El dueño de una casa rural, situada en zona muy pastoril, es objeto de quejas de algunos de sus clientes. Y es que unas gallinas próximas a su establecimiento cacarean a horas que no son normales. De hecho, en algunos pueblos, ya han optado por poner letreros advirtiendo a los veraneantes que han entrado en zona de tañer las campanas y de gallos acostumbrados a llevar la voz cantante. Pedro Sánchez y sus equivalentes, por ejemplo, están metidos en un gallinero sin salida. Pero este es otro corral.
Que ahora un gallo cante a deshora y moleste a los clientes de un albergue rural no es más que el principio de la revolución. Yo, si fuera uno de los perjudicados, huiría a toda prisa. Imaginen que al jerarca gallináceo, después de bien comido, bien desahogado de gallinas y henchido su ego, alguien quisiera privarle de cantar La Traviata a las cuatro de la mañana y a pleno pulmón. Nadie en su sano juicio. Cuando las gallinas pierden su pienso por un gallo así, lo mejor es hacer las maletas y buscar la paz rural en el Monasterio de Santo Domingo de Silos. Por cierto, muy recomendable asistir a los cantos gregorianos en la misa vespertina de Maitines.
El ser tiquismiquis lo tiene crudo si trata lo rural como algo del más allá, creyendo que es un confín de luciérnagas con las pilas gastadas o en donde las cigarras cantan para desquiciar la siesta al turista. Pues no, las cigarras o chicharras lo hacen para atraer a las hembras en época de apareamiento y el que la sigue la consigue. Mientras que las luciérnagas o gusanos de luz emiten secuencias de destellos luminosos para lo mismo, o sea, atraer a sus parejas a base de efectos especiales. Como verán, el ruralismo está lleno de erotismo “a capela” y sin tantas sombras de Grey. Los urbanitas vivimos en un presente distinto y nos creemos con derecho a cambiarlo todo. Lo más conveniente es que, al salir de la ciudad, dejemos nuestras tribulaciones y nuestros olores postineros. En el medio rural huele a lo que huele y las cosas saben a lo que saben. Frente a una bosta de vaca compiten los huevos fritos con morcilla, el buen vino de pitarra y el pan de pueblo.
El problema, según la queja de los clientes afectados, es que las gallinas no cantan a horas normales. Me pregunto si en cualquier relación sexual que se precie hay horario para la embriaguez carnal. En la ciudad, por ejemplo, en los pisos de nueva construcción a base de pladur, se guarda reciprocidad entre vecinos cuando median exaltaciones orgásmicas. Da igual la hora y los decibelios y, créanme, todo está incluido en el recibo de la comunidad, o en su defecto, en la derrama extraordinaria. No pasa nada. Lo que sucede al otro lado del pladur queda en beneficio del Kamasutra de cada cual.
Vuelvo a las gallinas y sus apetitos carnales. Un solo gallo suele ir a demanda y, como es natural, la cita con las gallinas suele ser orientativa; hoy en día, sin cita previa, no eres nadie y da lo mismo gallinero que organismo oficial. De manera que siempre habrá gallinas que canten a las once y otras a las tres de la madrugada, según vayan pasando por el encargado de obra.
Insisto en no tocar las narices a una especie que está muy harta de los humanos. Que son muchos los años de consomés de ave, de pollos asados, de pechugas Villeroy, de alitas adobadas o de muslo o pechuga. Les recuerdo que tratamos con una especie de unos 16.000 millones de ejemplares y lo mejor es dejarles cantar a la hora que les plazca y sobre todo cuando el gallo se encama con ellas y estas salen a glorificar henchidas de gozo.
Ante tal jeringonza me siento obligado a rendir un merecido homenaje a esta maravillosa especie avícola. Escribo este epigrama como muestra de admiración y respeto por lo que pueda suceder, pues no en vano en Santo Domingo de la Calzada, según leyenda, cantó la gallina después de asada: <<Cantan la gallina y el gallo/me da igual que sea agosto que mayo/ Cantan, y lo que cuenta/es estar aquí para contarlo>>.
Mientras tanto, eviten despertar a la fiera. Un consejo vale más que un lamento. Mis disculpas por tanto cacareo.