Daniel Innerarity (Bilbao, 1959) es, sin lugar a dudas, una de las voces más lúcidas y relevantes de la filosofía política contemporánea. Su trayectoria intelectual transcurre por numerosas universidades y con estancias como profesor invitado en instituciones como la London School of Economics, la Sorbona, la Universidad de Georgetown, el Instituto Europeo de Florencia o el Max Planck Institute de Heidelberg. En estos dos últimos centros escribió su obra más reciente, Una teoría crítica de la inteligencia artificial. En este recorrido por diversas ciudades y claustros, también estuvo varios años en la Universidad de Zaragoza, donde Innerarity tuvo despacho en la cuarta planta del por entonces bastante maltrecho edificio de Filosofía y Letras, en donde también estábamos los profesores del Departamento de Historia del Arte, al que pertenezco.
Nunca nos cruzamos por el pasillo, pero recuerdo bien que en el tablón de anuncios que había junto a la puerta de su despacho aparecían recortados algunos de sus artículos en la prensa nacional, que me detenía a leer con frecuencia. En la academia, es habitual que dos profesores compartan facultad sin coincidir jamás, víctimas del laberíntico horario que impone la docencia y la gestión departamental. Lo que no es tan común es que un colega -y más aún uno con proyección internacional- se tome la molestia de felicitar, con calidez y generosidad, a otro por su trabajo. Innerarity lo hizo.
Recibí de su parte un correo elogioso tras la publicación de un libro mío sobre estampas japonesas. Comentó con entusiasmo el interés del tema y la delicadeza de la edición. Me quedé entonces con la impresión de que Innerarity es persona de gran curiosidad intelectual y que ejercitaba el noble arte de la cortesía académica, dos principios que deberían ser más frecuentes en el profesorado universitario.
En Una teoría crítica de la inteligencia artificial, Innerarity demuestra una vez más su puntería filosófica al abordar uno de los desafíos más inquietantes de nuestro tiempo: el despliegue de la IA y su impacto sobre nuestras formas de vida y nuestras instituciones democráticas. Esta obra, reconocida con el III Premio de Ensayo Eugenio Trías, no se deja arrastrar por los lugares comunes que abundan en el discurso público sobre la IA. Aquí no hay promesas deslumbrantes ni catastrofismos fáciles. El libro en modo alguno es una apología de las ventajas políticas y sociales de la IA, ni tampoco unas lamentaciones apocalípticas sobre el final de la Humanidad. No hay, tampoco, frases de autoayuda del tipo “la inteligencia artificial ha llegado para quedarse”, ni recetas para manejarse entre algoritmos.
Lo que Innerarity nos ofrece es un tratado filosófico riguroso, una invitación a pensar con calma, a considerar todas las dimensiones -epistemológicas, éticas, políticas- de este fenómeno desde una reflexión armada desde el equilibrio. El método que sigue Innerarity es la explicación de grandes temas en toda su complejidad, tratando en todo momento de afinar la terminología y definir con precisión las problemáticas. Solamente tras ponderar todas las posiciones el autor expone al lector sus conclusiones, como la esterilidad de las moratorias, la desconfianza hacia los códigos éticos y, sobre todo, llama al esfuerzo de pensar el desarrollo de la Inteligencia Artificial como una herramienta útil para las democracias occidentales desde la teoría crítica. Lo verdaderamente urgente es desarrollar una cultura democrática que sea capaz de gobernar la IA en lugar de someterse a ella.
El libro se articula en tres grandes secciones: “Teoría de la razón algorítmica” nos introduce en las características de la IA, su capacidad creadora, los big data y los límites de la predicción; “Pragmática de la razón algorítmica” aborda la importancia de lo tecnológico en nuestra sociedad y la necesidad de transparencia y un nuevo contrato social; finalmente, “Filosofía política de la razón algorítmica” explora cuestiones sobre el control, la gobernanza, la justicia y el futuro de la democracia en la era digital.
La redacción es rigurosa y, al tiempo, muy amena e instructiva, en temas en los que, en general, tenemos la responsabilidad de formarnos como ciudadanos. Llama la atención, en la vasta bibliografía que cierra el volumen -cuarenta y cinco páginas-, la escasa presencia de autores en lengua española. Este dato, lejos de ser una carencia, se convierte en signo de oportunidad: la de llenar un vacío urgente, la de construir una tradición crítica propia en el debate sobre tecnología y democracia. En ese sentido, Una teoría crítica de la inteligencia artificial no es solo un libro necesario; es también un punto de partida.