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TRIBUNA

Trump y la octava parte de su mandato presidencial

martes 05 de agosto de 2025, 18:30h

Hace pocos días se ha cumplido el medio año desde la llegada de Donald Trump (por la segunda vez) a la Casa Blanca washingtoniana para iniciar su nuevo mandato presidencial. Así que, es un momento de resumir – como se ha hecho cuando se cumplieron sus primeros “cien días” – los resultados de su gestión transcurrido el primer “medio año” en el puesto del presidente de los Estados Unidos de América.

Hay que destacar que los resultados son altamente positivos. Para no decir “impresionantes”, que para algunos tal valoración puede parecer algo exagerada. De todas formas, es uno de los mejores resultados, conseguidos por cualquier presidente norteamericano a lo largo de toda la historia norteamericana, en tan corto periodo de tiempo. Tanto en la política interior como en la exterior, que son dos partes indivisibles del plan de las reformas “globales” que el presidente Trump pretende llevar a cabo como líder de un país más poderoso del planeta, de cuya situación económica y militar depende todo el equilibrio mundial.

Los logros son tan evidentes y tan a la vista, que incluso los adversarios más acérrimos de Trump están callados como nunca, ya que no encuentran prácticamente por dónde agarrarse para criticar e insultar al presidente norteamericano, lo que están haciendo a diario en determinados medios de comunicación, influenciados por el Partido Demócrata norteamericano y por sus acólitos en el mundo entero.

Es que todos los pronósticos de los gurús económicos y de los “expertos” en geopolítica, sobre el desastre económico mundial que las acciones de la administración Trump debían haber producido, fracasaron estrepitosamente. ¿Por qué digo “estrepitosamente”? Porque las grandes reformas muy rara vez demuestran unos resultados positivos en tan corto periodo de tiempo, como es el caso que estamos analizando.

La hábil política arancelaria de Trump (utiliza los aranceles no sólo como un instrumento puramente económico, sino también político), que tantas críticas ha suscitado, no ha llevado ni a una guerra comercial “planetaria” ni a una “brutal” recesión económica (a la del año 1929) en los propios Estados Unidos, en lo que tanto insistían los mejores expertos económicos del mundo, incluso algunos premios “Nobel” de la economía. La política “isolazionista”, falsamente atribuida a Trump, no sólo no ha aislado a los Estados Unido del resto del mundo, sino ha estrechado y ampliado, como nunca, sus relaciones en el ámbito internacional.

La inmensa mayoría de los países han reconocido que Trump tenía razón, cuando afirmaba que existía un fuerte desequilibrio comercial mundial en contra de los intereses de los EEUU, como consecuencia de todo tipo de obstáculos que estos países estaban poniendo a la entrada de los productos norteamericanos en sus respectivos mercados, mientras ellos aprovechaban al máximo a su favor las facilidades del mercado estadounidense ampliamente abierto a los productos extranjeros.

Al reconocerlo, los líderes de estos países empezaron las negociaciones con la administración norteamericana, para llegar a unos acuerdos bilaterales más equilibrados y más “justos”. Incluso, el más reacio y más beligerante contrincante de Estados Unidos, como República Popular China – que como ningún otro país estaba aprovechando de los privilegios y las facilidades del desprotegido mercado norteamericano – tuvo que admitirlo y llegar a un acuerdo comercial “aceptable” con la administración Trump.

Esta política de ajustes arancelarios ha permitido a las autoridades fiscales estadounidenses no sólo reducir el déficit fiscal, sino llegar a obtener un superávit, que en junio pasado ha llegado a 27 mil millones de dólares, mientras el pronóstico de algunos “expertos” apuntaba a más de 50 mil millones de dólares, pero de déficit.

Todo esto fue posible, gracias a la entrada masiva del dinero fresco en las arcas del Estado, procedente de los aranceles, que sirvieron de contrapartida a los gastos, presupuestados por la administración Biden (hasta octubre de 2025 seguirá en vigor el presupuesto aprobado por la anterior administración norteamericana).

Se espera que muy en breve los Estados Unidos firmen los nuevos acuerdos comerciales con la inmensa mayoría de los países (cerca de 200), desde los más pequeños hasta los más grandes. Entre ellos con la Comunidad Europea, uno de los acuerdos más importantes para el equilibro del comercio mundial.

Por otro lado, el equipo económico de Trump ha conseguido aprobar en el Congreso una de las más ambiciones leyes económicas en toda la historia de los EE.UU (OBBB, siglas en inglés del “One Big Beautiful Bill”), que incluye recorte de impuestos para una importante parte de los trabajadores estadounidenses, medidas de seguridad fronteriza, reformas al sistema de salud, modificaciones al gasto social, ampliación de los gastos en los proyectos de muy alto rendimiento, relacionados con la IA, energía, industria del automóvil, militar y otra producción industrial, de la que hasta ahora los EE.UU están dependiendo de otros países, principalmente de China.

La política de Trump de ofrecer las ventajas fiscales y arancelarias a los inversores extranjeros que decidieran producir en el territorio norteamericano, ha permitido al equipo económico de la Casa Blanca atraer ya más de 2 billones de dólares de inversiones para los próximos años en el sector industrial estadounidense. Este aluvión de dinero vendrá de los países árabes más ricos, como Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Catar, así como de las más desarrolladas potencias asiáticos como Japón y Corea del Sur.

Con tanta inversión en curso se están creando nuevos puestos de trabajo, cuyo número, en seis meses del gobierno de Trump ha alcanzado la cifra de 700.000. Otros indicadores del buen estado de salud de la economía norteamericana, bajo la gestión de la administración Trump, están batiendo sus propios récords, como, por ejemplo, la inflación, que ronda 1,67%.

Impresiona el éxito abrumador de otro de los elementos claves del programa electoral de Trump, el de su política migratoria, cuyo objetivo es reducir al máximo la inmigración ilegal, controlando la frontera del sur (con México). El resultado: desde el mes de junio no ha entrado en el territorio norteamericano ni un – ¡NI UNO! – inmigrante ilegal. Para la comparación, durante el mandato del presidente Biden han entrado ilegalmente en el territorio norteamericano más de 12 millones de inmigrantes, entre ellos miles y miles de delincuentes de todo “genero”: asesinos, violadores, ladrones, asaltantes con armas (la variedad es muy amplia).

Pues, a los delincuentes la administración Trump está aplicando la mano dura, expulsándolos forzosamente del país y, al mismo tiempo, está empleando otras fórmulas más suaves con los inmigrantes menos peligrosos. Una de ellas es la de “auto expulsión”: al inmigrante ilegal se le ofrece abandonar “voluntariamente” el territorio norteamericano y posteriormente presentar la solicitud para una entrada “legal” a los Estados Unidos.

Ya más de 900.000 inmigrantes ilegales han optado por esta fórmula y el proceso va en aumento. Los que no quieren abandonar voluntariamente el territorio norteamericano serán deportados por la fuerza y su número ya ha alcanzado la cifra de 400.000. Todas estas medidas podrían ser un buen ejemplo a seguir para los países europeos, España incluida, que padecen del mismo problema de la inmigración ilegal.

En la palestra internacional los logros de la administración Trump también son significativos. Su política de pacificación en los puntos más calientes y explosivos del globo está dando unos resultados positivos y esperanzadores.

Como el conflicto entre India y Pakistán, que estaba entrando en la fase de un enfrentamiento armado, y fue apagado gracias a la intervención mediadora directa del presidente Trump, que ha evitado una guerra entre las dos potencias nucleares en la zona.

O la gestión pacificadora de una larga guerra fronteriza entre las milicias de Ruanda y de la República Popular de Congo, que acabó con la firma de paz entre las partes enfrentadas.

Más complicadas han sido y siguen siéndolo las gestiones de la Casa Blanca en dos conflictos mucho más graves: la guerra entre Rusia y Ucrania, que dura ya más de tres años, y la guerra entre Israel e Irán (junto con sus proxis, Hamas en Gaza y Hezbolá en Líbano), que dura ya varias décadas.

En la guerra ruso-ucraniana Trump ha tropezado con unos obstáculos que no los imaginaba, cuando prometía parar esta guerra en un breve periodo de tiempo. Las posturas intransigentes de los lideres ruso y ucraniano han obligado a Trump a tomar más tiempo para convencer a ambas partes a sentarse a negociar la paz. De todas formas, el proceso se ha iniciado. Se han producido ya tres encuentros “directos” entre las delegaciones rusa y ucraniana – cosa inimaginable hace muy pocos meses – al objeto de elaborar el plan de cómo parar la guerra y negociar un acuerdo de paz justo y duradero.

No voy a entrar en los detalles de estas negociaciones, con la mediación de los EEUU – son muchos y podrían ser el tema para otro artículo –, pero espero que las habilidades negociadoras de Trump y de sus ministros y asesores pronto demuestren su eficacia, y las partes enfrentadas declaren el alto el fuego y comiencen las negociaciones de paz.

En el “nudo gordiano” del conflicto en el Oriente Medio se ve un indiscutible progreso hacia la pacificación general en la zona, con un notable debilitamiento de Irán y de sus proxis, enfrentados militarmente con Israel. Por otro lado, van mejorando las relaciones de convivencia pacífica entre Israel y el resto de los países árabes en la región, dentro del marco de los “Acuerdos de Abraham”, que Trump había empezado a llevar a la práctica durante su primer mandato presidencial, hace cuatro años, con unos resultados muy prometedores, pero desafortunadamente fue interrumpido durante la presidencia de Biden.

Podría seguir citando más éxitos de la administración Trump cosechados durante los primeros seis meses de su gestión, pero el formato del artículo no lo permite. Y es sólo una octava parte del mandato de Donald Trump, nos esperan otras siete. Si resultan igual de positivos, seremos testigos de nuevas grandes mejoras, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo.

La política aperturista y no “isolazionista” del Presidente Trump está fortaleciendo el liderazgo de los Estados Unidos en la arena internacional. Está devolviendo de nuevo a Norteamérica a la primera línea de combate contra los enemigos de la democracia, de la paz y del progreso. Los Estados Unidos ya han conseguido debilitar – en sólo seis meses – el nuevo “eje del mal” (Rusia de Putin, China de Xi Jinping, Corea del Norte de Kim Jong-un y del Irán de los ayatolas, con sus cómplices menos importantes), surgido en el mundo para sustituir el anterior “Imperio del mal”, derrotado en los tiempos del Presidente norteamericano Ronald Reagan.

Todo esto me produce optimismo – que quería compartir con el lector, escribiendo este artículo – de que en los próximos años seremos testigos de unos cambios muy positivos, que nos afectarán favorablemente a todos, de una que otra forma, mientras el plan integral de las reformas de Trump prosiga su camino. Contra todos los pronósticos alarmistas intencionados, que están practicando unos políticos, medios de información y periodistas, carentes de escrúpulos y de objetividad que exige el ejercicio de tan nobles profesiones.

No pretendo, con todo lo que he escrito, a idealizar la gestión del presidente Trump. El mundo es extraordinariamente complejo y el programa de reformas del presidente norteamericano no es menos ambicioso. Además, viene con un gran retraso. Es muy probable que se equivoque en uno que otro planteamiento, no acierte en algunas gestiones o fracase en otras. Pero como demuestran los resultados de los primeros seis meses de su gestión, el vector de los cambios que él está promoviendo va en una dirección correcta y con ritmo es vertiginoso.

El presidente Trump demuestra firmeza, decisión, tenacidad en su intento de alcanzar los objetivos, que había anunciado y prometido en su programa electoral. Contra viento y marea de las críticas infundadas y a pesar de los palos que se le están poniendo en la rueda de sus reformas.

Vamos a desearle suerte y nuevos éxitos en su tarea tan difícil. Muchísima gente se quedará favorecida en todos los rincones del mundo. Estoy seguro de ello.

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