En Tupamaros en Uruguay. Orígenes, evolución y relaciones internacionales de la guerrilla urbana (1962-1976), los profesores José Manuel Azcona y Jerómino Ríos Sierra nos proponen una obra de referencia, cuyo objeto de estudio puede resultar desconocido para el lector español-europeo. En efecto, producto de razones complementarias, en el Viejo Continente existe un vacío, o quizás dejación, a la hora de abordar la trayectoria de guerrillas, insurgencias y grupos terroristas que actuaron en Iberoamérica durante las décadas de los 60s y 70s de la pasada centuria. Frente a esta constante, los autores tienen tras de sí una trayectoria sobresaliente en la que han investigado, entre otros, a Montoneros, Tupamaros o Sendero Luminoso.
La obra que tenemos entre manos sobresale por su estructura ordenada en 5 capítulos, el primero de ellos dedicado a un análisis más de tipo conceptual, y la abundancia de fuentes consultadas, tanto bibliográficas como en forma de entrevistas a tupamaros. Los testimonios de estos últimos enriquecen el trabajo de Azcona y Ríos, debiéndose poner en valor el esfuerzo adicional que conlleva este tipo de fuente primaria.
La exposición sigue un orden cronológico en el que relacionan de forma acertada tres planos: el local (Uruguay), el regional (Iberoamérica) y el global (Guerra Fría). Con respecto al primero de ellos, el país charrúa presentaba un rasgo que, a su vez, constituía una anomalía en el continente: a lo largo del siglo XX había consolidado unos altos niveles de prosperidad y una cultura democrática en la que el pacto gozaba de espacio propio, sin olvidar que el poder civil se hallaba por encima del militar.
En íntima relación con el argumento anterior, debido precisamente a ese clima de libertad, Montevideo se convirtió en lugar de acogida de perseguidos políticos procedentes de un escenario regional en el que las dictaduras militares se habían hecho con el poder. Sin embargo, como también sucedió en otros países vecinos (Chile o Argentina, por ejemplo), en los años 50 del siglo pasado, Uruguay sufrió una crisis económica derivada de la caída de los precios de las materias primas, lo que afectó negativamente a sus políticas desarrollistas.
Esto no supuso un hecho aislado; por el contrario, provocó el inicio de un ciclo de protestas y movilizaciones, sin olvidar el factor revolución cubana. De hecho, desde La Habana, el castrismo canalizó las relaciones internacionales mediante dos vías complementarias: por un lado, la diplomática, que tenía principalmente como interlocutores a los partidos comunistas de la región, y aquella otra implementada a través del Departamento América, encargada de mantener vínculos con los movimientos armados que fueron proliferando.
En este contexto aparecieron los tupamaros, existiendo una organización previa, el Coordinador, caracterizada por la variedad ideológica de sus integrantes (anarquistas, maoístas, marxistas, trotskistas…) y en el que destacaban dos figuras: Fernández Huidobro y Raúl Sendic. Sus primeras actuaciones en forma de marchas las describen Azcona y Ríos, y en las mismas reivindicaban derechos de corte laboral y social, ocupando la violencia un espacio de relevancia, en particular en lo que alude a la respuesta del Estado. En palabras de Raúl Sendic “hoy día nos podría dar más garantías individuales un revólver bien cargado que toda la Constitución de la República y las leyes que consagran derechos, juntos” (p. 27).
En cuanto a los cuadros tupamaros predominaba una clase media sin grandes carencias pero que tampoco realizaba gestos de ostentación y en la que se advirtió una significativa presencia de la mujer, si bien “ninguna de ellas llegó a ocupar un puesto en el Comité Ejecutivo (…) las mujeres tampoco eran consultadas cuando había que tomar decisiones en los procesos de toma de discusión establecidos desde la cárcel” (págs. 42-43).
Igualmente, MLN-Tupamaros, debido a la existencia de una democracia consolidada en Uruguay, encontró dificultades para definir a su antagonista político, obstáculo que solventaron con el autoritarismo de la presidencia de Jorge Pacheco iniciada en 1967. No obstante, lo fundamental fue su capacidad para perfilar su misión salvífica: “No somos delincuentes comunes, porque nuestra lucha no es contra los agentes policiales. Nuestra lucha es contra quienes utilizan las instituciones armadas y a quienes las integran para reprimir al pueblo y sostener sus privilegios” (pág. 43).
Con todo ello, los tupamaros nunca controlaron el territorio, su apoyo social fue de más a menos y la geografía de Uruguay les llevó a proponer el modelo de guerrilla urbana como forma de lucha. Durante parte de su trayectoria rechazaron el uso del terrorismo, una perspectiva que cambiará radicalmente como se apreció en el periodo 1969-1973. Al respecto, las acciones armadas se sucedieron, así como los secuestros. El punto de inflexión en el viraje tuvo lugar en 1968. En efecto, en el contexto de protestas estudiantiles, Líber Arce fue acribillado a balazos por la policía.
Como repercusión inicial, los tupamaros incrementaron su número miembros, pero también se detectó en ellos un exceso de triunfalismo alejado de la realidad. Dicho con otras palabras, la guerrilla urbana creyó que podía derrotar al gobierno de Pacheco operando desde la clandestinidad
Con todo ello, en esta evolución, el uso de la violencia, en particular contra los agentes del Estado, fue aumentando, de tal manera que su connotación “Robin Hood”, que le había granjeado algunas simpatías, desapareció. Además, los tupamaros comenzaron a secuestrar a personalidades extranjeras a las que identificaban con la injerencia externa en Uruguay. Este hecho desencadenó dos repercusiones antagónicas que reflejan de forma sobresaliente Azcona y Ríos: “En términos teóricos, la realización de todas estas acciones servía para poner a Uruguay, y a los tupamaros, en el centro mediático de la esfera internacional. Sin embargo, de la misma manera y en paralelo, algunas de estas acciones fueron el inicio del descrédito de la guerrilla, además de la razón para empezar a presionar y reclamar acciones de mayor calado en el gobierno de Jorge Pacheco” (p. 86).
Sin embargo, desarrollar el enfrentamiento en un espacio urbano dificultó notablemente su accionar, lo que se tradujo en la detención de sus cuadros de referencia, tras lo cual, la nueva cúpula multiplicó el uso de la violencia. Como reflejó Martínez Platero, entrevistado por los autores, “una reacción estúpida y facilona” (p. 60) que encontró la réplica por parte del Estado en forma de escuadrones de la muerte, descargas eléctricas o ahogamientos.
En última instancia, la suma de todos estos factores ofrece como resultado el fracaso, es decir, la derrota del proyecto revolucionario tupamaro, en lo que también influyó de manera clara “las dificultades para conectar con una sociedad que, más allá de problemáticas y situaciones de crisis, gozaba de un modelo político y social copado de libertades y garantías, alejado del significado de la violencia que tenía lugar en el resto del continente” (p.17).
Asimismo, en la obra hallamos un apartado de inmenso valor y es el que alude a la dimensión internacional de los tupamaros. La persecución sufrida en Uruguay provocó que algunos de sus miembros se establecieran en el Chile gobernado por Allende (1970-1973), aunque rechazaban que éste hubiera accedido al poder a través de la vía electoral.
En el país andino mantuvieron relaciones, no siempre amistosas ni de cooperación con el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), integrando finalmente la Junta de Coordinación Revolucionaria, bajo el liderazgo escasamente democrático del PRT-ERP argentino. Esta organización, además de desdibujar el perfil de los tupamaros, tampoco contaba con los recursos precisos para hacer frente a la oleada autoritaria, represora y liberticida que se fue consolidando en el Cono Sur a partir de 1973.
En definitiva, una obra de consulta obligatoria para docentes e investigadores que tengan como objeto de estudio la violencia política. Azcona y Ríos nos acercan a un actor, MLN-Tupamaros, diseccionando con precisión de cirujano sus motivaciones y medios, así como las consecuencias de sus acciones tanto en tiempo real como en forma de legado.