El teniente general del Ejército ruso Alexander Zorin espera cerca de la frontera con Ucrania, con varios convoyes de camiones frigoríficos en los que reposan más de seis mil cadáveres de soldados ucranianos muertos en combate, a que las autoridades ucranianas acojan esos restos de compatriotas, a fin de que den a cada soldado muerto las honras fúnebres propias de un cristiano eslavo y de quien ha entregado la vida por su país. Si honrar a los muertos es un deber de todo el mundo cristiano, y que el texto bíblico de Tobías enfatiza, cuando se trata de un muerto eslavo, ruso o ucraniano, por ejemplo, las exequias cobran todavía mayor relieve. Recuerdo cuando de adolescente leí la gran epopeya rusa del siglo XX, El Don Apacible, del gran escritor ruso y Premio Nóbel, Mijail Shólojov, me llamó la atención que entre los cosacos, rusos y ucranianos, se bañase y perfumase con aceites al cadáver antes de su exposición ante los amigos y familiares. Sin duda es una costumbre del cristianismo oriental que ya vemos entre los griegos de la Grecia Clásica y que Homero tan bien describe en la muerte de Héctor, bañado y perfumado por sus propios enemigos cuando el misericordioso Aquiles entrega el cuerpo a Príamo. Así, los epitafios a los soldados caídos por la patria se convirtieron pronto en un subgénero épico. Son particularmente famosos los epitafios de Simónides de Ceos, uno a los atenienses caídos en Maratón, y otro a los héroes lacedemonios de Las Termópilas: “¡Oh, extranjero!, anuncia a los lacedemonios que aquí yacemos habiendo obedecido sus leyes”.
Todos los que están muertos ya son inocentes del mundo de acá, seres sagrados que habitan en un mundo sagrado, y ello formaba parte de las “leyes no escritas” ( nómoi agraptaí ). Recordemos el mito de Antígona frente a su tiránico tío Creonte, padre de su único amor. Y ya en el mundo de la realidad nos acordamos de la ejecución de seis de los ocho generales atenienses – dos pudieron huir – que aunque triunfaron en Las Arginusas ( 406 a. C. ), al lado de la actual costa turca sobre la flota peloponesia, fueron arrojados al espantoso báratro por no haber recogido ni a los muertos ni a los supervivientes de las naves naufragadas por el combate, al haberse levantado una peligrosa galerna que podía acabar con la flota victoriosa. Los generales Aristócrates, Diomedonte, Pericles - ¡hijo de Aspasia y del gran Pericles!-, Erasínides, Protómaco, Trasilo, Lisias y Aristógenes habían preferido salvar a los vivos que recoger a los muertos para las honras fúnebres, y este “sacrilegio” los llevó a que todos fueran condenados a muerte, aunque dos pudieron escapar del verdugo democrático. La muerte exigía unos ritos que garantizasen que el muerto llegaba a su destino propio, y no se quedase chillando de horror y desconsuelo, en huérfana soledad eterna en las encrucijadas de las calles cuando el viento sopla como chillando en invierno. Por todo ello es raro que las autoridades ucranianas se retrasen en recoger los restos de hijos de la patria que se merecen sin duda un homenaje nacional por haber entregado su vida por esa misma patria. No me extrañaría que los laicistas países que forman la OTAN, que tienen sobre la muerte la versión vulgar y aplebeyada del gran Lucrecio, impidan que los ucranianos acojan los cuerpos de sus hermanos sin que una legión de forenses administre el salto al otro mundo de estos desgraciados jóvenes ucranianos. No me extraña porque si la patria tarda en acoger en su seno a sus heroicos hijos muertos, puede que cuando entren esa patria ya no exista, y no pueda agradecer a los soldados caídos su infinito amor de buenos hijos. Pues que no sería de extrañar que los países amigos de Ucrania destacen su territorio como carniceros, una vez vencida Ucrania, inevitablemente vencida. Acompaño imaginativamente en la distancia, quizás desde las torres de la hermosa ciudad de Przemysl, antiguo bastión del imperio austrohúngaro, en el sentimiento a los pobres familiares de esa juventud a la que ha matado la nación. Algo me dice, además, que una oración fúnebre pronunciada por Zelenski no sonaría a tragedia, sino a farsa, como dijo aquél. Sería un absurdo histórico, como aquel Mounier que, tras la toma de la Bastilla el 14 de julio, propuso el 16 de julio alzar una estatua a Luis XVI, que había venido de Versalles, en la plaza de la misma Bastilla demolida. Y la propuesta fue aprobada. La realidad histórica no corresponde jamás con las apariencias históricas. Los gobernantes más sensibles de Europa lloran los males que sufre el régimen corrompido de Zelenski, pero no derramarán ninguna lágrima por los cuerpos de los héroes ucranianos metidos en esos camiones frigoríficos.
A las puertas de Ucrania están sus muertos,
Esperando el abrazo de las madres.
Príamos quieren los huesos heroicos,
Congelados los Héctores esperan
Su hora de Campos Elíseos épicos,
Cuatrirrodante carreta yaciendo.
Todos llorando sin fin los aguardan,
Todos la pena sin freno levantan.
Las mujeres, los padres y los hijos,
Hermanos suben al cielo sollozos,
Que Ares la vida segó de muchísimos.
Testas hectóreas claman venganza
Sin las fúnebres honras coronadas.
Ucranianas Andrómacas lamentan
Con gemido sin fin el abandono,
Estas fúnebres honras no cumplidas.
Presos vivos prefiere el atamán
Que los muertos por patria consagrados,
Que los presos aún pueden morir
Luchando por corruptos intereses.
A los manes de muertos brindan muertos.
Que los perros de guerra por fin callen,
Desde Kamchatka a Cabo San Vicente.
Y que los muertos de unos y otros
Sean honrados y nunca olvidados.
Negarse a honrar a los caídos en combate, a enterrarlos piadosamente, merece perseguirse como delito de lesa patria. Esa insensibilidad de piel de puerco debe ser objeto del desprecio público. El gobierno ucraniano, tras haber pasado con creces su mandato sin la voluntad electoral, es un gobierno ilegal que trafica con la vida de sus súbditos, representa a los grandes especuladores y a intereses espoliadores extranjeros, sus opositores caen asesinados lejos incluso de Kiev, y ni siquiera tiene el decoro de enterrar a los ucranianos muertos que se les quiere entregar.