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TRIBUNA

Escenas que adornan el verano

domingo 22 de junio de 2025, 20:20h

El cierre del tramo sur de la línea 6 del metro de Madrid, con todo lo que supone de esperas, impaciencias, exceso de contacto humano y constatación del maltrato institucional que se puede llegar a dar al personal cuando se apaga el aire acondicionado. Los abanicos se mueven entonces como peces que boquean por las últimas gotas de frescor que les recorran los costados y puedan ser respiradas. Uno se acuerda de ese poema muy breve de Ezra Pound, En una estación del metro, que dice: ‘La aparición de estos rostros en la multitud;/ pétalos en una rama oscura y húmeda’, pero en absoluto se puede hallar consuelo en esos momentos de agobio superlativo.

Los cumpleaños. Suelen darse bastantes entre el final de la primavera y el inicio del verano. La cuenta bancaria lo siente y resiente a medida que el cruce de bizums se acelera. ¿Todos son disfrutados? Normalmente no. Según se va creciendo, uno comprende que la amistad iba en serio y que no es necesario cubrir de atenciones por igual, que el rato que pueda echarse con los que verdaderamente merecen un cariño y unos instantes de celebración, no puede extenderse a esos otros que funcionan por la propia inercia social, por la relación sostenida por los años, por la intensidad que ha pasado pero todavía creemos que es posible renovar. El resultado o la respuesta son imprecisos y se van con el soplo de las velas.

Lo que ocurre alrededor de la Feria del Libro. Las polémicas respecto a la gestión de la directora, las acusaciones en un largo artículo de una revista que ha sido vetada, el desánimo de los sectores más vulnerables frente a los grupos punteros en cuestiones de venta, de marketing; el debate que inclina los intereses hacia la preferencia por lo mercantil o hacia la difusión de lo cultural. Como descanso a todo ese trato humano y empresario, repito, lo que ocurre alrededor de la Feria. Las filas exageradas por la devoción hacia los autores, más preferentemente mercantiles o literarios, ambos se han dado sus baños de masas. Los lectores que descansan en las cuestas aledañas o las terrazas, con el polvillo levantándose hasta los acantos florecidos. Las visitas a las fuentes. Un músico ensayando con la guitarra debajo de una morera, como ese tipo de escenas que después se cuentan y se escriben y pierden bastante del encanto natural y fortuito que tuvieron al ser testigo de las mismas a solas.

Canciones, por supuesto, que se recuperan o se adaptan mejor a estos días. Hospital del Mar, de Els Pets. K’ob Nombela, de 21 Japonesas. This Time, de Jeremy Zucker. Repetidas en modo aleatorio hasta que lleguen otras.

Las noches, cuando más y mejor vamos a poder disfrutarlas. Recientemente, en la comedida terraza del Pandora, mientras sucedían las anécdotas y temas varios a mayor velocidad que las consumiciones —normalmente suelen ir a la par, sin importar el sitio—, con el aire envalentonándose y avisando de una posible tormenta, haciendo caer las latas de una papelera cercana, rebasada, rodando con sus partituras disonantes y acuosas, sin saber cuándo debes marcharte.

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