Sucedió el domingo pasado, 22 de junio, durante la celebración de una misa por la noche en la iglesia de San Elías, en el barrio de Dweila (Damasco). Un terrorista suicida entró en el templo, disparó contra los feligreses y después se hizo estallar con un cinturón explosivo. Algunas fuentes señalan que también arrojó una granada de mano y que pudo contar con un cómplice. Había unas 350 personas en la celebración. Según el Ministerio del Interior sirio, el terrorista mató a 27 personas e hirió a 63. Las investigaciones sobre la autoría apuntan bien a células reconstruidas del Estado Islámico en Irak y Siria bien a otra organización llamada Brigada de los Partidarios de la Sunna. Al día siguiente se practicaron seis detenciones y dos sospechosos murieron en enfrentamientos con las autoridades. Se dice que uno de ellos era el planificador del atentado, el primero de esta magnitud desde la caída del régimen de al-Asad y el ascenso al poder de Ahmed al-Sharaa (Riad, Arabia Saudita, 1982)
Los cristianos del Oriente Próximo están sufriendo un proceso de destrucción que se ha acelerado en los últimos años. Sufrieron el terrorismo del Estado Islámico en Irak y Siria. En este último país, quedaron atrapados en la guerra civil (2011-2024). El régimen que ha sustituido al del Baaz insiste en que gobierna para todos, pero este atentado -al igual que otros episodios de violencia los meses anteriores- revela que los cristianos distan de estar seguros con el nuevo gobierno de Ahmed al-Sharaa, que lideró una de las facciones que luchó contra el régimen del al-Asad: Hayat Tahrir al-Sham, organización afiliada a Al Qaeda.
El laicismo de nuestro tiempo ha hecho de la fraternidad religiosa un tabú para sustituirla por una pretendida fraternidad universal, que en realidad solo sirve para disimular la identidad cristiana de las víctimas. El cristianismo es hoy la religión más perseguida en el mundo. Ningún Estado de la Unión Europea -salvo Hungría- hace del auxilio a los cristianos parte de su política exterior. En las decisiones sobre ayuda exterior, asociación estratégica y colaboración internacional con el mundo islámico, no se suele tomar en consideración el estado de las minorías cristianas, ni su protección ni la posibilidad de que, además de sobrevivir, puedan aspirar a florecer.
En España hablamos poco del destino de los cristianos del Próximo Oriente. La política exterior de España hacia ellos se suele enmarcar dentro de las iniciativas de libertad religiosa como la Alianza Internacional para la Libertad Religiosa o de Creencia (IRFBA) o, directamente, dentro de la Alianza de Civilizaciones en el marco de Naciones Unidas, iniciativa hispano-turca que este año cumple 20 años. España no tiene dentro de su política exterior ningún programa dedicado específicamente a la protección y defensa de los cristianos del Oriente Próximo o de África.
De hecho, parece de mal gusto plantear una acción política dirigida precisamente a la protección de los cristianos. El gobierno español se siente más cómodo en el marco de la lucha contra la islamofobia. De la cristianofobia simplemente no se habla. Resulta desolador que un país como España, donde la religión mayoritaria sigue siendo la católica, no exista un programa de acción dirigido a las minorías cristianas. Se me dirá que en España misma se toleran las ofensas a la fe y se trata de diluir la identidad religiosa en aras del laicismo. Es cierto, pero una injusticia no compensa otra: España debería liderar la defensa de las minorías cristianas y de la libertad religiosa en España y en el resto del mundo.
Es cierto que ha habido algunos débiles signos de esperanza como las acciones de solidaridad con los cristianos armenios de Nagorno-Karabaj durante la operación híbrida contra ellos, pero no fue suficiente y la destrucción de aquella comunidad cristiana se consumó ante los ojos del mundo. En paralelo, el discurso laicista permite que en España -y en otros países europeos, por cierto- se construyan mezquitas financiadas desde el extranjero sin criterio de reciprocidad alguno. Se tolera la actividad de organizaciones islamistas como los Hermanos Musulmanes, que aspiran a la toma del poder y a la islamización de las sociedades.
Sobre la destrucción de los cristianos en el Oriente Próximo, en África y en otros lugares los gobiernos europeos -salvo el húngaro- guardan un silencio cómplice que ya resulta clamoroso.
El atentado del pasado día 22 en Damasco debe servir como advertencia de lo que está sucediendo en la Siria posterior a al-Asad y como reclamo, uno más, de un cambio en la política de los países europeos. Si los ciudadanos no exigimos que la acción exterior de los Estados y de la propia UE intervenga para socorrer a los cristianos, seguiremos asistiendo al exterminio de seguidores de Cristo mientras Europa se limita a expresar sus serias preocupaciones y a lamentar muertes.