Aquí ya hice referencia a la situación de tensión nuclear que se presentó en el contexto de los disturbios del 6 de enero del 2021, cuando los seguidores radicalizados y enloquecidos de Donald Trump tomaron por asalto el Capitolio y estuvieron a punto de estallar un golpe de Estado.
Cité los datos del periodista Bob Woodward en su último libro Guerra cuando, también enloquecida, la jefa de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, le llamó al jefe del Estado mayor conjunto o la coordinación de todas las Fuerzas Armadas estadounidenses para exigirle no solo seguridades sino medidas concretas para que el presidente Trump no usara el balón nuclear contra algún país --al parecer era China—para crear una guerra que le permitiera seguir en el poder, cuando ese 6 de enero en el Capitolio justamente se iba a dar lectura a la victoria electoral del candidato demócrata Joseph Biden.
El entonces jefe del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas le garantizó a la jefa legislativa que esas circunstancias eran imposibles porque había muchos mecanismos intermedios de control sobre las armas nucleares y que el presidente de la nación no podía por sí mismo autorizar el lanzamiento de agresiones atómicas contra cualquier país.
De regreso a la Casa Blanca, el presidente Trump está usando la guerra en este caso contra Irán y jugando con las armas nucleares porque lanzó misiles contra instalaciones iraníes que presuntamente estaban terminando de fabricar todos los aditamentos para construir bombas nucleares. Y ante la guerra de Ucrania, Trump ya también lanzó amenazas de utilizar arsenal nuclear contra Rusia si no firmaba la paz lo más pronto posible.
Este recordatorio se hace en estos días que acaban de recordar el 80 aniversario de la utilización por parte de Estados Unidos de bombas nucleares contra las poblaciones japonesas civiles de Hiroshima y Nagasaki, causando una masacre de alrededor de 200 mil muertos y evidencias concretas en toda la población que resultó afectada con cáncer por las secuelas del uso de bombas nucleares. Como era de esperarse, el presidente ruso Putin también está utilizando la amenaza nuclear como instrumento de negociación política en la guerra de Ucrania.
La disolución de la Unión Soviética dejó la herencia maldita del arsenal nuclear y a la fecha no se han destruido armas nucleares que siguen en algunos países que formaron parte de satélites en Moscú.
Después de Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos y la Unión Soviética tuvieron un incidente que estuvo a punto de derivar en una guerra nuclear: en octubre de 1962, Washington descubrió que Moscú estaba terminando de instalar misiles ofensivos en La Habana, Cuba, a los míticos 90 millas de las cosas de Florida. En ese incidente hubo un momento de tensión cuando Estados Unidos bloqueó la llegada de barcos soviéticos y éstos estuvieron a punto de abrirse camino a Cuba con ofensiva militar.
Las armas nucleares deben ser consideradas como de operación ofensiva, pero un escenario en que no existe ningún mecanismo de defensa. A 80 años del estallamiento de bombas en Hiroshima y Nagasaki el testimonio de John Hersey, entonces corresponsal de la revista Time, en su reportaje Hiroshima sobre lo ocurrido en esas ciudades debe ser revivido y reproducido a los jefes de gobierno para ahuyentar para siempre la amenaza nuclear.
Lo grave del asunto es que muchas naciones han estado buscando de manera desesperada la producción o adquisición de arsenal nuclear para defenderse de agresiones externas o para pensar en expansionismos geopolíticos. Hersey arma su libro con testimonios directos de personas afectadas por las bombas nucleares y ahí están esas realidades que deben recordarse cada año en agosto para el ilustrar hasta dónde puede llegar la falta de conciencia de gobernantes civiles y militares.
El mundo no debe olvidar, pues, que el estallamiento de dispositivos nucleares solamente convierte la tierra en un infierno.