Los nuevos aristócratas
jueves 04 de diciembre de 2008, 22:09h
Pasear los ocios con animales de compañía ha sido siempre un índice de nobleza. Pero es verdad que ya no hay nobles o, si los hay, están escondidos o se han “homologado” o se han camuflado, imitando los tonos dominantes del paisaje social. Y como la naturaleza odia el vacío, una nueva clase ociosa ha venido a ocupar el hueco de los viejos aristócratas.
Los nuevos pueden ser de las más diversas extracciones sociales. Jubilados o adolescentes “logseros” a la espera de su primer subempleo, amas de casa atravesando, raudas, la meseta de la madurez; muchachas vagamente anoréxicas, erguidas sobre sus tacones afilados; barbudos descansando de sus charlas de café sobre la malvada globalización o el inminente cambio climático; ancianas que caminan con dificultad y dan de comer furtivamente a las palomas; en fin, ejecutivos de medio pelo embutidos en un traje azul oscuro de H&M... Lo que todos ellos tienen en común son, entre otras, estas dos cosas: que poseen perros y que disponen de tiempo libre para pasearlos.
Llama la atención, y a buen seguro que causa envidia (desde luego, a quien esto escribe), el tiempo de que disponen para cuidar a sus animales de compañía. A estos se los ve limpios y bien alimentados. Algunos han pasado por la peluquería y lucen abriguitos la mar de coquetos. La mayoría, es menester reconocerlo, exhiben un aspecto más saludable que sus dueños. Seguramente no se sienten ni solos ni abandonados ni expuestos a los rigores de una crisis económica, o de los exámenes del próximo trimestre o de los malos modos del jefe o de la posible traición de la pareja o, simplemente, del inclemente invierno que ha tomado al asalto el parque antes de tiempo.
Cuando los veo caminar por las calles paseando a sus amos, me pregunto por el motivo profundo que hace que personas tan distintas en edad, sexo, raza, cultura y proyectos coincidan, sin embargo, en su amor incondicional a sus animales. Después de darle algunas vueltas, sólo se me ocurren dos razones. Una, es que encuentran en ellos, cuando los miran, una respuesta simple, clara y predecible. En el rostro de un perro, la alegría es alegría y la tristeza, tristeza. La otra, es que tenemos animales de compañía, especialmente perros, tan pacientes y prosaicos ellos, porque no tienen opinión sobre nosotros. (Fina observación de Nietzsche). Y si la tienen, se la guardan (No menos fina observación de Elizabeth Costello). No nos llevan la contraria y podemos darles órdenes con una esperanza más que razonable de que finalmente nos obedecerán. Es probable que hasta nos amen. Su necesidad de salir a la calle para evacuar programa nuestro ocio. Y nos encontramos con nuestros iguales que saludan afablemente a nuestros compañeros canes, “Hola Twist, ¿cómo has pasado la noche?”, dice con voz aflautada una dama sesentona, embutida en un tres cuartos de cuadros escoceses, dirigiéndose a nuestro terrier. Luego se vuelve hacia su diminuta perra de aguas y le dice: “Fiona, saluda a tu amigo”. Después de este civilizado encuentro, se volverá hacia el dueño del perro y le saludará con un vago gesto de reconocimiento, pero sin entusiasmo alguno ante el encuentro.
Me pregunto si todo esto está bien, es inocuo o es un síntoma de la estupidez ambiente. Hay en la moda de los canes ciudadanos ciertos inconvenientes, como que nuestras calles estén llenas de mierda (lo siento, pero he tomado la decisión de no servirme de ningún eufemismo). Pero quizá sea un precio que bien se puede pagar si nuestros hermanos animales contribuyen a hacer más llevadera la soledad y el tiempo vacío de tantos hermanos humanos. (Al fin y al cabo, dan más calor que internet). Es razonable esperar que no sea cierto el aserto de Schopenhauer que dice que cuando hay mucho amor hacia los animales queda muy poco para el hombre.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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