Aprovechar la agónica influencia, la última autoridad que sobre el siglo XXI tiene el barroco… Esa podría ser una misión para apartarnos, con cualquier pretexto musical o escénico, de la actualidad tan vulgar. Los amigos del arte, del vértigo estético, del latido que une siglos y culturas nos reunimos desaforados y atraídos por la órbita del Teatro Real de Madrid en un tempo que nos provoca un estremecimiento del alma, en los momentos sublúcidos en que se aplastan contra el sosiego humano los gritos estentóreos de este frenesí destructivo. Y llevados por el espejuelo del exotismo y la posada del peine del optimismo, nos refugiamos en el coliseo madrileño como si de un búnker se tratara: al fresco de las ideas. La celebración, en estos días finales de mayo de 2025, de la fiesta de la música ha supuesto el escenario de una revolución, un torbellino de pasiones que ha fundido el oro puro del barroco con el pulso eléctrico de la urbe. Las Indias galantes, esa ópera-ballet con la que Jean-Philippe Rameau soñó un mundo exótico en 1735, ha renacido en la capital española bajo la batuta magistral de Leonardo García-Alarcón y la visión coreográfica, vibrante y audaz de Bintou Dembélé. Una producción que, por qué no decirlo, ha cuestionado muchas miradas melómanas.
Rameau, arquitecto sonoro del XVIII, imaginó en Les Indes galantes un viaje por tierras lejanas —Turquía, Persia, América, las Indias— teñido de un exotismo que hoy, con la lupa del presente, revela los claroscuros del colonialismo. Esta propuesta del Teatro Real, nacida en la Ópera de París en 2019 y que ahora ha recalado en Madrid, no elude esa sombra: la asume, la deconstruye y la transforma en un canto a la diversidad, a la libertad, al cuerpo que danza sin cadenas. Bintou Dembélé, coreógrafa franco-senegalesa de pulso indómito, toma la partitura de Rameau y la sacude con la fuerza del hip-hop, el krump y el voguing. Sus bailarines, al frente de la compañía Rualité, no solo danzan: dialogan con la historia, la interpelan, la hacen suya. La dirección artística de Dembélé, en complicidad con Clément Cogitore, convierte los tableaux de Rameau en un fresco contemporáneo, un lienzo donde lo barroco y lo urbano se abrazan. Aquí no hay exotismo academicista, sino una mirada poscolonial y queer que reivindica la pluralidad. Los cuerpos en escena, diversos y magnéticos, narran historias de amor y resistencia con un lenguaje que trasciende el tiempo. ¿No es esto, acaso, la esencia del arte? Rameau conoció sin duda el misterio íntimo de estas Indias galantes, el exceso de la guerra en la selva virgen y los pavorosos efectos sobre la vida del buen salvaje, y su frecuentación musical hoy tiene para nosotros el nimbo secreto de que tal vez fue un visionario, un músico políticamente prematuro.
Al frente, Leonardo García-Alarcón, el alquimista del sonido, el demiurgo de la batuta que dirige la Cappella Mediterranea e insufla vida a la partitura de Rameau. Su dirección es un prodigio de equilibrio: respeta la filigrana barroca, sus arabescos melódicos, sus ritmos que laten con la urgencia de un corazón enamorado, pero también los dota de una energía que resuena con la calle, con el asfalto, con cristales rotos y pavimentos sucios. García-Alarcón no solo dirige: conversa con Dembélé, con los bailarines, con el público. Su orquesta es un puente entre dos mundos, donde el violín barroco y el beat del hip-hop se encuentran y se enamoran. Aunque a muchos no les haya convencido el maridaje.
La música de Rameau, con su exuberancia y su delicadeza, encuentra en esta producción un eco visual que multiplica su poder. Los ritmos urbanos de Dembélé elevan la partitura, la llevan a un terreno nuevo en un diálogo escénico que nos recuerda que el arte, cuando es valiente, no envejece. Porque Les Indes galantes en el Teatro Real han sido un vendaval de emociones, una fusión de la opulencia barroca con la rebeldía de la danza callejera y un manifiesto por la celebración de la diversidad, una invitación a repensar el mundo.
Esta producción ya es un hito en la temporada 2024-2025 del Teatro Real, un templo que no teme abrir sus puertas a la experimentación, a la renovación, al riesgo. Leonardo García-Alarcón y Bintou Dembélé han tejido un tapiz donde el barroco y la modernidad se funden en un abrazo apasionado. Han demostrado que Rameau, con su genialidad intemporal, puede hablarle a un mundo que baila al ritmo del hip-hop. Han probado que el arte, cuando es valiente, no solo entretiene: transforma. Déjense seducir por la programación de un coliseo que late con fuerza, lejos del torbellino tóxico de la actualidad política, concediendo la importancia que tiene a su magnífico contagio amoroso, a su estilo mixto, alumbrado ya por este tándem que ha puesto en escena la pura poesía, gracias al torbellino brillantemente juvenil de sus bailarines. Porque, como decía Cervantes, “el alma no se cansa de ver cosas nuevas”. Y esta Les Indes galantes es, sin duda, una de ellas.