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Cumpleaños feliz (esperemos)

jueves 04 de diciembre de 2008, 22:15h
Parece obligado para un constitucionalista dedicar su columna del día de la víspera del aniversario de la Constitución precisamente a ésta. Es un deber irrenunciable, por más que deba reconocer que a nuestra Constitución no le sientan especialmente bien los cumpleaños. Y el de este año es el trigésimo. No es que envejezca o se arrugue. No es que pierda vitalidad o energía. Todo lo contrario; los años le sientan bien. Los años confirman su éxito, tanto en cuanto a la forma en que se pactó como en cuanto a sus cláusulas. Es la obra jurídico-política más importante de nuestra historia, y la que ha abierto el período de más estabilidad, progreso y bienestar.

No cabe ser tan optimista con sus intérpretes. Cuando el 6 de diciembre de 2003, hace cinco años, se cumplían sus bodas de plata, el entonces partido en la oposición fue generando, y luego plasmando en su programa electoral, una propuesta de reforma teóricamente parcial y limitada, pero que tras alcanzar el gobierno el 14 de marzo del año siguiente, se transformó en una suerte de voladura controlada de la Constitución de 1978. Se entendió, en formal coalición con los grupos nacionalistas, que las circunstancias que dieron lugar a la aprobación de aquella Constitución se habían superado y, en consecuencia, debía darse paso a otra bien distinta nacida –como la inmensa mayoría de las que jalonan nuestra historia- de la imposición de una mayoría coyuntural y no desde la voluntad general del pueblo español.

Un pueblo que de forma abrumadora expresa día a día su identificación con una Constitución integradora, un pueblo que siente la Constitución como conformadora de su identidad, de su ser colectivo. Por más que una pequeña porción de escépticos o desleales abominen de la Constitución o pretendan su destrucción, no podrán acabar tan fácilmente con ésta pues, como la venerable Constitución americana, entendemos está encabezada por el frontispicio de “nosotros, el pueblo español, nos hemos dado esta Constitución”, de todos y para todos.

Muchos de los reintérpretes de la Constitución parecen disfrutar repitiendo con denuedo que no cabe la veneración de esta obra, su sacralización o adoración divina y nocturna. Y que, en consecuencia, no se entiende el por qué de no tocarla cuando pueden existir razones para alguna reforma. El razonamiento es impecable e irrefutable. Pero parte de una ocultación, nada inconsciente, cual es que las reformas pretendidas se oponen, pues se tira desde los lados opuestos de la cuerda. Ese camino es insostenible y es imprescindible volver a las fuentes, es decir, al encuentro, al consenso vertebrador entre las dos grandes fuerzas políticas que aúnan el noventa y tantos por ciento de la representación de los ciudadanos españoles que, no se olvide, son los dueños del poder constituyente.

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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