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TRIBUNA

El verano y la frivolidad

domingo 27 de julio de 2025, 21:07h

Le sienta como un guante. Es más, sería ofensivo que no se expresara en toda su magnitud. Las horas estiradas y brillantes como el barniz sobre las maderas que quieren ganar un poco más de tiempo, un poco más de lustre. Nada importa. Todo lo hace. Todo es necesario. Prescindamos, pues, de lo que nos apetezca, de lo que consideremos un fardo en favor de lo superficial. La decisión no causará daño, no si sabe hacerse debidamente. El verano es adaptarse a lo que da muy poco y aun así entregarnos de más. Se parece al enamoramiento. Hay un gozo que tiene bastante de alma torturada por el hecho de buscar con ahínco los parecidos entre ese estado sentimental y lo atmosférico de la estación. Hay un mismo gozo torturado en decir que ya no se cree en el amor, para después caer completa y profundamente rendido. Nos pasa a todos.

En su primera novela, Jaime Rodríguez ha querido dar testimonio de esa situación tan trágica que es, no estar enamorado desmedidamente de alguien, o por el contrario, dejar de estarlo, sino darse cuenta de que al final todo lo que nos queda o nos sustenta es eso, ese espejismo de ternura y dureza. Y eso es lo peor de todo.

Muérete, Cupido ha sido pergeñada a lo largo de un año por quien en el fondo sabe que va a terminar como empezó, que no tiene garantías de que esa siguiente vez vaya a ser diferente, de que vaya a haber una siguiente vez siquiera. El deseo maltratado puede picar muy alto en una noche, pero al alba se verá reducido a escombros porque no ha dejado de serlo. ‘Quiero que sea verano e ir sudando en un tren destartalado que se dirige a algún sitio al que ninguna red social haya llegado jamás. Quiero no saber muy bien hacia dónde voy, tener el pelo sucio y la cara quemada. Pero los dientes limpios. […] Quiero apostar acerca de si echamos otro porque ya sería indecente echar otro. Pero quiero acabar echando otro. Quiero tatuarme su nombre, pero no quiero saber su apellido’, reclama a la nada en uno de los episodios finales, evidenciando la algazara de intenciones y desvaríos que nos provoca. Mezclados con algunas referencias actuales, se quita un poco de hierro a pesar de su candencia. Y es que enamorarse en verano es un acto realmente frívolo.

Hay mucha irregularidad en este debut literario, un peculiar abuso de las mayúsculas, aunque transparenten —irónicamente— minúsculas catarsis juveniles que acaban haciéndose simpáticas, pero sirve el conjunto de añadidura a estos días contradictorios de trajín, de lentitud; al colmo del vértigo y del espesor. Volveremos a encontrarnos en el mismo punto. Volverán a escribirse novelas que cuenten todo lo que se aguanta. Cuántas páginas con sus dudables respuestas se quedarán por el camino.

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