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¿A quién debemos los atentados de Bombay?

Luis de la Corte Ibáñez
miércoles 03 de diciembre de 2008, 22:16h
188 víctimas mortales, más de 300 heridos, multitud de edificios públicos y privados destrozados, barrios enteros afectados como por el paso de un temporal de metralla, otra gran urbe cosmopolita atemorizada, una nueva crisis política y de autoridad en la India (inmensa potencia emergente abrumada de conflictos étnicos y religiosos y acechada por insurgencias internas diversas), dos potencias nucleares que recuperan la tensión mientras sus fuerzas armadas y sus organismos de inteligencia rediseñan eventuales planes para el control de sus fronteras compartidas, un muy probable soplo de renovado optimismo extendido entre la comunidad transnacional de individuos que configuran el movimiento yihadista global, una sociedad internacional cuyos ciudadanos y organismos de seguridad se interrogan sobre la posibilidad de que el infierno urbano vislumbrado en pantallas de plasma se reproduzca en sus propios países, en sus mismas ciudades… En verdad no es fácil realizar una enumeración exhaustiva de los efectos inmediatamente desencadenados por la espectacular y letal operación terrorista desencadenada en Bombay la semana pasada. Por su parte, las consecuencias a medio y largo plazo aún son más difíciles de elucidar.

¿Quiénes son los responsables últimos de los atentados de Bombay? Esa es la gran pregunta de estos días que nadie puede responder aún a ciencia cierta. Nadie da crédito a la reivindicación manifestada por un desconocido grupo denominado Deccan Muyahidin, etiqueta diseñada para sugerir una autoría yihadista y al mismo tiempo autóctona. Los apoyos más fiables de los que se disponen para resolver la incógnita proceden de los propios acontecimientos, del mortal, complejo y perfectamente sincronizado despliegue operativo realizado por los asaltantes en su recorrido a través de diez blancos físicos distintos. Una sofisticada combinación de casi todos los métodos de acción terrorista conocidos hasta la fecha, a excepción de los atentados suicidas. Llaman la atención las escasas restricciones morales contempladas por los terroristas a la hora de producir muertes inocentes, así como su interés por otorgar cierta prioridad a la victimización de ciudadanos occidentales. Con mayores reservas pueden tomarse en cuenta los primeros hallazgos filtrados por las autoridades indias: el presunto reconocimiento por parte del único terrorista capturado vivo de su pertenencia a la organización yihadista y nacionalista pakistaní Laskhar e Toiba, el supuesto origen pakistaní del resto de los asesinos, así como de la propia operación. Finalmente han circulado rumores de diverso tipo: que si algún testigo oyó hablar en indi a varios de los terroristas, que si entre éstos figuraron algunos ciudadanos británicos, que si el conjunto de individuos implicados en la operación sobrepasaría el número de los diez sujetos identificados por las fuerzas de seguridad indias (en el barco con el que se aproximaron a Bombay se han encontrado quince equipos y no diez), que sí varios miembros del mismo comando podrían permanecer aún ocultos en Bombay, a la espera de iniciar nuevos atentados.

La combinación de la anterior base de informaciones dispersas con el amplio conocimiento disponible sobre la actividad terrorista desplegada en la India y en el resto de Asia durante los últimos años arroja varias conjeturas dignas de consideración. Los analistas han examinado desde el primer día la viabilidad de tres autorías alternativas, o acaso complementarias, a saber: una autoría pakistaní, como insisten los responsables políticos indios y cuestionan los pakistaníes, una autoría interna a la India y, en último lugar, una autoría vinculada al núcleo central de Al Qaida. Comencemos por evaluar esta última posibilidad. Los argumentos más sólidos empleados para apoyar la tesis de Al Qaida aluden a la alta sofisticación y complejidad de los atentados de la que, como mínimo, debe inferirse un amplio respaldo táctico, técnico, logístico y incluso financiero, la elección de una ciudad y unos edificios con alto valor simbólico y la prioridad otorgada a la producción de bajas occidentales, rasgo verdaderamente novedoso en los atentados perpetrados en la India por grupos yihadistas y de otra condición ideológica). No obstante, cierta prensa ha convertido la etiqueta Al Qaida en un argumento comodín para ofrecer interpretaciones de urgencia para cualquier atentado al que se suponga una orientación islamista. En este sentido conviene recordar que el terrorismo islamista no se reduce a Al Qaida, ni de lejos, y mucho menos en la India, donde precisamente no existe rastro que atestigüe o sugiera la presencia de ninguna infraestructura terrorista bajo control directo de la organización liderada por Osama Bin Laden. Otros han advertido que la ausencia de suicidas entre los terroristas no es coherente con el modus operandi de Al Qaida.

En contraste con la anterior, la segunda hipótesis apunta a algún grupo yihadista autóctono y no faltan algunos candidatos dignos de atención. Es el caso de los Muyahidines Indios, emparentados con el anterior Movimiento Estudiantil Islámico de la India que fue prohibido en 2002 por su implicación en diversos atentados. Los Muyahidines Indios están en activo desde finales de 2007 y han protagonizado varios ataques terroristas mediante el procedimiento de explosiones sincronizadas. Hace dos meses sus portavoces amenazaron en un comunicado con cometer futuros atentados mortales contra la población de Bombay Otra razón para vincular a este grupo con los atentados ocurridos en la gran urbe india deriva de la inevitable necesidad de que sus ejecutores directos contaran con el apoyo y el trabajo de individuos residentes en la ciudad para planificar y preparar sus acciones en una serie de escenarios con los que parecían perfectamente familiarizados. Pese a todo, el motivo principal que ha orientado hasta ahora la violencia de los Muyahidines Indios ha sido local y está relacionado con la defensa de la comunidad musulmana de la India, lo cual no encaja con la búsqueda de blancos occidentales. Asimismo, los expertos no se ponen de acuerdo sobre si los Muyahidines Indios disponen de la infraestructura, los recursos y la experiencia de combate necesarios como para provocar una masacre de la magnitud conocida hace una semana en Bombay.

En tercer lugar, queda en pie la tesis sobre la posible autoría pakistaní, aunque no falten algunos elementos de confusión. Como la prensa ha argumentado hasta la saciedad, al hablar de una operación terrorista realizada en la India los candidatos pakistaníes se encuentran entre aquellos grupos terroristas a un tiempo nacionalistas y yihadistas que han ejercido la violencia con el fin de “liberar” Cachemira de la “opresión” del enemigo indio, principalmente Jaish e Mohamed y, sobre todo, dados los testimonios y declaraciones ya conocidas, Lahskar e Toiba. Es verdad que las autoridades indias tienen la costumbre un tanto irreflexiva de acusar a estos grupos de casi cualquier atentado cometido en la India e interpretarlos como una maniobra del estamento militar pakistaní y de su gobierno o de sus servicios de inteligencia. Y es igualmente cierto que a las pocas horas de conocerse la operación terrorista de Bombay un portavoz de Lahskar e Toiba se apresuró a rechazar toda responsabilidad de su organización. No obstante, la acusación india a dicho grupo y la supuesta autoinculpación de Ajmal Amir Kamal, el único terrorista capturado vivo, van ganando credibilidad con el paso de los días. Al parecer, Ajmal, presuntamente originario del Punjab, provincia pakistaní donde Lahskar e Toiba tienen una amplia influencia, reconoció en sus declaraciones que todo el comando habría sido entrenado para la operación por el citado grupo terrorista. Pero esta no es la única supuesta evidencia congruente con la autoría de Lahskar e Toiba. Hablamos de una organización con larga militancia, apoyo militar y logístico aportado por el ejército y la inteligencia pakistaníes y amplio respaldo financiero recibido de Pakistán, el Golfo Pérsico, el Reino Unido y de fundaciones islamistas de todo el mundo. Sus miembros acumulan una prolongada e intensa experiencia terrorista desde principios de los años noventa del siglo pasado, incluyéndose entre ellos un cierto número de veteranos que lucharon contra la ocupación soviética de Afganistán. Los terroristas de este grupo cuentan con antecedentes en la práctica de atentados orientados a producir bajas masivas. Por otra parte, aunque la prensa ha insistido con razón en las novedades operativas practicadas en Bombay, lo cierto es que el empleo de comandos equipados con armas automáticas o semiautomáticas y granadas para realizar asaltos urbanos frontales dirigidos contra las fuerzas de seguridad y la población civil a fin de engendrar conmoción y caos no es un método desconocido en la India. Por el contrario, esta modalidad de ataques fue extensivamente utilizada en la Cachemira india por parte de diversos grupos pakistaníes entre los años 1999 y 2003, en especial por Lahskar e Toiba, lo que daría lugar a varias confrontaciones que se prolongaron entre uno y varios días. Asimismo un periódico local ha informado estos días que hace ya un año los servicios de inteligencia indios advirtieron a las autoridades haber recabado indicios que atestiguaban el deseo de Lahskar e Toiba de atentar contra hoteles de lujo en Bombay. Por último, varios servicios de inteligencia además del indio (por ejemplo el ruso y el estadounidense) conceden plena credibilidad a la autoría de la organización pakistaní.

Pese a todo, la búsqueda deliberada de víctimas occidentales suscita algunas dudas pues no es una práctica común a los atentados perpetrados por Lahskar e Toiba dentro de la India, aunque no es infrecuente cuando sus miembros operan en Pakistán o Afganistán. En suma, la internacionalización de blancos en los atentados de Bombay constituye un enigma que, en primera instancia, apunta a cierta posible influencia de Al Qaida sobre los perpetradores de los atentados, ya sea en términos de mera inspiración ideológica y estratégica, o bien mediante alguna forma de apoyo real. A fin de cuentas, la afinidad doctrinal y la cooperación operativa y logística entre la organización de Bin Laden y Lahskar e Toiba están abundantemente acreditadas. Para cerrar el círculo, tampoco hay que descartar la posible coparticipación en los atentados de otros grupos islamistas asiáticos (indios o no) cuyos líderes no encuentren ninguna contradicción entre perseguir sus objetivos locales y contribuir al mismo tiempo a desarrollar el proyecto de una yihad a escala global.

Ciertamente, la obtención de pruebas definitivas que permitan dilucidar cual de las hipótesis previamente expuestas resulta más veraz puede demorarse semanas, meses o años. No obstante, sin necesidad de aguardar a ninguna otra información, estamos en disposición de afirmar que los atentados de Bombay, como antes los de Nueva York y Washington o los de Madrid, han marcado un nuevo punto de inflexión en la evolución del terrorismo contemporáneo.
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