La revista uruguaya Marcha, dirigida con valentía por el periodista y escritor Carlos Quijano como un nicho del socialismo revolucionario que estaba muy caliente en América Latina, publicó en su edición del 12 de marzo de 1965 un texto especial enviar desde Argel por Ernesto Che Guevara para establecer lo que sería la construcción del socialismo desde el hombre revolucionario.
El texto se tituló “El socialismo el hombre en Cuba” y ahí volcó el Che, dos años antes de su captura y fusilamiento en Bolivia, su propuesta teórica de edificar el socialismo a partir de cambiar la mentalidad del hombre para que pasará del egoísmo capitalista en situación de subdesarrollo al sacrificio conjunto y social para definir en la práctica la justicia y equidad que planteaba el discurso ya comunista del comandante Fidel Castro Ruz.
Esta referencia tiene una explicación coyuntural: el recordatorio de un año de uno de los tantos últimos levantamientos sociales y populares contra el ejercicio dictatorial de la política, todavía no contra la idea del comunismo en su construcción basada en sacrificios que llevan ya 66 años de los castristas en el poder férreo del puño represivo. Las protestas de hace un año fueron calificadas por la periodista Yoani Sánchez como expresiones de la “desfachatez represiva”, y en medio de un comportamiento realmente dictatorial del presidente Miguel Díaz-Canel.
En su blog digital que ha sobrevivido acosos y represiones, Sánchez recordó aquellas protestas de hace un año y explicó los elementos que la llevaron a la caracterización de “desfachatez represiva” del régimen Cuba:
El propio gobernante del país, Miguel Díaz-Canel, se sacudió cualquier barniz de compostura y pronunció ante las cámaras de la televisión nacional una fatídica frase que quedará para la historia: "La orden de combate está dada”. En aquel instante se quebraron décadas de aparentar buen talante de cara a la comunidad internacional y de negar, con énfasis, cualquier acto represivo hacia la ciudadanía. Fue un parteaguas para muchos que, a pesar de las frecuentes denuncias de activistas y periodistas independientes, seguían creyendo que el sistema cubano era incapaz de castigar con fuerza una manifestación popular y mayoritariamente pacífica.”
Una cosa son aquellos años en que las imágenes combatientes de Fidel, el Che, Camilo y tantos otros prendieron estímulos de expectativas para cambiar las condiciones sociales de países marcados por la desigualdad social. Pero hay que recordar que el simbolismo tiene que matizarse: el primero de enero de 1959, los castristas tomaron el poder en La Habana y entraron al Palacio de Gobierno, mientras el dictador Fulgencio Batista escapaba por la puerta trasera rumbo al aeropuerto para huir del país con maletas cargadas de dinero.
Pero en 1961 se encendieron las primeras alarmas intelectuales: escritores y comentaristas sociales que apoyaron con su vida la revolución cubana, protestaron porque las autoridades burocráticas del régimen habían cerrado los espacios de la libertad creativa y les habían quitado papel para imprimir publicaciones y libros. A mediados de ese año, el presidente Fidel Castro tuvo una muy dura reunión de choque frontal contra los intelectuales y ahí acuñó la frase que definió su dictadura: “con la revolución, todo; contra la revolución, ningún derecho”.
De modo natural, Castro deshizo toda su imagen de líder social que había construido en su famoso discurso “condenadme, no importa, la historia me absolverá” con la argumentación de su defensa por haber encabezado el fracasado asalto guerrillero al cuartel Moncada, lejos, por cierto de La Habana. En esa maratónica reunión de tres días con intelectuales, Fidel Castro líquidó sus compromisos democráticos y revolucionarios y convirtió al régimen en una dictadura.
Lo que vino después fueron las confirmaciones en los hechos de las evidencias no ocultas de Castro a mediados de 1961. La estrategia de Fidel fue manipular todo tipo de apoyos en función de su interés de mantenerse al frente del poder. La semana pasada en la Ciudad de México la alcaldesa de un municipio capitalino tomó la decisión de quitar dos estatuas tamaño natural de Fidel y el Che que estaban colocadas en una banca de un jardín y las mandó a una bodega.
México apoyó desde el principio a la revolución cubana. El jefe de la seguridad política del Estado mexicano, Fernando Gutiérrez Barrios, atrapó a Fidel y el Che, pero los liberó y los cuidó para que pudieran abordar el yate Granma y hacer la revolución en Cuba. La izquierda mexicana se definió ideológicamente entre una revolución más populista que socialista, pero catapultada por las ideas comunistas de Fidel.
Entre muchas otras, es destacar una de las grandes tradiciones ideológicas, políticas y morales de Fidel con izquierda mexicana. Durante su tiempo guerrillero, Fidel obtuvo el apoyo político y moral del expresidente Lázaro Cárdenas, pero en 1988 Castro traicionó ese compromiso moral al estar presente en la toma de posesión del presidente Carlos Salinas de Gortari en diciembre de 1988, cuya victoria había sido impuesta por fraude contra la candidatura popular de centro-izquierda de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, hijo del expresidente Cárdenas.
Y por si fuera poco, 20 años antes, Fidel traicionó sus lealtades y solidaridades con el Partido Comunista Mexicano: primero, Castro apoyó sin rubor la invasión de tanques soviéticos a Praga para reprimir la experiencia de un socialismo democrático y después Castro guardó ominoso silencio frente a la represión de los estudiantes mexicanos en cuyo bloque político participó con liderazgo real el Partido Comunista Mexicano; en los hechos, Fidel se postró ante el poder dictatorial de Moscú y del presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz que está desde entonces en el ominoso salón de las represiones brutales contra el pueblo.
En todo este escenario solo queda una indagación para entender los futuros de Cuba, un país ahora en la peor pobreza y represión de su historia: ¿dónde está el comandante Raúl Castro, jefe político de Cuba y heredero monárquico de su hermano Fidel? A los 94 años, Raúl puede ser solo ya una momia que prefigura la imagen de aquella revolución cubana que alguna vez estimuló a los jóvenes en los sesenta.