Cuando tenía dieciséis años –y con dieciocho y hasta con diecinueve– se me salía de la caja torácica no ya la duda, sino la inmensa preocupación ante la falta de bagaje, por pensar que mi vida sexual iba a estar destinada a lo que éramos de colegiales, extrapolando esa época vital a la totalidad de la vida, como si el besar dos veces y el follar ninguna fueran la única realidad futura. Craso error.
En la infancia uno es domado: a veces de forma perversa y otras tantas de manera errónea. Pero es en la adolescencia cuando la verdad, aún de puntillas, sale a flote, que es en el momento en que creemos que somos los reyes de mambo cuando, en realidad, sólo somos menores de edad camino del matadero vital: aquel que somete a las sociedades en base a tradiciones mejorables que jamás fueron invertidas por supuestamente ejemplares: casarse, divorciarse, traer hijos al mundo, comprarse viviendas a décadas vista, quedar los domingos con la familia para comer paellas infames, ahorrar para que lo hereden otros, decir lo contrario a lo que se piensa.
Pero con el despiece de la realidad, que es cuando asumes la perversión de que te hayan traído al mundo sin tu permiso, entras en la lotería de la vida dando vueltas sin cesar y haciendo lo mismo de siempre. Y claro, si el amor te acompañara –y ya no digamos el sexo–, uno desearía traspasar la mitad de su vida entonando el alirón de la victoria animalesca cuando naciste persona: aquella que somete a los que son deseados, incluso cuando su cerviz se encorva y su pene ídem. Porque sólo somos lo que queremos cuando regresamos al lugar de donde florecimos.
Porque es ahí, y sobre todo si no tienes ni cómo echarte al monte, cuando sabemos que la vida tiene sentido y que el vino sabe mejor. Fallecemos tantas veces en vida que nos asustamos por la propia muerte, cuando al final no queda nada: ni el recuerdo.
Ayer, una nipona me agarraba del antebrazo mientras me dirigía la palabra, esencialmente porque iba bebida –luego está la estratagema de que yo le pareciera digno o no; porque a las cinco de la tarde en un estanco no me habría rozado, ni de casualidad, el codo–, cuando el que recibía esa cantidad de amor envuelto en necesidades básicas asumía que la vida era eso: golpes de autoestima y atracción pasajera que rodean la creación del 78% de las familias con más de un heredero y del 98% de las de hijo único.
Y como el bogavante que trata de salir del saco de sus mismos, enhebré la aguja de la realidad, alejándome de lo que no creo que se hubiera transformado en familia pero sí en dolor inmenso de cabeza por la sencilla razón de que amo a alguien.
El amor, como todos sabemos –y los que no lo sepáis es porque estáis jodidos– no es más que una fiebre inasumible por el intelecto que va y viene independientemente de nuestra voluntad. Porque el amor no es ni Cenicienta ni Bambi ni una calesa de donde emerge la nueva reina de un país multicolor. Para nada.
Y eso, que me cogía del antebrazo y salí de allí. Con el rabo, y nunca mejor dicho, entre las piernas. Porque ya no hay toreros como los de antes. Ni nada que se les parezca. Y yo, haciendo gestos al cielo. Invocando a quién sabe. Observando detenidamente la bóveda celeste. Por la totalidad del cosmos.