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TRIBUNA

Memento mori

lunes 30 de junio de 2025, 20:03h

El período de vacaciones entraña, según se dice, importantes riesgos para nuestra “salud mental”. La convivencia real impone una exigencias que los actuales individuos, de piel erizada de púas, no están dispuestos a pagar. Un hombre liberado del trabajo no es de inmediato apto para el ocio que no es simple negación del trabajo, sino que presupone una vida inspirada. El ocio es condición previa de una acción libre que muy pocos pueden asumir. Con las vacaciones conviene aprestarse a recibir la embestida de la nada.

Ahora que el clima vuelve a cambiar y nos esperan días de calor les aconsejo recubrirse de una gruesa capa de indiferencia sobre la que resbalen ofertas orientadas y mensajes personalizados, contra la que sucumba la información en cascada que suele abrumarnos. Recogerse y guardar silencio, así sea al borde del mar o de la piscina, en un bar climatizado ante una copa de vino o en su propia casa ensombrecida a la hora de más calor, persianas caídas, cortinas echadas.

Dejen correr largos minutos el caudal de su conciencia, dispuestos a soportar su rumor lacerante. Irá de un lado a otro movido por una suerte de oculto generador que también es Ud. o lo es más que Ud. mismo. En muchos casos ese vaivén se hará insoportable y tendrá que acallarlo ya sea sumergiéndose por un momento en el agua, buscando en el local algún reclamo que le desvíe de sí mismo o encendiendo el televisor. Son innumerables las vías de huida.

Le recomiendo que no se rinda y apriete los dientes complaciéndose incluso en el dolor que provoca la figura que le invita a la fuga: un pensamiento infame, una imagen turbia, un afecto inespecífico o una sombra. Si ha sido vencido mil veces, no deje de afrontar una vez más la forma sin rostro del diablo que le acosa. En mi caso, querido lector, es siempre un vacío inexpresable que enardece un elemental resentimiento. No hay nada peor, nada más oscuro, nada más doloroso.

Si aceptamos que a nuestro lado camina siempre, inseparable y acaso indiscernible de uno mismo, esa sombra fermentada y sucia encontraremos el modo de sobreponernos a su mefítica gravedad. El mundo la alimenta: nuestras formas de trabajo y de consumo, la atmósfera de nuestras relaciones y las exigencias de la degradada vida social a la que contribuimos. El período, breve y funcional, en que salimos de la rueda de fuego de una destructiva cotidianeidad pudiera ayudarnos a tomar distancia de esa mancha que sólo vive de nuestra substancia.

Este tiempo muerto nos aleja, en efecto, de la úlcera que nos desvive y la debilita al romper su vínculo nutricio con nuestra vida. No es fácil, sin embargo, alcanzar verdadera distancia porque gestos innumerables nos mantienen en la agitación, condición de su dominio. Durante los meses de canícula simplemente adoptamos un aparente distanciamiento, sin advertir tras nuestros pasos una intencionalidad sombría. Son meses de movimiento incesante, de turismo inquieto que se interpone con nuestra rutina, pero sabemos que el turismo es antítesis del viaje. Frente al desplazamiento hay que ensayar una sosegada quietud que, requerida por el viaje, es imposible en las condiciones nefastas del turismo.

Es éste un tiempo peligroso porque en alguna medida nos desuncimos del yugo sedante de nuestra actividad sin norte o de la rueda sin eje de los días vacíos y puede abrirse la inflamación purulenta. Se produce así esa inflexión manifiesta en lo que solemos llamar trastornos mentales: aumentan separaciones o se formalizan y se incrementan conflictos que alcanzan el grado de la agresión o la violencia. Se multiplican, en general, las visitas al terapeuta y las lágrimas corren a menudo por el rostro. Por mi parte, aunque jamás dejo de mirar al fondo sin fondo de un vacío interminable, en los meses de calor la fría atracción de la nada multiplica su potencia negativa.

Debemos soportar la oscura inversión de la verdad, lean despacio: hemos de morir y vivimos para nada, entregados a una solitaria tarea intrascendente, nos envolvemos en banderas con blasones extraños y ejecutamos gestos insignificantes de manera mecánica. Nos desvestimos del tiempo que somos hasta una inerme desnudez sin substancia. Un pánico indeterminado nos asalta. Nuestra defensa vana consiste en entregarnos al juego de la dispersión y del engaño. Recuerdo entonces las palabras del filósofo.

“Quien menos conoce la época es quien no ha experimentado en sí el increíble poder de la Nada y no sucumbió a la tentación. El propio pecho: esto es, como antiguamente en la Tebaida, el centro del mundo de los desiertos y las ruinas. Aquí está la caverna ante la que se agolpan los demonios”

Contemplo sin compasión el seco desierto de mi alma, veo los demonios que me asaltan. Si logro prevalecer, retrocederá la Nada dejando en la orilla – dice el filósofo – tesoros antes sumergidos. Esa victoria no resulta, sin embargo, de un acto solitario o de una mirada reflexiva, sino de una atención renovada sobre el mundo habitado en que vivimos.

Cultivar esa minuciosa atención nos permitirá aprehender signos sutiles, índices de la creación. El rostro de los hijos o la voz quebrada de mi padre me enseñan el valor de mis pasos en la continuidad de una secuencia intacta. Entonces viene sobre mí el aliento de una amable confianza y contemplo, al inicio y al final de esa secuencia, un horizonte en pie o una tensión vertical.

Abrazado a la oración del corazón, una mano me levanta de esa postración y encuentro la quietud de un paisaje apacible en el que el vacío resentimiento no me alcanza. Entonces comienza un descanso que no acaba.

Fernando Muñoz

Doctor en Filosofía y Sociología

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