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LETRAS, CEROS Y UNOS

Vapers

viernes 27 de junio de 2025, 19:59h

El sábado pasado me animé a salir. Tenía que celebrar el ascenso del Real Oviedo, claro, pero también necesitaba comprobar que el mundo seguía girando ahí fuera. A veces me gusta sentirme un viejoven, ver de qué va ahora aquello que tanto amé. Uno no deja de salir de golpe, ve como poco a poco va muriendo el interés por algo a lo que no se le ve ya sentido. Pero de repente —una tarde de junio, un gol en el descuento, una ciudad que explota de alegría— el motivo, simplemente, reaparece.

Volví a salir por el casco antiguo como si fuese la escultura del emigrante de Úrculo que vuelve a casa y se sorprende con la majestuosidad de la catedral de una sola torre. Reconocía los bares de siempre con otros nombres, el eco de las canciones. Recordé a Mariano Arias buscando entre los nuevos edificios el mítico bar Salsipuedes, inexistente desde hacía décadas. Todo era igual y todo había cambiado, pero lo que más me llamó la atención fue el olor del ambiente. El humo.

Pero no era el humo que conocí de chaval. Aquel humo denso de Ducados o Fortuna, que olía a bar de rock, a piel curtida y a torres de la muerte que se bebían de un sorbo. Ese humo que se te metía dentro, que se pegaba al abrigo, a las cortinas, a la habitación donde uno despertaba. El humo de lo analógico, de lo tangible, de lo que no necesitaba pilas ni sabores artificiales. Ahora era otro humo, más suave, más limpio, casi inocente: el humo digital de los vapers.

Aparatos discretos en la mano, caladas cortas, una nube dulce que flotaba como una burbuja de jabón. Olía a "strawberry scoop", a "triple mango", a "blueberry raspberry". A chicle y a verano. A química amable. A futuro domesticado.

El tabaco era una declaración de intenciones: dejaba ceniza, arrugaba el papel, te manchaba los dientes, amarilleaba las paredes. Exigía un ritual: el mechero, el cenicero, la espera. Fumar era parar el tiempo, cargar con una combustión. Vapear es, en cambio, una simulación del humo. No hay fuego, ni ceniza, ni siquiera tabaco. Solo la ilusión de fumar, como si el gesto bastara sin la sustancia. Una copia sin pecado. Una calada sin consecuencias inmediatas. El cuerpo no huele, el espacio no se contamina. No se fuma, sino que se consume una experiencia.

Y ahí está, quizás, la diferencia clave: hemos cambiado el daño por el diseño. El vaper es higiénico, portátil, pensado para gustar. Se vende en estancos, pero no es tabaco; se carga por USB, se promociona como una alternativa estética. Es el humo del algoritmo. El humo que no molesta. El humo que no mancha. Elegante, canallita e informal. Bien visto. Y sin embargo, sigue siendo humo. Porque seguimos necesitando ese gesto: llevar algo a los labios, inhalar, soltar una nube al mundo. Como si no bastara con respirar, sino que sentimos como si algo dentro de nosotros necesitara salir envuelto en vapor y dulzor sintético.

El tabaco negro, el de nuestros padres, era algo brutalista, existencial. Te recordaba que tenías un cuerpo, que estabas aquí, que morirías un poco con cada calada. Mi padre se metía dos cajetillas de Trujas al día y me atufaba en el coche en los largos viajes por el puerto de Pajares en agosto. El vaper, en cambio, te distrae con sabor a helado mientras juegas a no hacerte daño. Pero quizás, como ocurre con todo lo que simula la realidad sin sus riesgos, lo que perdemos es la intensidad. La verdad de lo imperfecto. Es un veneno suave, como un mitridato. Un poco de nada aparente.

Esa noche, mientras sonaba Volveremos de Melendi y la ciudad se abrazaba a sí misma, pensé que quizás el fútbol es de las pocas cosas que todavía no se pueden vapear. Que aún quema. Que aún huele a piel, a garganta, a verdad. Que aún escuece y redime. Porque el fútbol, como el viejo tabaco, no se puede suavizar sin traicionarlo. Se sufre o se celebra. Se vive con el cuerpo entero. Hoy, más tranquilo, pienso en la foto de un señor de unos cincuenta años postrado sobre el césped besando las botas de Cazorla en un gesto que ya no estamos acostumbrados a ver. Me da que pensar.

Volví a casa ya de día con la sensación de haber estado en un sitio donde realmente pasaban cosas. De haber vuelto, aunque fuera solo por un rato, al escenario de lo real; sin embargo, creo que lo que antes era un pitillo compartido hoy es una calada de cereza individual, egoísta, casi imperceptible y que, encima, no deja rastro. Eso que hemos ganado los exfumadores, los peores en eso de los olores y los humos. Sobre la noche no me pregunten que puedo contarles muchas cosas. Quedémonos en que lo que antes era una canción a gritos ahora es una base digital con loops hechos en Ableton Lite por un chaval con gorra en su habitación. Pero todavía, en medio del humo y los algoritmos, hay canciones como el "Volveremos" y partidos como el del sábado que nos recuerdan que la emoción —como el fútbol— se vive intensamente, nunca a medias. No se puede vapear.

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