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Ensayo

Rafael Argullol: El Quattrocento

domingo 08 de junio de 2025, 23:26h
Rafael Argullol: El Quattrocento

Acantilado. Barcelona, 2025. 192 páginas. 14 €.

Por David Lorenzo Cardiel

Si la caída del Imperio Romano de Occidente no fue abrupta, sino paulatina y sincrética con las costumbres de los nuevos pobladores, la recuperación de buena parte del acervo clásico también fue gradual. Las guerras y conflictos que afectaron a Europa desde los siglos V al XIV recluyeron la profusión de las artes intelectuales a la custodia monástica, de reyes y de señores feudales con cierta sensibilidad cultural. No obstante, las traducciones árabes de obras escogidas del profuso acervo grecolatino que no eran contrarias a su fe, como fue el caso de Platón y Aristóteles, entre otros, permitieron el rescate de algunas de las ideas principales de la época clásica, un corpus que se enriqueció considerablemente cuando eruditos como el romano bizantino Manuel Crisoloras trasladaron el mayor volumen posible de las obras que custodiaba el tambaleante Imperio Romano de Oriente.

Aquel cóctel sacudió algunas de las orgullosas ciudades en Italia, como Florencia y Bolonia, dos de los grandes focos de estudio y conocimiento. Lentamente, la custodia eclesiástica del saber fue abriéndose a un contexto cada vez más laico, donde universidades, escuelas artísticas y círculos de filosofía fueron expandiéndose durante doscientos años. El resultado de la confluencia de ese caldo de cultivo cultural, junto con la enseñanza y el legado de los estudiosos bizantinos (que deseaban rescatar la huella cultural de la Roma oriental antes de que llegase su inevitable final) y el determinante trabajo de traducción que realizaron en la Península Ibérica las escuelas de traductores de Toledo y de Calatayud permitió dos cosas: una, un despertar cultural que aceleró hasta lo que hoy hemos catalogado como el Renacimiento; dos, el apuntalamiento de la idea de una Europa bajo herencia grecolatina, una continuidad de la Roma caída siglos atrás que se había demostrado imposible de restaurar por el camino de las armas en la disputa eterna de los reinos europeos, pero que sí seguía palpitando en el conocimiento y en la cultura.

El inicio del Renacimiento italiano fue el Quattrocento, un periodo que se suele calcular alrededor de un siglo desde 1350. Con la inteligencia desmedida y la brillantez habituales, Rafael Argullol, uno de nuestros más queridos eruditos patrios, explica los aspectos más importantes de este interesante periodo en su nueva propuesta, El «Quattrocento». Arte y cultura del Renacimiento italiano, publicada con exquisitez por Acantilado. Adelanto al lector desde este instante que leer a Argullol es adentrarse en una experiencia de frescura intelectual. Con ideas claras y una prosa muy apta para todos los públicos, el escritor y profesor catalán es capaz de introducir al lector en un afable paseo –sin contratiempos­– por el terremoto que supuso a los estudiosos medievales italianos sufrir una segunda helenización, también en el sentido etimológico de la palabra (hablar griego sin ser nativo). El Quattrocento fue efervescencia, debate, realización; un proceso complejo que configuró el futuro de la filosofía, las ciencias naturales, la música, la escultura, la pintura, la arquitectura y las demás ramas de la creación intelectual humana, pero que también supuso un despertar político. «Roma» ya no fue una idea olvidada, sino latente en el corazón de cada uno de sus descendientes culturales, y la noción de una Europa unida ya no sería jamás el sueño de algún loco.

Y pese a la división occidental, llevada casi al extremo en el contexto de la balcanización en microestados península italiana de aquella época, la amenaza de las invasiones norteafricanas y otomanas, y la pujanza de los reinos cristianos en expansión, como el Sacro Imperio, Francia, Aragón o, en el propio corazón del Lacio, la hegemonía papal, el Quattrocento, conforme lo explica Argullol, fue un periodo de esperanza y vigor intelectivo que dio lugar al casi imparable despertar que culminó, siglos después, con la Ilustración.

En cualquier caso, la influencia religiosa en las artes y las ciencias comenzó a tomar distancia según se descubrían nuevos autores y planteamientos precristianos. No obstante, apenas ha llegado a nuestros días un porcentaje testimonial del volumen estimado de obras que circuló antes del colapso de la Roma occidental. Es legítimo que nos preguntemos cuánto trabajo interesante y trascendente hemos perdido para el diálogo sin fin que es la cultura, atemporal y mansa para el espíritu.

El «Quattrocento» es, en definitiva, uno de esos libros excelentes, lúcidos y preciosos, en tanto que preciados, que ningún lector debería perderse. Aparece, además, la firma del Argullol exquisito, el sabio profesor, en una conferencia larga y fértil que nos es ofrecida a cada uno de nosotros en su esfuerzo por ilustrar nuestra época de ensimismamiento con las pantallas y virtudes despistadas. Edita, como ya he mencionado, el sello barcelonés Acantilado, en tapa blanda y en un formato muy manejable, de grata lectura, en su magnífico buen hacer habitual. No se pierdan esta joya.

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