En el siempre motivador e imperial marco del Festival de Teatro de Almagro esta temporada hemos visto con gozo emocionado Fuenteovejuna, versionada por María Folguera, valientemente dirigida por la gran Raquel Camacho, y con vestuario de la siempre inspirada Rosa García Andújar. Magnífica la dicción castellana de todos los actores y concienzuda arqueología en la indumentaria y el atrezzo, que le daban un barniz étnico y vernáculo muy agradable, y que se avenía bien con resaltes surrealistas que subrayaban la violencia de esta inmortal tragedia política. La escena de la boda entre Laurencia y Frondoso, interrumpida en su mayor apogeo por las detenciones que perpetra el tirano, es buena muestra de verdadera etnografía teatral, con música popular e instrumentos populares, como el rabel, la dulzaina y el tamboril, a lo que ayuda el magnífico vestuario regionalista, recreado por la imaginación sabia de García Andújar, y la brillante coreografía de Sara Cano.
Esta historia que nos cuenta Lope seguirá siempre apelando, a través de los gritos limpios de Laurencia, personificación del honor y la dignidad del pueblo, contrapunto del avasallador y corrompido honor de la nobleza, al pueblo verdadero contra todo tipo de poder, salvo aquél que no se separa del pueblo, como el del alcalde, Esteban, padre de Laurencia, que no se separará de su pueblo jamás, contraviniendo las mañas de toda casta política ( “separatus ut imperet” ). El pueblo, esa parte de la ecuación que representa esencialmente el no-poder, aquello que no fabrica jamás la Historia con batallas y masacres, y que, como tal, está expuesto a la dominación y abuso de los bárbaros que hacen la Historia, que representan el término actante del poder, “enfermedad de los reyes”, tò tôn basileôn nosêma”, que diría Platón, debe estar siempre preparado, con las guadañas de la siega bien afiladas, para eliminar al políticamente poderoso que se torna tirano. Sin duda alguna, la guerra civil entre la reina Isabel y su sobrina Juana, mal llamada la Beltraneja, produjo una falta de autoridad represiva en muchos lugares de Castilla, una falta de seguridad para los tiranos locales, los potentiores, que pudo ser aprovechada por el pueblo para vengarse y resarcirse un tanto de los abusos y desafueros del poder eviterno. No olvidemos que Laurencia informa a Pascuala que el Comendador ya lleva a muchas muchachas de Fuenteovejuna “descalabradas”. Y Pascuala le advierte a la hermosa Laurencia, como un mal presagio, de que hay muchas posibilidades de que le pase a ella también. Laurencia, el espíritu del pueblo por antonomasia, que tiene una visión de la dignidad del hombre que unos pocos años más tarde sistematizará desde las aulas de Salamanca el padre Vitoria, es un alma invendible, que siente que el valor singular de cada hombre, creado por Dios, hay que defenderlo por encima de todo, por encima de la vida misma, a fin de que ésta tenga algún valor. Hija de su padre, el alcalde, tiene éste, obviamente, la misma visión del honor. Se tiene constancia de que Lope de Vega estudió muy bien los sucesos que produjeron aquella revolución local, que ennoblece al pueblo español, y que el discurso del drama no diverge mucha de la realidad concreta. Muy mal parado queda la parte del pueblo lacayo que pide feroz castigo a los Reyes Católicos. Se parece a aquel diputado zapatero de la Asamblea Nacional francesa que cuando todos los demás diputados, ochenta de ellos aristócratas, decretaron la eliminación de los títulos nobiliarios, sólo él, zapatero plebeyo, votó en contra. El lacayunismo como narcisismo del esclavo. Por otro lado, Lope tiene la suerte en esta historia de que el comendador tirano pertenecía al bando perdedor en aquella guerra civil, extremo éste que hace a Fuenteovejuna menos peligrosa y subversiva en aquella época, pues que el poder triunfante consiente que se pinte como malvado al señor que pierde la guerra, pero que cuatro siglos después, ajenos ya a aquellas circunstancias de la historia política, las gestas de los señores, podamos disfrutar incircunstancialmente del glorioso tiranicidio.
En el clímax de la obra, cuando la heroína Laurencia – impactante la interpretación de Cristina Marín-Miró -, se presenta desnuda y con el sexo sangrante ante su padre, el alcalde Esteban – muy buena también la interpretación de Jorge Kent – y ante los demás hombres de la Junta local, tras su violación, y hace una larga exhortación tremenda, parenética, a los representantes de Fuenteovejuna para que se levanten contra el tirano violador, llama a los hombres del pueblo, aún quietos y renuentes al alzamiento y a la venganza, “maricones”, y esto significa que, gracias a Dios, aún los grandes directores, como lo es Rakel Camacho, no se atreven por sensibilidad literaria a meter la tijera censora en los sagrados textos clásicos, siguiendo las directrices inquisitoriales de los dogmas totalitarios de Lo Políticamente Correcto.
Unas cuantas filas más adelante de nosotros, se encontraba viendo la obra el ministro Óscar López. Y uno celebra que el poder se eduque en este tipo de obras que recuerdan que, en última instancia, el poder lo tiene quien el pueblo soporta y que los que constituyen el poder, como Lope nos señala, son pocos, a diferencia de los que lo sufrimos, que somos muchos y podemos exterminarlo cuando se haga tiránico y haya colmado nuestra paciencia. ¿Habría leído el gran Lope al joven pensador francés Étienne de la Boétie? Hay pensamientos universales a los que uno llega sólo con usar una mente limpia, exenta de los prejuicios de los esclavos, y haber leído un poco a los griegos.
Algunos espectadores no entendieron los desnudos en las mazmorras de la Santa Hermandad. Ello tiene que ver sólo con el realismo histórico. Las torturas se practicaban con el cuerpo completamente desnudo de la víctima, otra forma de indefensión moral que debilitaba el ánimo de los presos. En definitiva, una magnífica adaptación que nos reconcilia un poco con el teatro español. Con Rakel Camacho vuelve el teatro coral, entendido como la caterva de actores, figurinistas, guionistas y directores de escena. Un poder artístico plural que hace más difícil a la Administración corromper el sentido prístino de la obra, y cuya libertad propicia la obra de arte.