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Aniversario constitucional

sábado 06 de diciembre de 2008, 02:36h
La Carta Magna española cumple hoy 30 años, dentro de un marco algo menos enrarecido que en ocasiones anteriores. Puede influir el hecho de que este año, asuntos tales como el Estatut de Cataluña o diversas veleidades nacionalistas hayan perdido su cuota de protagonismo, desbancados por la crisis económica. Además, se antoja difícil celebrar institucionalmente un evento democrático de tal relieve, cuando en España hay quien no respeta derechos fundamentales. Como el derecho a la vida, segado hace bien poco a un ciudadano vasco en pos de una causa que es expresión de la sinrazón nacionalista radical. Con todo, 30 años de un texto constitucional tan importante para la historia contemporánea española suponen todo un acontecimiento.

Tres décadas en democracia. España salía de una dictadura que duró casi medio siglo, precedida de una guerra “incivil” que partió al país en dos. Costó mucho cerrar esas heridas -que algunos parecen hoy empeñados en reabrir-, pero se consiguió. Y el pueblo español refrendó en las urnas un texto legislativo supremo que daba las pautas básicas de funcionamiento a un nuevo proyecto de convivencia que echaba a andar. Fueron muchas las discusiones, negociaciones y polémicas, alguna de las cuales continúa hoy latente. Pero, así las cosas, puede afirmarse sin duda alguna que la Constitución Española de 1978 fue una pieza clave para que la Transición llegase a buen puerto. Además, es una buena constitución, en opinión de la gran mayoría de constitucionalistas. Politólogos e historiadores van más allá: consideran que la Constitución es buena, en la medida que fue consensuada. Todos debatieron y todos cedieron. Todos, se entiende, menos los nacionalistas. Es buena, pues, porque es una constitución pactada. Y el pacto no estuvo presidido por el miedo y la claudicación, como algunos nos quieren hacer creer ahora. El pacto fue un producto del convencimiento de que había que llegar a un acuerdo general y de que los cuerdos se alcanzan cediendo todos un poco. Ese fue el espíritu razonable que informó la Constitución española de 1978. Por eso ha durado. Celebremos su vigencia, y que cumpla muchos más. Sin necesidad de aventuras reformistas intoxicadas por el trágala contra el enemigo, en lugar de buscar el acuerdo con –y la comprensión- del rival político.
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