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TRIBUNA

Bajo una pretendida opresión totalitaria

lunes 16 de junio de 2025, 20:00h

“La política, ese juego sucio entre matones”…

Azorín


En un antológico poema, que el antipoeta Nicanor Parra tituló “Los vicios del mundo moderno”, escribe en el primer párrafo:

Los delincuentes modernos
Están autorizados para concurrir diariamente
a parques y jardines.
Provistos de poderosos anteojos y de relojes de bolsillo
Entran a saco en los kioskos favorecidos por la muerte
E instalan sus laboratorios entre los rosales en flor.
Desde allí controlan a fotógrafos y mendigos que deambulan por los alrededores
Procurando levantar un pequeño templo a la miseria…

Y sigue, sigue y sigue... Pero no solo algunos vicios nos alertan por lo que estamos viviendo y lo que puede venir, a esto se suman muchísimas otras cosas que hasta resultan terroríficas. Entre ellas las repeticiones de tantos disparates; algo que en la política argentina es descomunal.

Pues bien, el eterno retorno, aquel concepto filosófico, popularizado por Friedrich Nietzsche, que postula que todo lo que ha sucedido y está sucediendo en el universo se repetirá infinitamente, parece la única constante en esta desafortunada república del irrespeto. Tan es así que hasta los gobiernos de turno y la oposición lo hacen ahora con repetitivo empecinamiento a través las harto comunicacionales redes sociales; que postulan “más de lo mismo”. Siempre más.

Algo que significa que se sigue estafando a una ciudadanía que cada tanto se vuelve a esperanzar vanamente. No alcanza con el Congreso de la Nación y un grupo de legisladores dispuestos a embanderarse con el poder de turno; siempre, claro está, que se respeten sus permanentes y añejos privilegios junto con los altísimos sueldos que se adjudican. A ellos se han sumado ahora unas novicias muchachas que en la jerga futbolística se las llama “Botineras”, ahora con investiduras parlamentarias que les brindan un asiento como premio a lo sumado en la labor de demolición online. Resultando tan así que la distancia entre lo que se escribe en un Twitter y lo que se dice desde la banca ha desaparecido en este final de los tiempos que vivimos los vapuleados ciudadanos argentinos.

De tal modo que un agresivo lenguaje común se unifica sin respeto hacia todo lo que contenga una forma de pensamiento o una idea opuesta al poder de turno. Nadie propone la unidad y cualquier disparate que se vocifere desde el poder o de un asiento parlamentario es válido y asume en algunos casos la categoría de sagrado. La manera de descalificar al oponente, con un eufemismo desconcertante, se ha pasado a llamar “batalla cultural”, al insulto agresivo y descalificador que contenga una ofensa o un oprobio que sirve para golpear a lo que modestamente puede quedar de cultura; es decir, si por esto entendemos, en primer lugar, mostrar un respeto al prójimo, que es oponente, para escucharlo con educación, aun vacilando con dudas hacia los conceptos que pueda estar exponiendo.

Como se está viendo una causa judicial que pone al descubierto groseras irregularidades no es suficiente para encarcelar a probados corruptos que movilizan militantes de barrios que, por supuesto, no mueven a trabajadores comunes hartos de tanto teatro balconero. En la vereda de enfrente los que gobiernan pretende exhibirse como paradigma de la ética; y uno se pregunta qué ética. En este caso puntual con un presidente involucrado en una fabulosa estafa internacional. Por supuesto que ante tanta corruptela todo es válido en esta Viña del Señor y lo que viene se espera como sinónimo de peor, mucho peor, a lo anterior.

En la argentina libertaria, que poco o nada tiene de liberalismo y acaso mucho de anarquismo y prepotencia o, más concretamente, de autoritarismo, ya que impone -o pretende imponer- un modelo que se ajusta a la oscura dimensión de los profetas del odio, como en pasadas épocas los calificó el escritor Arturo Jauretche. Modelos de vendepatrias sin escrúpulos que ocupan cargos y se apropian del Estado y de las bancas parlamentarias para vociferar y ofender sin ningún freno. Tienen voz y voto, y la mayoría parece resignarse ante estos canallas. No hemos sido capaces de asimilar las lecciones de la historia ni de saldar las asignaturas pendientes con la democracia. También porque el “sálvese quien puede” es otro lema naturalizado desde hace odiosas épocas y ahora oscila entre el vicio y la locura para caracterizarlos sin eufemismos.

Todos conocemos lo que significó la dictadura militar y el avasallamiento a los derechos humanos; nadie ignora que fue una época de terror de la que muchos, quizá la mayoría, somos sobrevivientes, porque a la menor sombra de duda se hacía desaparecer o se asesinaba a un ciudadano. Por supuesto que nada se repite de la misma forma. No obstante, esta gente que gobierna, añora sin duda el autoritarismo de aquellos siniestros días.

Desde el gobierno y desde todos los poderes del Estado se reincide en dinámicas que no conocen límite de respeto hacia el rival, que es, cualquier hijo de bien nacido digno de respeto. Todo es, como se dice vulgarmente, de manual. La actualización que ahora aporta a ese sistema de convivencia pasa por las redes sociales. Donald Trump, Nayib Bukele y en nuestro caso el presidente Javier Milei, entre tantos otros, lo están escribiendo en tiempo real, con la colaboración de un batallón de poder que desde el anonimato digital aporta lo suyo a la fábrica de odio y a la consiguiente ficción que impunemente la alimenta.

Si nos remitimos al pasado inmediato, vemos que después de un año y medio de su gobierno, el contradictorio libertario no trajo los beneficios que esperaban sus votantes. Si bien exhibe la baja de la inflación es un hecho irrebatible; pero hay una explicación: sin los salarios no aumentan, el dinero de ninguna manera alcanza para abastecerse, y como consecuencia, en la misma dirección, escasea el trabajo, se come mal, se desprecia al pobre, y la impotencia y la melancolía se multiplican en lo burdo. Sin embargo, todavía no aparece el rechazo hacia estos supuestos salvadores de la Patria. Lo anterior fu espantoso y hay que tenerlo en cuenta. Por eso, la apuesta desesperada a Milei sigue latente.

En otra vereda la ya condenada doctora Kirchner representa un pasado al que la gente se niega a volver y no deja de reconocer que, si está presa por corrupta, debe pagar como cualquier otro ciudadano de a pie que delinque. Ahora bien, es probable que su tierra prometida no le alcance para desmentir que dejó de representar los intereses populares.

En la Argentina, la ignorancia y la frivolidad han invadido las provincias, los municipios y, como plato del postre, el Parlamento y los sindicatos. Y así, insultos y simplificaciones nos muestran el alto grado de violencia verbal y de una falta alarmante de la educación. El presidente, la mayoría de los funcionarios y los legisladores han logrado una banca como premio a una tarea de demolición vía internet.

Es tan así, que las distancias entre lo que se escribe en Twitter y lo que se dice desde cualquier organismo estatal o de las bancas parece haber desaparecido y un lenguaje común abarca a la mayoría. Todo lo que se contradice es descalificado por la violencia verbal que cada día gana más espacio. Y desde el Gobierno, los periodistas son llamados ensobrados por el presidente desbocado que no conoce límites. Milei de una manera abyecta, descalificadora y descaradamente agresiva busca efectivizar un relato insuficiente. Y esto, curiosamente, es llamado “batalla cultural” y sin duda lo es, porque está terminando con lo poco que queda de una cultura que nos enorgullecía y ahora zozobra.

En resumidas cuentas, en el caso de la política argentina las redes sociales, más allá de sus beneficios, nos están embruteciendo. Culpa nuestra, aunque la política del aturdimiento que imponen los jerarcas que se enriquecen con nuestra adicción no deje mucho margen para otra cosa. Los adláteres del odio aprovechan esto y lo potencian, porque su poder está vinculado al grado de ignorancia de la sociedad. Para imponer un relato que divide entre buenos y malos, para que se acepte una ficción en blanco y negro, es preciso apagar en el ciudadano la capacidad de pensar, de cuestionar, de ejercer la crítica. En este proceso en marcha –aquí, allá y en casi todas partes– no es casual que, para alcanzar una hegemonía, los populismos de izquierda o derecha busquen reemplazar al periodismo independiente con el ruido de las redes. Como ellos, las redes son “lo nuevo” y el periodismo es “lo viejo”, aquello que impide el avance triunfal hacia ese paraíso que estos líderes prometen.

Podemos concluir que los nazis odiaban a los periódicos y a los periodistas. Se regocijaban con el desprecio de los lectores hacia la prensa y la política. Lo fomentaban, que es aún peor. No estoy seguro de que los insultaran llamándolos ‘coimeros’ o ‘prostitutas’, como ocurre en la Argentina. Pero el periodismo independiente resistió y resiste a pesar de un injusto Presidente que los insulta o “basurea” tan injustamente como frenéticamente. ¡Qué desgracia la de este generoso país que todo lo tiene para ser grande y su dirigencia se empeña en destruirlo y dejarlo sin nada!

Si miramos este ahora que estamos surcando no podemos olvidar aquella incontrovertible verdad de nuestro Enrique Santos Discépolo, que marmorizó en un famoso tango aquello de que “el mundo fue (es) y será una porquería, ya lo sé”… Sigue habiendo guerra y mucha hambre en el mundo, y miles de niños mueren a causa de esta falta de humanidad. La tercera guerra que estamos viviendo tiende a agudizarse y ojo que las armas son letales. Juzgándonos, desde México, el admirado y muy recordado poeta de la prosa Juan José Arreola pudo escribir: “El hombre contra el hombre. ¿Alguien quiere apostar?” …

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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