Roma, 24 de agosto del año 410 después de Cristo. Las hordas de Alarico se precipitan sobre la ciudad con el fin de saquearla. Se cometen asesinatos, raptos y violaciones. Algunos no soportan el terror y prefieren darse muerte. Al tercer día, los bárbaros dan por terminado el saqueo y marchan de la ciudad, no sin antes provocar un gran incendio. «La ciudad que había conquistado el mundo entero, ha sido conquistada», sentencia Jerónimo de Estridón.
Aristócratas paganos huyen de la ciudad y recorren el imperio narrando el horror bárbaro, del que culpan a los seguidores de Cristo. A finales del siglo IV, durante el mandato del emperador Teodosio I el Grande, se prohibieron los sacrificios a Júpiter y a su numerosa corte de dioses. Los paganos afirman que el saqueo es el castigo de sus dioses, encolerizados por no habérseles rendido culto.
La acusación pagana contra el cristianismo llega hasta el continente africano. En Hipona, en la actual Argelia, Aurelio Agustín de Tagaste, obispo de la ciudad desde el 395, tiene noticia de la reacción pagana tras el saqueo de Roma. Marcelino, miembro de la cancillería del emperador Honorio, insta a Agustín en el 412 a escribir una obra que responda a las acusaciones paganas. El obispo acepta la propuesta y desde ese mismo año inicia la elaboración y publicación de la magna De civitate Dei contra paganos en veintidós libros, que le llevará catorce años. Al concluir, en el 426, escribe sus Retractationes, y allí manifiesta el carácter apologético de su colosal obra: «Los adoradores de la multitud de dioses falsos, a los que designamos habitualmente con el nombre de paganos, en su intento de achacar dicha devastación [el saqueo de Roma] a la religión cristiana, comenzaron a blasfemar contra el Dios verdadero con mayor dureza y acritud que de costumbre. Por este motivo, yo, ardiendo en celo por la Casa de Dios, decidí escribir los libros Sobre la ciudad de Dios para hacer frente a sus blasfemias o errores».
El hispano Paulo Orosio, discípulo de San Agustín, en el libro séptimo de su Historiae adversus paganos, redactada entre el 417 y el 418, describe con detalle el saqueo de Roma. Afirma que Alarico dio orden a sus hombres de que «dejasen sin hacer daño y sin molestar a todos aquellos que se hubiesen refugiado en lugares sagrados y sobre todo en las basílicas de los santos apóstoles Pedro y Pablo». Fueron muchos los que se salvaron por acudir hasta aquellas basílicas en virtud de un suceso que narra Orosio. Uno de los godos de Alarico, de religión cristiana, encontró a una anciana virgen consagrada a Dios. Al pedirle todo el oro y la plata que poseía, ésta le mostró los vasos sagrados del apóstol Pedro. Informado Alarico del hallazgo, éste dio órdenes de que los vasos fueran trasladados hasta la basílica del apóstol, la cual se encontraba al otro extremo de la ciudad. El traslado, protegido por una escolta con las espadas desenvainadas, fue acompañado por la virgen anciana y por todo el que se declaraba cristiano, de modo que fueron muchos –cristianos y paganos– los que tuvieron ocasión de unirse a esta suerte de procesión que desembocaba en un templo declarado refugio por los propios saqueadores. Dice Orosio: «De todas partes los ‘vasos’ de Cristo se unen a los vasos de Pedro, y también muchos paganos se mezclan con los cristianos en una misma manifestación aunque no con la misma fe; de esta forma, esos paganos logran salvarse momentáneamente para mayor confusión suya». Estos mismos paganos que se salvan en virtud del respeto que inspira la religión de Cristo en los godos, son lo que después la culpan del saqueo. San Agustín, en el libro primero de la Civitate Dei, recrimina este comportamiento: «Hoy no moverían sus lenguas contra ella [la religión de Cristo] si al huir del hierro enemigo no hubieran hallado en sus lugares sagrados la vida de la que se vanaglorian».
La respuesta agustiniana a la acusación pagana no se dirige sólo a aquellos infieles que encontraron en los templos de los apóstoles su salvación. San Agustín, buen conocedor de la historia gracias a sus lecturas de Tito Livio, Varrón y Cicerón, rechaza la idea de que las calamidades que sufre el Imperio Romano sean achacables a la prohibición de los sacrificios paganos, pues antes de ésta ya acaecieron muchos otros infaustos sucesos: «Es preciso recordar los muchos y grandes males que pudieran venir a la mente o parezcan suficientes para la argumentación soportados por aquella ciudad o las provincias pertenecientes a su imperio antes que sus sacrificios fueran prohibidos». Recuerda San Agustín las Guerras Púnicas, el Edicto de Mitrídates o la guerra civil entre Mario y Sila como males que debieron soportar los romanos antes de la venida de Cristo.
La Ciudad de Dios, sin embargo, no se agota en la respuesta a las calumnias relacionadas con el saqueo de Roma. Esta obra, además, revela las contradicciones internas de un paganismo cuyos dioses locales se cuentan por docenas. Sin embargo, frente al politeísmo pagano, el monoteísmo cristiano planteará un problema de orden metafísico, ético y político al que sólo un ingenio como el del divino africano podrá hacer frente.