Durmiendo con su enemigo
miércoles 03 de diciembre de 2008, 22:20h
María del Rosario Peso siempre tuvo mala suerte con los hombres. Al menos, así lo declaraba ante las cámaras de televisión una de sus vecinas de la localidad pontevedresa de Ponte Caldelas, horas después de que Rosario fuera asesinada por el hombre con quien hacía años que mantenía una relación que me cuesta calificar de sentimental o amorosa. Contaba la vecina que a Rosario se le murió el primer marido y que el segundo la abandonó, una vez que se aseguró de que ya no quedaba más dinero que sacar de las cuentas de la mujer.
Con el tercero, Maximino Couto, llevaba ya varios años, a pesar de que estaban físicamente separados desde que en 2006 él ingresara en la prisión de A Lama para cumplir la condena impuesta por las amenazas y palizas que propinaba a su ex mujer y a sus propios hijos. Rosario era la única que iba a verle a prisión y cuando tenía permisos, como el del pasado fin de semana, le recogía y pasaban juntos el tiempo disponible. Además, ya quedaba poco para que volviera a casa definitivamente porque el 19 de diciembre era la fecha de su puesta en libertad. Pero aunque faltaban sólo unos días, a Rosario el tiempo le debía pasar despacio, ya que, unos días antes, pidió al director de la prisión que a Maximino le fuera otorgado el tercer grado e incluso se quejó de que a su hombre le trataban con más dureza que a otros presos.
El pasado fin de semana Maximino disfrutaba de un permiso carcelario de tres días, otorgado, precisamente, según fuentes penitenciarias, para que pudiese ir preparando su vuelta a la vida en libertad. Por desgracia, está claro que sus intenciones eran otras y la primera victima de su sangrienta venganza fue su novia, masacrada brutalmente con un pico de obra, quizás, por tratar de convencer al hombre para que dejara de una vez en paz a su ex mujer. El error de llevar la contraria a un tipo como él, huraño, asocial y agresivo, y de no salir corriendo lo más lejos posible le costó la vida que se andaba jugando desde que decidió unir su destino a quien ya había sido condenado por agredir y amenazar de muerte a otra mujer, Herminia, la madre de sus hijos. ¿Qué es lo que llevó a Rosario a dejar a su propia familia para volcarse de lleno en tan peligrosa relación? Todos sabemos que el amor es un sentimiento injusto, que nunca premia a los buenos ni castiga a los malos, pero aún así, me resisto a creer que se tratara de amor.
Rosario era, más bien, una salvadora y, por eso, no salió corriendo ni el día de su muerte ni antes, cuando escuchó frases como “por ti voy a cambiar” o “a partir de ahora todo va a ir bien”, que en el caso de los maltratadores suelen ser sólo un momento de tregua hasta la siguiente vez que el alcohol, la ira y la más pura maldad se vuelven a mezclar con la sangre de la mujer a la que tienen sometida. Preocupada por redimir al hombre, Rosario no quiso o no pudo ver al monstruo que tenía a su lado. El caso es que da mucho que pensar que mientras una mujer estaba viviendo bajo el terror y la amenaza de muerte de un maltratador con orden de alejamiento, otra suplicara por su liberación. A la primera, sólo la suerte la salvó, ya que, aunque el sofisticado dispositivo avisó de que su verdugo violaba la orden de alejamiento, parece que nadie prestó atención a la alarma. A la segunda, como advertía su vecina, la suerte, una vez más, no la acompañó.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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