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ESCRITO AL RASO

La necesidad de los árboles

David Felipe Arranz
lunes 07 de julio de 2025, 20:08h

Lo más feliz de ver en verano son las fuentes y los frondosos árboles; por eso le tenemos tanta manía a los ediles arboricidas. Recuerdo el robusto árbol centenario en las confluencias de la calle de Alcalá con la Gran Vía, frente al edificio Metrópolis, y que el Ayuntamiento taló para “ensanchar” la esquina e instalar cada Navidad un espantajo luminoso en forma de bola multicolor para que las familias se detengan, se tomen las fotos de rigor y aplaudan la decisión del edil leñador de turno. En el enfrentarse de las fachadas estivales, el árbol retiene el último aliento de la vida natural, del vergel que expulsamos del “paraíso” de hierro, cristal y cemento. Levantamos los ojos hacia los rayos de sol tratando de contestarnos en vano a la pregunta de por qué el termómetro está a punto de saltar por los aires… Los árboles nos daban la respuesta, porque en sus hojas se filtra un sol bueno y un microclima envidiable.

En la capital, esa contemplación hidrata la vida y le entrega una serenidad y un frescor ya desconocidos. Si acertamos a ver un raro banco de madera, es el descanso el que nos invita a hacer un alto en el camino, a la sombra; ahora los fabrican de bloques de granito para que nos quememos el trasero, nos ensuciemos las pantorrillas y no permanezcamos sentados ni tres minutos seguidos. En ese misticismo de contemplar a los frondosos árboles se aprieta el raciocinio del mundo, el pensamiento que conforma lo humano y nos “desvandaliza”, convirtiéndonos en contempladores. Desde niños, hemos buscado ese último refugio de la sombra verde frente al asfalto, los pisotones y el rugido de los automóviles, que nos quieren empequeñecer, dejarnos como náufragos en las isletas, en mitad de la calzada, y a veces, tras un mal cálculo al cruzar la calle, haciendo equilibrios en una línea continua, tratando de que los autobuses y los camiones no nos aplasten mientras el corazón nos palpita desbocado.

A veces teníamos suerte con el apartamento que alquilábamos, porque las copas de los árboles nos llevaban la selva hasta el balcón, y nos impedían ver el caos de abajo, los atascos, las prisas, los atropellos… Más de una vez hemos leído poesía en aquellos balcones, acunados por el suave murmullo de las hojas, que entraba por la ventana abierta como un emisario refrescante. Nos curaban, en definitiva, de la furia de los hombres y de la gran ciudad, con su algazara y sus malos humos, que son cada vez más.

La motosierra madrileña de Martínez Almeida ha talado las frondosas plazas de Santa Ana y del Carmen; eso sí, si usted tala un árbol en su jardín porque amenaza con romperle la casa, el Ayuntamiento le impondrá una multa de 120.000 euros. El negocio de la constructora avanza implacable y se lleva todo vegetal, seto, parterre que pilla por delante. Se estaba frente a la inmensidad y robustez de los árboles porque su generosa corporeidad no tenía pretensiones y porque nos ofrecían de forma improvisada y en mitad de la calle lo que ahora se llama espacios para la meditación, pero de manera entrañable y no comercial, como los lugares que señalizan en los grandes almacenes: “usted lea aquí, en el suelo, sobre unos cojines, hacinado con todos los demás, mientras le graban nuestras cámaras de vigilancia sin su consentimiento”. Pero aún sobrevive alguno, solitario en alguna callejuela donde besamos a nuestra amada aquella primera vez, y un día por la mañana, yendo al Rastro, comprobamos aliviados que el árbol que fue testigo de aquel amor fugaz aún está allí, avizor, bendecidor, protector de otros amores que irán teniendo igual o desigual fortuna a la nuestra. Quién sabe…

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