“Que todo lo que no es tradición, es plagio” (Eugenio D´Ors)
Agapito Maestre ha vivido la mayor parte de su vida entre los muros de una Academia de la que constantemente se le trató de expulsar, negándosele por todos los medios la condición de catedrático, ejercida durante largo tiempo en la universidad de Almería. Por su parte es de agradecer que jamás llevara dentro esa academia. No creo exagerar si digo que la universidad – la educación en general – es una de las instituciones más corruptas de nuestro tiempo y esto es situarla en una extremada posición, habida cuenta del pantano en que vivimos. El tribunal que le otorgó su cátedra almeriense estuvo presidido por Gustavo Bueno y el título de ese reconocimiento no puede arrebatársele: puede usurparse la condición de catedrático, no la de filósofo.
Aquella desposesión le obligó a escribir mucho al amparo de los medios de comunicación. Forzado inicialmente por las circunstancias, desbordó pronto los límites de una academia encanallada. Su escritura se armó en la prensa escrita y en la radio y se afiló en la vida diaria alcanzando una precisión real, frente a la espesura que caracteriza el estilo romo de los profesores.
Como escribe bien y tiene un pensamiento articulado en décadas de intenso trabajo se ha ido haciendo numerosos enemigos en este solar del resentimiento en que se ha convertido España. Éste ha sido el objeto preferente, casi exclusivo, de su tarea: España. Lejos de la vana erudición de la filosofía universitaria, que se redujo a la traducción y el comentario de obras de importación a menudo irrelevantes. A partir del Frankfurt heredero de Adorno y Horkheimer fue reconociendo las costuras mal cosidas del discurso de la nueva ilustración germánica. Volcado sobre España, hay pocos que puedan hoy hablar con su autoridad de la tradición filosófica en nuestra lengua. De ahí la importancia de atender a sus palabras cuando se trata de la filosofía española de los siglos XX y XXI.
Agapito afirma con poderosas razones que la filosofía en español cursa en formas narrativas y dramáticas. En lugar de un constante progreso de los fenómenos a las esencias y el consiguiente regreso de las esencias a los fenómenos, la filosofía en español dibuja fenómenos preñados de significado, ideas inmediatamente incorporadas, argumentos que cobran vida en figuras históricas y literarias. La síntesis hispana de vida y filosofía previene de graves riesgos porque “barberie y especulación van más unidas de lo que creemos a lo largo de la historia de la filosofía”. Dos caras de la misma moneda, nada más bárbaro que la razón absoluta capaz de negar realidad a todo lo que su abrazo mortal no alcanza.
Por su parte, los teóricos de la racionalidad abstracta juzgarán insustancial la simple conversación que es – sostiene el autor – el método de la filosofía. Lo mejor de la obra de Ortega, por ejemplo, se encuentra en la “charla cálida” que tiene su prosa. Es necesario acompañar a Agapito en su esfuerzo por “seguir esa charla y olvidar que la filosofía es una ciencia sistemática”. Por lo demás, es una charla que se mete en todo, sin ciencia de nada, pero no sin orden constructivo. Se trata, en cualquier caso, de una actividad que no culmina en obra: tarea infinita.
El recorrido que nos presenta este libro tiene además la virtud de poner en su sitio nuestra memoria resentida y selectiva. Cuando rememora el valor de la obra de Segundo Serrano Poncela, no olvida su firma en la sentencia atroz de los asesinados en Paracuellos, como no olvida su relación con el oscuro juez Enjuto que legalizó el crimen contra José Antonio. Reitera la relación compleja de María Zambrano con el inquietante director general de seguridad Manuel Muñoz Martínez, magníficamente novelada por Aquilino Duque, otro nombre grande que soporta el estigma de los malditos.
Agapito trata de traer al presente la memoria toda o de dejar descansar a todos nuestros muertos, abomina con justicia de las leyes partidarias de memoria histórica y democrática y se empeña en recordar el exilio del 39, pero también el del 36, el exilio exterior pero también el interior e ilumina – como dijera Julián Marías – la vegetación del páramo en que presuntamente se habría convertido el paisaje filosófico español. Aquel páramo se nos antoja la Atenas clásica en comparación con la abundante vegetación actual: de plástico y cartón piedra. Tras esa basculación del 36 al 39, del exterior al interior, del páramo al vergel, tras el descubrimiento de España desde fuera por parte de muchos exiliados se encuentra la condición de una España que está en el mundo y no en España: esa es la raíz de tan aparente paradoja.
El horizonte de este libro pudiera resumirse en la reconstrucción de la continuidad traicionada de la filosofía española. La figura que mejor ejemplifica esa traición, hasta haber hecho de la misma el principio de una ética de la infidelidad, es la de José Luis López Aranguren. Es la figura visible de una tradición fallida que Agapito trata de restaurar, buscando anudar su sucesión más allá de la descomposición cultural a la que la ruptura ha dado lugar. Aranguren, el discípulo aventajado de Eugenio D´Ors y el crítico inclemente de ese mismo magisterio, es el signo de una filosofía incapaz de sobreponerse a la circunstancia catastrófica de nuestro siglo XX. Franquistas antifranquistas, demócratas de salón y una columna vencida de nombres silenciados por las partes que repugnan su cordial conciliación. Manuel Granell, Joaquín Xirau, Manuel García Morente, Eugenio D´Ors, pero también a través de la distorsión que produjo la catástrofe Marcelino Menéndez Pelayo, hasta la impugnación desastrosa de toda la obra intelectual española: pongamos por caso a Arias Montano o al padre Sigüenza.
Señala Calicles en los primeros pasos de nuestra tradición filosófica que el joven dedicado a la filosofía es visto con curiosidad, pero que semejante actividad es “indigna de un hombre maduro”. Agapito no encontrará muchos lectores, no sólo porque se ha empeñado en la filosofía a una edad impropia, sino también porque ya nadie encuentra lectores en el actual desprecio de los saberes tradicionales cuyo nervio es la filosofía. Ese desprecio es efecto de la gran transformación industrial de las formas de vida que conlleva la apoteosis de lo que suele llamarse “la ciencia”. A este marco amplio se añaden en España precisiones características de nuestra historia propia. La sociedad española se enfanga en una miseria moral sin parangón, efecto de la deslealtad hacia su propia tradición. Quiero creer que Agapito tiene lectores bastantes para formar la pequeña grey (Gallegos Rocafull) capaz de resistir la descomposición antropológica y moral que nos acomete, empezando por alzar una barrera ante la tiránica política de nuestra democracia.
Tiene, sin duda, la virtud de reanimar el pulso de nuestro discurso público, elevar la calidad de las palabras, despertar información dormida por décadas de inercia biempensante: de remover la calma bovina de una sociedad careada por gañanes a sueldo de parte.