www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

TRIBUNA

Cervantes para Luis Alberto

sábado 28 de junio de 2025, 19:03h

Vengo a echar mi cuarto a espadas. No hace falta tener bola de cristal o tirar runas para saber que Luis Alberto de Cuenca recibirá el premio Cervantes de aquí a pocos años, los justos para que él pueda disfrutar de un reconocimiento tan obvio, y sus seguidores y amigos, también. Uno, que sin llegar a ser un don nadie ‒que nadie somos‒ o apenas un don algo ‒que queda más bonito‒, sólo se atreve a afirmar lo evidente. Hagan caso de este Donalgo; es más, animo a aquellos alguien que se han manifestado ante el bochorno de que se le negara por segunda vez el acceso a la Real Academia Española de la Lengua, a vindicar a nuestro príncipe de poetas en esta postulación; dicho en vulgar: que metan caña.

Al margen de los que votaron a favor ‒a los que también apelo‒, la Real Academia Española no se ha dejado honrar con la presencia de De Cuenca en una de sus butacas. Está de más recitar aquí los muchos y sobrados méritos que lo hacían merecedor; ya ha corrido mucha tinta sobre ello, y entre los que achacan la renuencia o la blancura de unos votos a cierto lobby lingüista y los que, acaso más acertadamente, atribuyen el feo a alergias ideológicas (no tratarse de un intelectual pegado con adhesivos a la izquierda), casi prefiero sus propias declaraciones, un elegante dejar caer que el éxito «genera envidia». Verdad como el Evangelio, que dicen los castizos.

La Real Academia de la Historia y la de las Buenas Letras de Granada sí han tenido la agudeza de contar con él desde hace años. Sin duda, también lo habrían admitido en la Academia de los Ociosos, aquel ingenioso centro del saber en el Nápoles del XVII, donde acudían Quevedo, el conde de Villamediana, Giambattista Basile o John Milton, y sólo se podía departir en latín, toscano (a.k.a. italiano) y castellano (a.k.a. español). En las tres lenguas, Luis Alberto podría haberse defendido sin mayor problema. Respecto a la inmaterial Academia Zorropiteca, ni les cuento; él posee cátedra –o sea, silla‒ preferente desde hace mucho. Eso aparte, pienso que donde quedaría fijado limpia y esplendorosamente no sería tanto en la a.k.a. demia de la Lengua, como junto al premio capital de las letras hispanas, habiendo ganado hace poco el máximo de la poesía iberoamericana, el Reina Sofía. Aunque bien sospecho que no se arañaría las venas si no le cayera el Gordo, puesto que entre sus lectores, el refrendo en el mayor de los laureles es sobradamente unánime y universal.

Pero sí, el Cervantes debe acabar en manos de Luis Alberto (como perfectamente podría el Homero o el Virgilio) por algunas razones amén de las empíricas. Porque él sería una figura señera en los años del genio alcalaíno, Lope y Quevedo; tal vez no en el centro de la foto –donde se focalizaría el terceto junto a Calderón‒, pero tampoco en el borde del grupo, que ya es decir suficiente (o traducido: en una actualidad donde culturalmente cogobierna la mediocridad con lo insustancial, bajo el relumbre de algunos buenos tribunos ‒y tribunas‒, él es sencillamente un gigante). Y, porque, sobre todo, al señor de Cervantes –aunque caiga en anacronismo‒ es dudoso que lo hubieran admitido en la Academia; se habrían enredado en los errores de su magna obra, los habrían anotado escrupulosamente, incluso enmendado hasta la ultracorrección, como le sucedió al político, escritor y académico Diego Clemencín en los años treinta del XIX.

Granito de arena o gota de lluvia, valga de algo lo que este don algo pide, si bien barrunto que debe de estar preparándose sotto voce los pliegos oportunos para su elección, y si no, tal cosa habría de empezar a moverse. Debemos mucho a Luis Alberto; desde luego hablo por mí, que siendo un bisoño en la época de la Movida, y al igual que muchos de mi generación, pugnaba por una concepción lo más abierta de la cultura, lo más universal y sin cortapisas posible (disfrutar con Ovidio y, a la vez, con Alaska; con los romans artúricos y los cómics), encontrar a Luis Alberto representó asegurarse un respaldo, reconocer a un pionero en esas incitaciones, que ya había buscado eso mismo antes, que parecía haber leído ya todo, la alta y la baja cultura (como, por convención, se dice), y que sólo nos adelantaba en poco más de una década.

Hace ya un tiempo, una amiga salvadoreña me dio a conocer la expresión «mucho con demasiado», una alegre redundancia que me parece muy oportuna para identificar a nuestro poeta. Cuando una figura pública es mentada y conocida por su nombre de pila es que es «mucho con demasiado»; cuando ganas dos premios nacionales (de traducción, de literatura) y uno de la crítica (por La caja de plata), eres «mucho con demasiado». Así dicho, puede resultar superfluo solicitar para él más galardones (la compañía que hacen sus poemas, la cálida erudición que regala a sus lectores con la cercanía que sabían comunicar los autores clásicos, ya le conceden interiormente el máximo de los premios). Pero es que, justamente, somos nosotros los que merecemos que gane el Cervantes, y celebrarlo.

Puedo alegar algo más: Cervantes y Saavedra (este último, un apellido inventado a manera de heterónimo) simboliza la mente abierta, la obra abierta por antonomasia, por encima de cualesquier consideraciones, justo él, tan interesado en Ariosto como atraído por los «papeles rotos de las calles». Súmese a ello que una de las poesías más célebres de Luis Alberto lleva, precisamente, por título: «Abre todas las puertas».

Respecto a lo otro, lo de la Academia de la Lengua que le sacó la ídem, es claro que si eres «mucho con demasiado», no vas a caber en todos los sitios.

Recuerdo bien el arranque de una conferencia de Luis Alberto en el Club Siglo XXI. Empezó con una pregunta retórica («¿Para qué sirve la cultura?»), a la que contestó enseguida («La cultura sirve para que nadie se pregunte para qué sirve la cultura»). Una cultura no medida en escalas ni en etapas, una cultura encontrada y descubierta en espacios contiguos, tangentes, mezclados incluso; vasos comunicantes, concomitantes, cruzados, amigos, próximos o no; ni nuevos ni antiguos, permanentes. Como en una biblioteca.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (3)    No(0)

+
0 comentarios