Analizadas en frío y descontada la pasión con la que suele anunciar sus decisiones el presidente Donald Trump, se requiere todavía un esfuerzo metodológico, analítico y de sentido común no para saber que no existe la intención de construir un Nuevo Orden Mundial, sino tratar de dilucidar si lo que quiere Estados Unidos en este ciclo trumpiano es regresar a la grandeza americana del pasado, aunque más idílica que real.
Trump está operando con base en decisiones ejecutivas que están sustentadas en criterios de coyuntura: aranceles, para tratar de recuperar el control americano de la producción mundial; migración, con el propósito de enfrentar el gravísimo problema de seguridad nacional de alrededor de siete millones de migrantes que entraron sin pasar por las reglas legales de la frontera; y corresponsabilidad de las zonas estratégicas estadounidenses en el mundo --como Europa, por ejemplo-- disminuyendo el gasto militar tradicional en tropas y armas y generar más bien una dominación nuclear y a través del Ejército de drones.
Los equilibrios geopolíticos militares internacionales tampoco parecen tener intenciones de cambiar contextos: Rusia sigue siendo el único polo real de contrapeso militar de Estados Unidos porque comparte objetivos de actividades intervencionistas con amenazas nucleares y está regresando Putin a la época soviética en que ponía y quitaba gobiernos en espacios afines. China, a pesar de su potencial económico, militar y poblacional, parece que nunca va a tener la voluntad que ha hecho imperios reales a Estados Unidos y a Rusia: tumbar gobierno, aunque sí ha estado incrementando su influencia en zonas regionales básicamente estadounidenses --América Latina y el Caribe, por ejemplo-- pero a través de inversiones y comercio marítimo, y casos muy concretos se ha estado apoderando de la parte sustantiva de la producción de fentanilo que tanto preocupa a la Casa Blanca.
Y EE UU seguirá siendo el imperio del mundo por tres características; posee la moneda mundial, puede invadir militarmente cualquier otro país y posee la hegemonía nuclear.
De los comportamientos últimos de Trump se puede dilucidar --como punto de arranque analítico-- que buscará recuperar el papel hegemónico que tenía EE UU en economía y geopolítica, el primero a través del aislacionismo productivo, de la limitación de acuerdos comerciales a nivel bilateral y de decisiones que están buscando reconstruir la capacidad productiva que tenía Estados Unidos antes de 1989. Es la intención, por ejemplo, de fragmentar el Tratado de Comercio Libre de Norteamérica en dos tratados por separado con Canadá y México, y siempre con la intención de usar aranceles para obligar a las empresas que salieron en busca de ahorros productivos a regresar al territorio of América.
Europa está siendo un laboratorio geopolítico interesante: la Casa Blanca no suelta el control y dominación sobre la zona, condiciona su dominio a que los países de Europa asuman la corresponsabilidad en gasto militar para pasar del 2% al 5% y también está de alguna manera influyendo para la creación de un Ejército europeo que no podría sustituir --ni con mucho-- los despliegues armados de Estados Unidos en zonas de conflicto.
Un dato merece una mayor atención y capacidad de análisis: América Latina y el Caribe en su regreso hacer el patio trasero de Estados Unidos, pero no como antes, ni con dinero, ni con derrocamiento de gobiernos, ni con guerra contrainsurgente contra las cada vez más precarias posiciones socialistas o comunistas que fracasaron en Cuba y están agonizando en Nicaragua y Venezuela. El camino de recuperación latinoamericana de Trump estará en acuerdos comerciales bilaterales para jalarlos al territorio económico del capitalismo, sin que exista ninguna posibilidad --por muy remota que sea-- de que pueda configurarse en la zona sur latinoamericana y caribeña una propuesta nacionalista, regionalista o de subintegración de mercados parciales.
A pesar de que se considera a Trump como un personaje poco racional, parece estar claro que sus alcances de construcción de un Nuevo Orden Mundial no tienen asidero posible y el propio presidente estadounidense tiene claro que a principios de 2029 tendrá que entregar la presidencia a su sucesor, sin que exista por ahora alguna posibilidad de tercera reelección por limitaciones constitucionales.
Las viejas doctrinas del Orden Mundial a favor de Estados Unidos contaban con organizaciones y centros de pensamiento con suficiente influencia en la toma de decisiones, algo que en la actualidad ha sido disminuido por el propio Trump a través de su estilo personalista de hacer política y ejercer el poder. Inclusive, el temor que había despertado el Proyecto 25 de la ultraconservadora Fundación Heritage se ha ido difuminando por la falta de serenidad y racionalidad de los comportamientos de Trump y por la ausencia de estructuras políticas y de gobierno que son necesarias para desensamblar el viejo orden y armar el nuevo rompecabezas mundial.
Lo que está quedando como duda final se localiza en la falta de elementos racionales para poder concluir si el verdadero motor económico y comercial del próximo Nuevo Orden Mundial podría regresar en el cortísimo plazo a Estados Unidos, sobre todo por las expectativas recesivas que todos los organismos internacionales están temiendo y porque la reconstrucción del poder industrial productivo americano no se reinstalará en un par de meses.
El problema que se tiene enfrente --el más grave, ciertamente-- es que Trump no representa un proyecto de construcción de un Nuevo Orden Mundial, pero ningún otro país ni coalición de países se ha preocupado por diseñar algo internacional. Así que algunos académicos prospectivistas están diciendo que lo único le espera al mundo en el corto plazo --5 años-- es aguantar a Trump y esperar que ojalá --la ciencia política también es irracional-- el sucesor en la Casa Blanca regrese el sentido común a las decisiones geopolíticas.
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