Hace pocos días, el pasado 12 de junio, en Rusia se celebraba el 35 aniversario de la proclamación por el entonces Parlamento de la Federación Rusa (que formaba parte junto con otras 14 Repúblicas nacionales la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas) de su “Soberanía Estatal“.
Esta “Declaración de Soberanía” fue el resultado de las reformas políticas iniciadas por el presidente de la URSS, Mijail Gorbachiov, cuyo objetivo era descentralizar el poder político y económico, que hasta aquel momento se encontraba en manos del Gobierno Central, proporcionando a las Repúblicas, que formaban la URSS, más autonomía y más “soberanía” en la toma de las decisiones en el ámbito político, económico y cultural dentro de sus respectivos territorios.
El término “soberanía”, en aquel momento, no significaba que las Repúblicas que la declarasen iban a independizarse de la URSS. Se trataba de que el Gobierno Central de la URSS iba a reconocer que las leyes “republicanas”, desde el momento de la proclamación de la soberanía por parte de las Repúblicas, tendrían la primacía sobre la legislación de la URSS.
Todo lo contrario a lo que se estaba produciendo desde la formación de la URSS, en el año 1922. Desde ahora, el Kremlin (Gobierno Central) no podía dictar a las Repúblicas sus voluntades y debía coordinar con ellas todas las decisiones que se tomaba a nivel de toda la Unión Soviética.
Entre los años 1990 y 1991 todas las Repúblicas proclamaron su Soberanía. Y la Federación Rusa fue una de las primeras en hacerlo. Así que, desde entonces, en Rusia, cada año, el 12 de junio, se conmemora aquella “Declaración de Soberanía” del 1990, que desde 1998 se convirtió en una fiesta nacional bajo el nombre del “Día de Rusia”.
Y hoy, cuando esta celebración se produce mientras Rusia se encuentra en guerra con su vecina Ucrania, prácticamente aislada del mundo civilizado por las sanciones de todo tipo como castigo por su agresión contra el pueblo ucraniano, me viene a la memoria el 12 de junio muy especial, el de 1992, cuando Rusia se había convertido ya en un país independiente, después del descalabro de la URSS en diciembre de 1991.
¡Qué diferencia entre la Rusia de entonces con la de ahora! En aquella época la estaba gobernando el primer presidente de Rusia, Boris Yeltsin. Sus reformas estaban transformando por completo la Rusia socialista en un país democrático, con la economía de libre mercado y con libertades para sus ciudadanos jamás vistas durante el régimen comunista. Rusia tenía abiertas sus puertas a todo el mundo y los empresarios extranjeros acudían al país, liberado del yugo comunista, para montar sus negocios, traer las más modernas tecnologías para la fabricación “in situ” de todo tipo de artículos y productos de amplio consumo, que tanto escaseaban durante el poder comunista.
Entre estas empresas se encontraba la española “Campofrio" de la transformación cárnica (de embutidos). Fue una de las primeras empresas extranjeras de este sector que vino a Rusia (cuando ésta todavía formaba parte de la URSS, liderada por Gorbachov) no para vender su producción española, sino para montar en Moscú una empresa mixta con un socio ruso que era una empresa municipal moscovita del sector cárnico, con el nombre MOSMIASOPROM (abreviatura de la “Productora Cárnica de Moscú”), para fabricar los productos cárnicos en la misma capital rusa.
En menos de un año, en diciembre de 1990, fue puesta en marcha la fábrica de la empresa mixta hispano-rusa, con un nombre también mixto “CampoMos”. Su actividad resultó un éxito total. En pocos años la empresa mixta hispano-ruso se convirtió en una de las tres-cuatro más importantes del sector cárnico de Moscú, fabricando unos productos de la excelente calidad y con un surtido superior a cualquier otra productora moscovita. Fue la primera empresa que había introducido en el mercado ruso los productos “especiales para los niños” y uno, muy poco conocido en la Rusia de entonces, que era la “pizza prefabricada”.
Pues, aquel día 12 de junio de 1992, al que estoy recordando, el presidente de Rusia, Boris Yeltsin, eligió a “CampoMos” para venir a celebrar el “Día de Rusia” como el símbolo del éxito de la cooperación entre la “nueva Rusia” abierta al mundo libre y una empresa extranjera, en este caso la española.
Yeltsin visitó la fábrica con un aviso de sólo un día. Pedro Ballvé, el presidente de “Campofrio”, no tuvo tiempo para venir a Moscú para acompañar a Boris Yeltsin. Me pidió a mí que lo hiciera en su lugar, como representante de la parte española en el proyecto de “CampoMos”. Así conocí personalmente a Boris Yeltsin y le acompañé durante su “excursión” por la fábrica, que había durado más de dos horas en presencia de la prensa rusa y de los periodistas españoles acreditados en Moscú.
Yeltsin me causó una magnífica impresión. Atento, hacía numerosas preguntas sobre el proceso productivo y sobre la aportación concreta de la parte española al montaje de la fábrica y acerca de qué la hacía diferente a las demás empresas rusas del sector.
Al final de la visita fue organizada una degustación de los productos recién fabricados. Al principio, el servicio de la seguridad del Presidente se opuso a que él probara nada sin previo análisis de los expertos sanitarios “autorizados”, pero Yeltsin insistió y, con las palabras “no me va a envenenar esa buena gente”, probó todo lo que le sirvieron los anfitriones. Especialmente le gustó la mortadela, tierna, jugosa, con un ligero sabor al ahumado.
Yeltsin se quedó muy satisfecho y dijo: “Qué magnífico ejemplo de la colaboración de una empresa rusa y extranjera. Les agradezco mucho a los españoles que se han atrevido a montar junto con sus colegas rusos la primera empresa mixta de producción alimentaria en Moscú. Nuestro país necesita muchas empresas de este tipo para acabar con los problemas del abastecimiento de la población con buenos productos. Espero que esta fábrica pionera sirva de ejemplo para otras empresas extranjeras para que vinieran a producir los alimentos en nuestro gran país. Somos un enorme mercado y nuestros socios extranjeros podrán trabajar en nuestro país con la excelente rentabilidad. El Gobierno ruso va a favorecer por todos los medios a las empresas extranjeras que vendrían a nuestro país, para ofrecer su experiencia y las nuevas tecnologías que todavía no dominan las empresas rusas”.
Yo agradecí al Presidente Yeltsin por su visita y por los elogios que él hizo a los participantes en el proyecto “CampoMos”. Le trasladé la invitación del presidente de “Campofrío”, Pedro Ballvé, de visitar su fábrica en España. Boris Yeltsin agradeció la invitación y prometió hacerlo durante el primer viaje oficial que hiciera a España. Y cumplió su promesa durante su visita a España, por la invitación del Gobierno español, en 1994.
Voy a contar brevemente cómo nació la idea de montar una empresa mixta “CampoMos” en Moscú. Demuestra perfectamente qué clima de libertad y de las posibilidades de hacer buenos negocios en Rusia reinaba en aquellos tiempos de la “Perestroika” de Gorbachiov y de las reformas "capitalistas" de Boris Yeltsin.
Todo empezó, cuando el presidente del Banco Central, Alfonso Escámez, había acudido a la inauguración de la oficina del Banco Central en Moscú, en octubre de 1987, trayendo consigo a un grupo de los altos directivos de las empresas españolas que entonces formaban parte del grupo “industrial” del Banco Central. Entre ellos se encontraba un joven presidente de una de las más importantes empresas cárnicas españolas “Campofrío”, Pedro Ballvé.
Durante los tres días que había durado la visita, la delegación del Banco Central tuvo varias reuniones con las autoridades soviéticas del sector bancario-financiero y empresarial. Pero no sólo fueron programadas las reuniones de negocio, también se organizó un pequeño itinerario “turístico” que incluía las visitas a los sitios más emblemáticos de la capital soviética. Y, como no, un paseo por la Plaza Roja y por el recinto del Kremlin. Dentro de la Plaza Roja, uno de los objetivos más turísticos, aparte de la Catedral de San Basilio, es el “Mausoleo de Lenin”, donde está expuesta la momia embalsamada del líder de la Revolución Bolchevique y el fundador del Estado Soviético, Vladímir Uliánov – Lenin.
La cola para visitar esta “principal tumba” del país era muy larga. Siempre era así. La gente que visitaba Moscú, procedente de cualquier rincón de la inmensa Unión Soviética o desde el extranjero, quería imprescindiblemente visitar este peculiar monumento mortuorio en el mismísimo corazón de Moscú. El largo de la cola, medido en el tiempo, oscilaba entre una y dos horas, o más, dependiendo de la estación del año y de la hora del día.
Mientras aguardábamos la cola para entrar en el mausoleo, estábamos observando los preciosos edificios que forman parte del conjunto arquitectónico de esta histórica plaza. Justo en frente a las murallas del Gran Kremlin y al mausoleo, se encontraba un precioso conjunto de edificios, que desde la antigüedad servía de almacenes y tiendas comerciales. Ahora se denominaban “GUM” (las siglas en ruso de “Almacenes Universales del Estado”).
Llamaba la atención que en una de las entradas de estos almacenes se estaba formando una enorme cola, bastante parecida de “largo” a la que se dirigía al Mausoleo de Lenin. Pedro Ballvé, impresionado por lo que estaba viendo, me preguntó, enseñando al “GUM”:
– Boris, ¿allí también se encuentra la tumba del otro famoso líder soviético?
– No, son tiendas – contesté yo.
– ¿Y por qué una cola tan larga? – me preguntó de nuevo Ballvé.
– Posiblemente se están vendiendo en una de las tiendas algún que otro producto de los que se escasean en la venta habitual, ya que la industria soviética no es capaz de satisfacer la demanda de la población. Hay muchos productos y artículos que forman parte en esta larga lista “deficitaria”. Los soviéticos los llaman el “deficít” (con el acento en la segunda “i”). Y cuando estos aparecen en la venta, se forman grandes colas, ya que todo el mundo quiere comprarlos.
Ballvé, intrigado, quiso ver qué lo que se estaba vendiendo para que se organizase una cola igual de larga que la de los curiosos a ver la momia de Lenin. Al cruzar la plaza, nos dirigimos a la entrada de la tienda. Cuando alcanzamos el mostrador, vimos qué producto se estaba vendiendo: eran salchichas. Tenían un aspecto poco apetitoso. No estaban empaquetadas y se vendían “a granel”.
La vendedora cogía una larga “guirlanda” compuesta por las salchichas unidas una con otra, la cortaba, según el peso que pedía el comprador, las envolvía en un papel del mismo color que las propias salchichas y lo despachaba al comprador de turno. Hubo un cartelito pegado a la pared que avisaba: “No más de un kilo por persona”. O sea, la venta de salchichas estaba restringida para que más gente hubiera podida comprar este “deficít”.
Todo esto impresionó mucho al “carnicero” Ballvé y, cuando salimos a la calle, lo primero que me dijo:
– Boris, podemos “embutir” el mercado ruso con nuestros productos y acabar con la escasez que está sufriendo el pueblo. Ya hemos tenido una experiencia parecida, cuando España estaba saliendo de las ruinas de la Guerra Civil y se escaseaba casi todo. Puedes ayudarme a encontrar a unos interlocutores rusos válidos. Me gustaría ofrecerles nuestra experiencia y nuestros productos.
– Voy a intentarlo, Pedro.
El resto de la historia el lector ya conoce.
Yo nunca olvidaré aquel “Día de Rusia”, en compañía del presidente ruso, Boris Yeltsin, y en ambiente con sabor a la mortadela española.