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ESCRITO AL RASO

I Lombardi alla prima crociata: alma verdiana en estado puro

David Felipe Arranz
lunes 14 de julio de 2025, 20:00h

Madrid, la urbe palpitante que abraza el arte como un amante febril el aire acondicionado, se ha rendido a la llamada de Giuseppe Verdi, el titán de Busseto que, con apenas treinta años, ya dejaba asomar en I Lombardi alla prima crociata el fuego de un genio en ciernes. En el Teatro Real, bajo la bóveda protectora de su salón romántico, la ópera temprana del maestro italiano se celebró en su versión de concierto, un oratorio profano que, sin tramoyas ni decorados, desató una tempestad estival de emociones entre el público sofocado.

Canto a la humanidad doliente y lienzo sonoro donde el alma colectiva de los cruzados, los amantes y los redimidos sobresale con el relieve de un fresco medieval, esta ópera fue estrenada en 1843 en la augusta Scala de Milán con el pulso del Risorgimento, ese anhelo de libertad que Verdi, profeta musical, canalizó en coros que son himnos y en arias que retumban en el corazón del público. Inspirada en el poema de Tommaso Grossi, la ópera entreteje los hilos de la venganza fraterna, el amor imposible entre Giselda y Oronte, y el clamor de las cruzadas, con un libreto de Temistocle Solera que, aunque un tanto enredado en sus ambiciones, no opaca la grandeza de esta partitura. Verdi es el pintor de emociones que, como Goya en sus Caprichos, mezcla lo sublime con lo humano, lo épico con lo íntimo.

La elección de presentar la obra en concierto fue un acierto por el aura mística creada: sin la distracción de la puesta en escena, la música se erigió como la protagonista absoluta y cada nota, cada silencio, sobrecogió al auditorio. Daniel Oren, el maestro al frente de la Orquesta Titular del Teatro Real, fue el demiurgo que moldeó el caos primigenio de la partitura verdiana en un cosmos de armonías: su batuta, precisa como un bisturí y apasionada como un pincel de Caravaggio, extrajo de la orquesta una paleta de colores que iba desde el fragor bélico de los metales hasta la delicadeza mística de las cuerdas. Oren, conocedor profundo del corpus verdiano, equilibró el ímpetu juvenil de la obra con momentos de introspección, como si dialogara con el propio Verdi en un tête-à-tête espiritual. El interludio del tercer acto, con su solo de violín, fue un instante de éxtasis puro, un lamento del cielo, y como un Orfeo moderno, hizo cantar a su instrumento con insólita intensidad de concertino.

El Coro Titular del Teatro Real, guiado por José Luis Basso, encarnó el alma colectiva: en “O Signore, dal tetto natío”, himno que clama por la patria perdida se alzó como un murmullo de humanidad, un eco de los anhelos de libertad que resonaron en el Milán de 1843 y que, en este Madrid de 2025, cautivaron con idéntica fuerza. Empastadas y vibrantes, las voces que desafían al destino emanaban como de la voluntad del pueblo, recordándonos que la música, como decía Nietzsche, es la expresión más pura de la voluntad. El reparto, mosaico de talentos, dio vida a los personajes con una entrega que trascendió las limitaciones del formato en concierto. Lidia Fridman, en el papel de Giselda, fue una revelación: la soprano rusa desplegó una voz de terciopelo y acero, capaz de navegar las endiabladas coloraturas de Salve Maria y de conmover hasta las lágrimas en “Oh! madre dal cielo soccorri”. Su Giselda no fue solo una heroína de cruzada, sino una mujer moderna, una Antígona que desafía la violencia en nombre del amor y la compasión. Francesco Meli, como Oronte, tenor de estirpe clásica, trovador que con su “La mia letizia infondere” evocó la pasión ardiente de un Romeo oriental, desplegó un fraseo, elegante y sentido, e hizo de cada aria un poema cantado. Iván Ayón Rivas, en el rol de Arvino, inyectó juventud y brío con su voz, clara y potente, como un clarín en la sala. Marko Mimica, como Pagano, aportó una gravedad tormentosa, con un timbre profundo que encarnó la lucha interna de un hombre entre el pecado y la redención. Y los secundarios —Miren Urbieta-Vega, David Lagares, Manuel Fuentes, Mercedes Gancedo y Josep Fadó— completaron este fresco renacentista donde cada figura, por pequeña que fuese, contribuyó a la grandeza del conjunto.

El público del Teatro Real, exigente como pocos, se rindió ante esta I Lombardi con una ovación que en esos días de julio, bullía con mayor calor y energía, dialogando con los aplausos de las funciones de La traviata; pero el de I Lombardi fue un canto efímero a la resistencia y la esperanza que Verdi. Su libreto, con sus vericuetos y excesos, puede desconcertar al espectador moderno, pero su música es un torrente de verano que arrasa a su paso con toda resistencia intelectual, un lienzo donde el joven compositor ya esbozaba los contornos de sus futuras catedrales sonoras. Giselda, con su grito de paz en un mundo de espadas, nos interpela hoy con la misma urgencia que en 1843, recordándonos que el arte, como decía Rilke, es el espejo donde el hombre y su época se reconocen. Y estas dos funciones, con la batuta de Oren, la pasión del coro y la entrega de un reparto estelar, fueron un recordatorio de que la ópera no es solo espectáculo, sino un ritual donde el alma humana se encuentra con lo eterno. El Teatro Real, con esta I Lombardi, cerró su temporada con un gesto de audacia y belleza, preparando el terreno para un 2025-2026 que, con Otello, Il trovatore e I masnadieri promete seguir honrando al genio de Busseto. ¡Que Verdi continúe sonriendo ante un Madrid que lo venera!

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