivana plenitud si uno se ha acostumbrado a los matices más oscuros, más tranquilos también por el regodeo introspectivo que hace proliferar, pero que acaba volviéndose una trampa para los sentidos. Es la veta de carácter que más acentuada queda en el soliloquio lírico de Perséfone, de Yannis Ritsos, llegado recientemente a las librerías, al igual que las anteriores entregas, con la traducción de Selma Ancira, y también repitiendo esa sensación, ya leída en los personajes mitológicos previos, de inmovilidad por el peso de su castigo o su vivencia, pero en este caso más apegada al disfrute oscuro que mencionaba líneas más arriba.

‘Aquí no aguanto;/ hay demasiada luz – me enferma – es desnudadora,/ es impenetrable,/ todo lo exhibe y todo lo oculta; cambia sin cesar – no llegas; cambias;/ sientes el tiempo que huye – un desplazamiento incesante, extenuante’. Son las palabras con las que comienza su afrenta al exceso de luz y paisaje del mundo, una y otro más atenuados en sus recuerdos, pues parece dispuesta a reconocer lo inmensamente feliz que fue antes del rapto, pero cuando sucedió nada le pudo seducir más que el sentirse poseedora y reivindicar su lugar en el inframundo, compadeciéndose con ironía del miedo que se le presupondría por lo trágico que el destino le tenía preparado —nada más lejos— y amando y reconociendo cada uno de los seres y la dedicación que ponen en sus cometidos, e igualmente refinado es su gesto al colocar asfódelos, margaritas, menta, entre el pelaje áspero de Cerbero.

La Perséfone de Ritsos es una de sus figuras femeninas más poderosas. Elige la sombra porque en ella se sabe reina, y distingue la servidumbre de lo terrenal como aquellos que perciben la debilidad en el fuerte, siendo su caso el de alguien eternamente encadenado al vergel subterráneo, retenida en él porque ha aprendido a rechazar el brillo de cuchillo que reverbera sobre el mar, sobre las paredes, sobre los cuchicheos y mundos más recónditos y pasionales de los criados.

De este modo, se da por terminada la celebración de la primavera y se va cegando todo a lo que alguna vez consiguió poner un poco de su fulgor, a lo que se asomó por su apariencia sencilla y apacible, a pesar de que debajo siguieran moviéndose las sombras, de que la vida continuase y la muerte se acabara volviendo ‘nuestro yo más certero’. Se pide, entonces, que se cierren las cortinas. Uno debe acostumbrarse a lo que no se oye. Uno debe esperar a que sus horas, como un cesto de flores preparadas, emanen todo su olor y después se sequen.

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